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Un mal trago para Mohamed.

 

Luca está liando un cigarrillo y derramando la mayoría del tabaco por la pechera de la chaqueta. Ha dicho que tiene que irse pronto para sacar al chucho y está tardando en cumplir su promesa. Lo estoy deseando desde hace un buen rato. Puede volverse un pelma de los cojones cuando le da por hablar de yerba, cosa que sucede muy habitualmente. Hoy me ha contado toda la pesca. Tiene uno de esos cultivos secretos pero aireados a viva voz en nosequé pueblo escondido entre las montañas. No veo el momento en que se esfume de una vez y voy tomando cerveza con largos buches. Clavo en Tania una de esas miradas de desesperación que quiere decir; tenemos que inventar algo inmediatamente para conseguir que se marche- . Cuando ya estoy con las uñas comidas hasta la carne, al fin da un brinco de la silla y raja escaleras abajo con su botella de Coca-Cola de un litro y medio, recordándome de un grito que le debo unos pavos. Un buen tipo éste Luca, pero si tengo que escucharlo cinco minutos más le doy una patada en el culo y lo echo a la calle. Resulta un verdadero coñazo cuando alguien viene a fastidiar y en ese momento alguna buena idea está rondándote la azotea y tienes las yemas de los dedos echando chispas por hacer bailar el pincel y no puedes entrar en conversación ni con Jesucristo que aparecido, te habla columpiándose de la cañería; no tengo pecados señor, todo lo que hice fue alegremente, si me disculpa, tengo que pintar un nuevo cuadro…

El carrillón de la torre golpea fuertemente indicando las cinco de la matina, y hasta el menda más pasmado sabe que a esa hora la imaginación, si ha sido convenientemente forzada y estirada como un chicle a base de energizants y Las Obras Cumbre de Charly Parker, entrega hasta el último adarme, cada molécula se vuelca en ella y la mente vuela como un pajarraco que asciende desde el fondo del arrollo, empapado y decidido.

Parece que de un tiempo a esta parte he encontrado mis venas y vuelvo a saber dónde pinchar para que la sangre brote como un Rin que empapa las hojas, he acumulado una buena cantidad de material bastante decente entre relatos y notas sueltas para ese prospecto de libro y tanta voracidad por tragar la vida y vomitarla en papel. La cosa mejora cuando descubres donde estaba escondida la caja de los petardos y tienes mecha suficiente para armar un bonito alboroto. Pero… ¿Quién me lo iba a decir unos meses atrás, cuando estaba en la mala, sin un centavo en el bolsillo y todo era negro como una fosa y mi corazón era negro también y no había una sola noticia de algo parecido a Dios? Entonces estaba envuelto en ese dolor ondulante y jodido que me hacía moverme como un robot de hojalata, deprimido todo el tiempo por no poder hacer vida, siempre como un ogro apretando los dientes, soltando a cada rato palabras desagradables y arrojando espumarajos contra el suelo, con un humor del demonio y rabiando con cada pequeño gesto que hacía por los malditos pinchazos en las vertebras, tan hundido como uno de esos chichirivainas con barba que se pasan la vida haciendo cola en el comedor de la caridad…, unos meses que para qué, y ahora… ¡Parece que tengo un ángel viviendo en la camisa!. No hace mucho he encontrado ésta pequeña alcoba en el centro del avispero, dispongo de cierto margen de tiempo para escribir sobre esta bonita mesa desplegable antes de tener que habérmelas con el siguiente empleo y lo hago junto a un brillante vaso de vino, hay una chinita por aquí y tengo la nevera rebosante de fruta y fiambres y el alquiler pagado. Por si eso fuera poco, ha aparecido Tanía como caída del cielo, quizá de la mano de ese ángel que parece peinarme el camino, y ha aparecido de la forma más suave y natural, igual que una blanca pluma que se posa en el hombro de uno mientras camina por las ramblas, de la misma manera que una flor involuntaria y bella asoma la cabeza entre los cuerpos descuajeringados de una guerra. Podría abrir un buen boquete a base de darme cabezazos contra la pared y no lo entendería…, el caso es que ella es real y tiene los ojos marrones y alargados como una polinesia y tiene vida en el cuerpo. Cuando Paul al fin se ha esfumado, se ha quitado la ropa hasta quedarse en pelota brava, con tan solo unas finas bragas sobre la piel y se ha estirado cuerpo a tierra encima el colchón a estudiar la filosofía de Bataille, la puerta ha quedado abierta y puedo ver como de tanto en cuanto descruza sus largas piernas e inconscientemente -aun que de esto no estoy muy seguro- eleva los talones hacia el techo, mostrándome entre los dos carrillos ese negro borrón por el que un hombre puede llegar a llorar como un mocoso, traicionar, asesinar, enloquecer. Cuando me quiero dar cuenta estoy tragándome la cáscara de los pistachos y tengo unas astillas clavadas en el paladar. Tener todo esto al alcance de la mano… nada más puede pedir un hombre ni en esta vida ni en ninguna otra.

Me hace falta un buen trabajo para lograr girar el cuello, apartar los ojos de su blando contorno y olvidarla sólo por un rato. Hay en el techo una bonita claraboya, la luna ahora la traspone de una a otra esquina y su relente pasea a lo largo de la mesa como un queso rodante mientras me regalo el paladar con éste vino rojo que me he afanado en el Mercadona. Las briznas de tabaco que Paul ha dejado desparramadas sobre la mesa se destacan a la luz del flexo, que barrena con su foco la aquietada y serena obscuridad, y la leve corriente que corre por el apartamento hace que se revuelvan como siniestros espermatozoides en la cálida morada. A Tania le parece de lo más divertido que tenga las cortinas de par en par abiertas mientras follamos y sin embargo me vea obligado a cerrarlo todo a cal y canto cuando me decido a escribir, le he explicado que estoy lleno de esas manías y que si la estancia no permanece como boca de lobo no saco una de derechas. Ella es una persona de lo más comprensiva y tolerante, pero no puede contener la risa cuando me pongo tan serio y le suelto eso de que “la noche es un bálsamo para las ánimas”. Quizás la cantidad de hashís que pueda almacenar un carguero, diría aquél griego de ralas barbas, es exactamente la cantidad de materia gris pulverizada que me separa de recordar quién soltó esa perla. Me pongo de pie a indagar eso. Camino a lo largo del salón, revoloteo de acá para allá con la cabeza entre los brazos, aparto al gato con la punta de la bota, me chamusco todos los cables, estiro un pelo de mi perilla y entonces se pone a rodar una suerte de mecanismo de engranajes tirantes y noto que esa perilla madura cae del árbol; Krahe.

Despliego el titánico lienzo sobre la tabla con un rápido movimiento. Tratando de poner mi mente a pensar en algo diferente a ese cuerpo hecho a base de curvas, como el carenado de un bólido de carreras, una imagen bastante nítida comienza de pronto a presentarse de manera obsesiva en mi cabeza, tal vez por algún método de supervivencia inconsciente para contrarrestar ese dechado de belleza con el Ying sobre la espalda que lee en el cuarto de al lado. Se trata de la estrambótica estampa que desde hace unos días acude intermitentemente a mi chola; la imagen de Mohamed troceando la carne en la trastienda del restaurante donde trabajo como friegaplatos el fin de semana, con el cigarrillo colgando en la boca, su alargada figura de al menos metro noventa trabajando con desdén esas piezas de carne sobre el mármol, golpeado ruidosamente cada pedazo con el mango del hacha para enternecer la fibra, mientras van formándose pequeños riachuelos rojos y acuosos que corren por la encimera y van goteando hasta el suelo aserrinado, donde restallan formando negros redondeles. La instantánea del bondadoso, templado y huesudo Moha, con el gorro de carnicero, seccionando los músculos y vísceras de un cordero con la misma parsimonia con que se debe lavar los dientes antes de irse a dormir.

En lo que tarda en cantar el gallo tengo listo el caballete, un extraño cuenco para mojar el agua, el pigmento dispuesto a lo largo de la paleta en diversos pastelones de color y el pincel en la mano. Reparo en que el tubo del color blanco está tan seco como mojama. Lo estrujo y resigo con los pulgares a lo largo del tubo buscando el agujero. Ni una sola gota. No queda ni una gota de blanco y me es absolutamente indispensable para dotar al retrato de Moha de ese aspecto hastiado y sombrío, para rodearlo como un Pantocrátor con ese halo gris en el que siempre va envuelto. Debo salir a comprar pigmento antes de que la preclara imagen se esfume por completo de mi cabeza. Pongo el monedero bocabajo buscando unas monedas y me parece estar estrujando de nuevo el tubo de pintura; no hay ninguna moneda. Únicamente dos o tres papelillos de arroz hechos una bola caen y se posan suavemente sobre el enlosado igual que unos copos de nieve. Pido prestados un par de euros a Tania y salgo disparado hacia el veinticuatro horas. El sillín de la vespa permanece perlado por unas gotas de rocío. Clavo la llave en el engine, le doy vuelta y el motor se pone a petardear roncamente soltando una bonita humareda. Pocas cosas hay que me chiflen tanto como el olor de la gasolina cortando por la mitad el hálito de una fresca mañana.

 

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El establecimiento parece tan deprimente como todos los de su tipo, tan formidablemente bien iluminado como desprovisto de vida y con todos sus productos a la última bajo un cartel que se enciende y apaga intermitentemente. Recorro las hileras de estanterías y los pasillos azules. El relente de los potentes focos sobre las blancas baldosas del suelo hace que se produzca el efecto de un espejo. Me contemplo en el suelo unos momentos. ¿Cómo que vas a comprar el pigmento y a mangarte de paso una lata de Bombardier? – Me digo para mi capote- serás tonto del culo…, ¡hazlo al revés! Con que una vez que he quitado el chivato de plástico para sortear el arco de seguridad y me he echado al bolsillo el tubo de pigmento y un filete ruso congelado que le venía como un guante al fondillo de mi guerrera, coloco la lata de cerveza sobre el mostrador de Cinc para que este tipo que tiene la mirada de un bagre recién pescado le pase el maldito láser mientras voy pensando que… ¡no le vendría mal esnifar unas rayitas a éste andoba!. Así por lo menos no parecería que está congelado como mi filete ruso. Si en algo lo disculpo es porque sé de la hipnosis en que uno se ve sumergido cuando hace turnos de noche. Sé lo que es eso. Cuando iba a trabajar en turno de noche a la residencia de estudiantes alguien podría haberme arreado con una palanca de freno en la cocorota y no por eso hubiera dejado de bostezar. Son una mala cosa los turnos de noche. En la puerta del súper está el vigilante, un hombre corpulento de aspecto rocoso que ha estado atisbándome como un alce desde su meseta, ahí parado bajo el quicio de la puerta sin quitarme ojo ni un momento. Me dice buenos días al salir, estirando cuello y mentón para acto seguido agachar la cabeza y ponerse a mirar sus pies. Reverencial por obligación y desconfiado por intuición, no ha sabido si sostenerme o no la mirada.

Conduzco a lo largo de Estanislao Figueras, probablemente en contradirección, y después por Avenida Cataluña hasta llegar al portal del Roser, por donde continúo con la Vespa a través de las diversas callejas y entreveros del barrio viejo, mientras por la ranura del casco va colándose ese delicioso olor del pan recién hecho y los croissants de las pequeñas panaderías que a ésta hora de la mañana ya están con los hornos funcionando a toda máquina. Giro el manubrio y enfoco la motocicleta hacia la esquina de Cuireterias, paso por delante del garaje atestado de cachivaches de un viejo chiflado que se dedica a silbar en la puerta y amontonar todos los trastos inservibles que caen en sus manos, un poco más adelante, a la altura del burdel de Madame Margot, hay un hombre fumando un cigarrillo y charlando con una jai bajo el farolillo rojo. Ella parece comportarse de manera melindrosa y lo rodea con los brazos. Cuando los rebaso con la moto echo un vistazo por el retrovisor y casi me llevo por delante una caja de naranjas que estaba por allí tirada al reparar en que el tipo que está fumando en la puerta del antro con esa gachí no es otro que Moha. Decido no ser un fisgón mal educado y sigo abriendo gas hasta la calle del Hacha. ¡Es una coincidencia de lo más asombrosa… éste cruce de naipes! Por un lado la gran necesidad que me sobreviene en estos últimos días de pintar un óleo donde aparezca Mohamed abriendo las piezas de carne con el cuchillo en una batahola de sangre indiferente, después esa imagen acechándome hace apenas media hora cuando trataba de ponerme a pintar, ¡y ahora me encuentro con Moha en la puerta de esa casa de lenocinio con una puta de las de cincuenta pavos la noche!.

 

Cuando llego a casa Tania sigue echada sobre el colchón, está recostada lateralmente con el codo hincado en la almohada y la cabeza sobre la palma de la mano con los ojos clavados ahora en Spengler, completamente embebida en la cosa. Sirvo un par de vasos de vino, me siento junto a ella y le cuento todas mis visiones de éstos últimos días un poco a tontas y a locas, muy rápidamente; mi obsesión con el cuadro de Moha despiezando el cordero, la forma en que esa imagen me persigue como un cuchillo y no me deja pintar ninguna otra cosa y luego añado que, ¡justamente ahora!, acabo de ver a Moha aquí abajo. Tania regresa del mundo de las ideas, alza el vaso de vino y toma un buen trago para despejar la cabeza.

 

  • Me parece que todo ese bla, bla, bla que te traes –me dice Tania- sólo significa una cosa, y tú Lalo, sabes muy bien cual es; tienes que abordar ese cuadro cuanto antes , arrancar de una vez, y no sabes cómo hacerlo…

 

  • Puede que tengas razón. Sabes, creo que estoy forzándome demasiado con éste asunto, es como si tuviera la necesidad vital de pintarlo. Y es como un Himalaya…

 

  • En el fondo eres un perfeccionista, y te ves envuelto en esa especie de miedo a fallar…

 

El cenicero humea sobre la mesilla de luz, ella estira el brazo y apaga la colilla aplastándola concienzudamente sobre el metal. Se produce un leve chisporroteo.

 

  • Deja que te diga una cosa, me parece que tú mismo te ahogas en tu propio caldo… -prosigue-. Tienes todas esas ideas que acuden a ti como ráfagas, pero no sabes manejarlas, te empeñas en disecarlas con un par de pinzas, ponerles un cordel con una etiqueta y colocarlas ordenadamente en el lienzo… ¡Pero la vida que tratas de reproducir no es así! Esa vida siempre se presenta en nuestro cerebro de forma caótica y desordenada, siempre cambiante e imprevisible, primero arriba y luego abajo, como un lagarto que se escurre entre los dedos antes de que puedas apresarlo y sólo deja la cola agitándose en la palma de tu mano. Lo que debes tratar de plasmar en tu pintura no es otra cosa que el movimiento de esa cola…

 

  • Creo que te sigo- balbuceo.

 

Me acerco a la mesilla y cojo la botella, relleno ambos vasos con el vino rojo de su interior y tomo un buche.

 

  • Claro que me sigues, ¿Recuerdas ese retrato a lápiz que me hiciste rápidamente mientras me comía un helado en aquella terraza de Montjuïc? Es el que más me gusta de todos. Está lleno de espontaneidad y de esa clase de belleza que no se pierde en la perfección de las formas. – Tania coloca el vaso entre sus piernas, después de arrearse un buen trago, y suavemente deja la botella sujetándola por el gollete- Aquél retrato capta el instante presente tal y como está ocurriendo en tu cabeza. ¡La gente no quiere más mierda de laboratorio, cariño!, lo que los pone con las orejas tiesas es cualquier tipo de honestidad con que puedan identificarse. ¿Qué es esa formidable catedral, repleta de patios, fuentes y jardines, rodeada de una deslumbrante ciudadela con todas sus almenas y portones exquisitamente reproducidos…, al lado del soplo vital que supone retratar a una chica sexy como yo chupando un helado con las piernas cruzadas para ti? ¡Ah, debes tirar el compás y los cartabones al tacho de la basura y dejarte llevar!

 

  • Supongo que tienes razón, mon chêre. Me paso el día en continuo movimiento, como si tuviera una chinche bajo el culo, tratando de recoger ideas y recuperar el tiempo perdido. Cuando son las siete de la tarde he tragado tanto café que me sale por las orejas y entonces no hay manera de que pueda serenarme y apoltronar el culo en la maldita butaca para pintar calmadamente. Entonces me acerco al cajón de la yerba y ¡chiau!, tengo que fumar tanto para enfriar los motores y bajar la cafeína, que me quedo tieso como un palo y lo vuelvo a dejar todo para mañana. ¿Crees que si voy al centro de desintoxicación para quitarme del café van a descojonarse de mí?. Estoy dándole vueltas a la cosa…-le digo…-

 

  • Es probable, las personas que van a esa clase de centros están bastante jodidas, – entre el rouge de los carnosos labios ella luce dos filas de dientes brillantes y perfectos -, creo que se descojonarán antes incluso de hacerte la ficha-dice, aun que a decir verdad, no creo ni que te admitan.

 

  • ¡Vaya! ¿Y por qué no van a admitirme…? Tengo una cédula de identidad como todos los otros. ¿Recuerdas a Julio, ese tipo Chileno que te presenté en el Select?, pues el tío está enganchado a los pastelillos de nata como un verdadero maníaco y ya ha perdido todos los dientes. Cualquier cosa que se te meta ahí para taponar una carencia puede ser un verdadero calvario…

 

  • Cariño, deberías dejar la cafeína y la yerba y empezar a pegarle a los pastelillos de nata…- en sus grandes y largos ojos se dibuja una sonrisa-. Te ofrezco mis muslos como mantel… Un clavo por otro clavo, se dice así, ¿no?.. Oye, y qué hay de ese Moha compañero tuyo, ¿lleva mucho en el restaurante? ¿de dónde ha sacado Fransis a un tipo como ese?

 

  • Oh, Moha, el tipo tiene toda una historia…

 

  • Entonces cuéntamela –se anima Tania-

 

  • Está bien, pero te advierto que no es precisamente una historia color de rosa. ¡La hostia! ¡Está hecho todo un perla el bueno de Mohamed!. Mira, la verdad es que el tipo cayó como un pajarillo del árbol…¡y diantres* si supuso todo aquello un acontecimiento en el restaurante!. Una mañana el sol caía a plomo y la gente debía estar chamuscándose las pantorrillas en la playa, el local estaba completamente vacío y nos habíamos puesto a limpiar la cocina, fregar el suelo y hacer ese tipo de cosas. Recuerdo que estaba encaramado sobre la plancha, pulverizando con una irrigadora Catcher cargada de desengrasante la parte interior de la campana y los extractores de humo, cuando alguien golpeo repetidas veces la puerta de servicio, una puerta trasera por donde entra todo el género y por donde accede el personal. Creímos que eran los tipos que traen los bollos de pan porque solían repartir a esa hora. Norbert, un polaco que se encarga de una de las planchas abrió la puerta; un tío que pregunta por el jefe-grita. Alguien fue hasta la oficina y avisó al jefe. Aparece Fransis con un humor del demonio porque no le estaba cuadrando la caja y le dice; Tengo faena, ¿qué coño quieres?. El tipo, que tendrías que verlo, Moha, ahí plantado bajo el umbral de la puerta con una camisa del siglo pasado, tan harapiento como una poza y con sandalias playeras de color verde en los negros pies, la decrepita calavera conformada a base de huesos y piel acribillada por el exceso de sol, mirando a Francis con fijeza. Entonces Moha toma aire, y empieza a colocarle su historia. Viene de Marrachech y lleva apenas un mes en la ciudad, todo es tan difícil aquí y bla bla bla, tra tra tra…. Hasta su voz parece pedir permiso para hablar cuando le dice a Fransis que quiere trabajar, trabajar Gratis –dice-, repitiendo varias veces la palabra Gratis. Enfatizando con mucha desesperación la palabra Gratis. Fransis le suelta de plano que no, que se vaya a tomar viento. Entonces Moha hinca las rodillas en el suelo y agarra a Fransis de la pernera del pantalón y le da un pequeño estirón mientras implora que le dé un empleo, que hará lo que sea, que es un buen trabajador. Únicamente necesita algo que llevarse a la boca de vez en cuando y a cambio está dispuesto a trabajar las horas que sea necesario, Gratis. Fíjate la importancia que tiene esa dichosa palabra en nuestros días, -¡Gratis!-,parece un amuleto que lo agitas y a la trouppe se le enervan las cejas y están dispuestos a hacer lo que sea. Pero Francis, un tipo casi siempre atento a la ley y los reglamentos, se da media vuelta, le cierra la puerta en los morros y se larga hacía la sala rugiendo algo. Uno por ahí parloteó una serie de cosas recurrentes a propósito del gobierno y la tasa de desempleo y todos seguimos a lo nuestro. Cuando era la hora de chapar el chiringuito Norbert volvió a salir a tirar la basura y ahí estaba Moha, como un pasmarote, de rodillas, exactamente en la misma posición que unas horas atrás. Francis, hastiado ya de aquél hombre, le dice algo así como que va a provocarle aborrecer el anís, que vaya un pelmazo de tío estás hecho, pero Moha no se arruga y sigue con su cháchara. Finalmente Francis, aniquilado por las lamentaciones y súplicas y en vista a la perseverancia de acero que mostraba aquel tipo, absolutamente ineluctable, le dice que se pase a la mañana siguiente a limpiar el almacén.

 

  • Al día siguiente Moha se presenta y no sólo limpia con ahínco el almacén hasta dejarlo reluciente, sino que ordena las cámaras frigoríficas, arregla el motor del montacargas, repasa todas las vidrieras con uno de esos productos  y deja en definitiva el establecimiento como nuevo. A los pocos días Francis, conmovido por la entrega de aquél hombre, le hace un contrato y lo pone a currar. Era una escena bastante impresionante verlo trabajar como un remolino dentro de ese cuerpo famélico de galgo, danzando de aquí para allá, acarreando mil bandejas de una sola tacada, rellenando de tres en tres los cubos de viscoso Ketchup, lavando platos y cubiertos a una velocidad endiablada, redoblando el arrojo y las horas que metíamos allí cualquiera de los demás. Moha resultó ser un buen hombre, un tipo pasmosamente tranquilo, afable y agradable en el trato. No tardó mucho en hacerse amigo de todos nosotros y muchos días al cerrar el local tomábamos cerveza en el aparcamiento y nos fumábamos algún que otro porrito. Fue por aquél entonces que comencé a advertir que Moha intentaba pasar el mayor tiempo posible en el trabajo, no encontraba el momento de regresar a casa y jamás se largaba con prisa. Un día Abdul, un Marroquí que se encargaba de montar los platos combinados, subió al almacén a por un cubo de mostaza y se encontró a Moha tirado junto a las estanterías donde están los productos de menaje, la lejía y los enseres para la limpieza. Permanecía bocarriba con los ojos en blanco y unas fuertes convulsiones le azotaban la boca del estómago y hacían que su pecho traqueteara como un motor gripado. Manaba de su boca un hilo de líquido violáceo y fosforescente que se escurría a lo largo del cuello. Abdul reparó en la botella de desengrasante junto a la pierna de Mohamed. Entonces el chico comenzó a gritar algunas palabras en árabe y todos subimos. Enseguida lo trincamos entre unos cuantos y nos los llevamos al Juan XXIII. Cuando lo metimos en el asiento posterior su rostro presentaba un aspecto lamentable, tenía el color de una magrana recién abierta, todo su cuerpo se retorcía y aquella voz abrasada lanzaba unos gritos horribles a la par que de su boca iban saltando unos espumarajos sanguinolentos que te dejaban una impresión nada alagüeña. El pobre paria parecía estar a punto de espicharla, aquello tenía una pinta malísima y se armó un revuelo a la salida del restaurante. Por fortuna, en nuestro adorable país había un cirujano de guardia a esa hora de la tarde y estaba casualmente en nuestro mismo hospital. Aquellos galenos lo pillaron a tiempo, le endilgaron una sonda en línea recta que le bajaba a través de la boca, serpenteaba por los intestinos, hasta salirle por el ojete…, y absorbieron todo aquél líquido fluorescente. Transcurren  unas pocas semanas en que el tipo se pasa el día tragando sopas, arroz blanco y ese tipo de comida insulsa y finalmente el bueno de Mohamed logra salvar el pescuezo, e incluso deja de echar humo, -esto es una broma, no me mires así, chica explosiva…- y el tipo se reengancha al trabajo, si bien de un modo mucho más tranquilo.

 

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  • ¡Uff, la virgen… ¡pobre tío…menuda lástima. ¿Y pudo recuperarse del todo? ¿Por qué hizo una cosa así? Debía estar muy desesperado para tragarse el desengrasante –suspira-, eso no es como una pastilla del sueño. ¿Porque lo hizo? ¿Porque? ¿No os lo contó? Algo os diría al respecto… Me tienes en ascuas, ¡suéltalo ya!.

 

  • Fue por su mujer, o eso tengo entendido…-le digo.

 

  • ¿Por su mujer? ¿Acaso vas a decirme que ella le hacía la vida imposible? ¡Bah! – El semblante de Tania adquiere cierto matiz de fingida sorpresa, de descrédito hacia mis palabras. Entonces endurece su mirada hacia mí-. Me tomas el pelo…-dice.

 

  • No te tomo el pelo bonita-replico. Esto que te voy a contar, me lo soltó Abdul, que es como uña y carne con Moha, un día que estábamos pelando la pava en la terraza del restaurant. Era durante una de esas tardes de sábado en que teníamos tres horas muertas entre el turno de la comida y el de la cena, estábamos pegándole al carajillo porque hacía un frío del demonio y mirando en la pantalla un gran premio de automovilismo, cuando Moha apareció con una cara de manzanas agrias y refunfuñó que no podía sentarse a la mesa con nosotros porque tenía que llevar a su mujer a nosedonde. ¿A la vaca?- le soltó Abdul descojonándose. Y entonces Moha sonrió y dijo; “No, es una cerda. Una vaca no, una cerda”. No pude contenerme y estallé de la risa. Menudo cariño le tienes a tu mujer, Moha, le dije- “Si, ahora tengo que ir a ordeñarla…”. Entonces Abdul le grita “¡Eh, Moha!, ¿pero no decías que era una cerda?”  y el otro contesta; “sí, una cerda”. y desapareció por el deshabitado paseo sonriendo y levantando la mano en señal de despedida.

 

  • Oye chaval creo que estás sobrepasándote… Te recuerdo que estás hablando con una mujer. Ten un poco de tacto en las cosas que dices, a ver si voy a largarme yo a ordeñar a algún taxi boy…

 

  • ¡La hostia Tania! Intento reproducir una conversación -le suelto, no es que yo pinche ni corte nada aquí… Estoy tratando de explicarte lo que Abdul me contó aquél día. Y no te sobresaltes así, ya sabes las delicadezas que dispensa esta cultura a sus mujeres… Pero no estamos hablando de eso. Justamente esta es una historia en sentido contrario a todo eso… –le digo mientras me echo un trago de vino al coleto-, deja que termine de contártelo…Con que estábamos en la conversación de la terraza–prosigo-, que fue después del percance con el desengrasante, claro, y yo quise saber a qué había venido aquello que había soltado Abdul hacia la mujer de Moha. Entonces Abdul me contó toda la vaina con pelos y señales. Este pobre paria, Moha, es oriundo de un pueblacho apartado en una región del este de Marrakech, un lugar que por lo visto está repleto de enormes cañamones y la mayoría de la población lo cultiva para fabricar el hash. Moha, no. Moha parece ser que pertenece a una familia de cierto estrato social dentro de esa comarca, y vive holgadamente y maneja una apisonadora y recorre los caminos de la zona con ese trasto con el fin de hacer todo aquello un poco transitable y también para desembarazarse a la menor ocasión de su familia, que por lo visto es de aupa. Una de esas familias llenas de tradiciones y ritos arcaicos, muy pacata y temerosa de Alá. Mohamed estaba bastante frito con el tema de su familia y no desaprovechaba la ocasión para borrarse de aquél panorama durante algunos días. Cuando regresa de una de esas ausencias, después de haberse pegado un buen festín a base de alcohol y yerba durante tres días con sus tres noches en una plantación cercana de unos ganaderos amigos suyos, abre la cancela de la casa y allí clavado en el porche se encuentra a su viejo, uno de esos califas la hostia de solemnes con la barba imponente y el habito sobre el cuerpo, de la mano de una mujer bastante guapa que le saluda cerrando los párpados y bajando rápidamente la mirada. Su padre le dice entonces, con toda naturalidad; Mohamed, hijo mío, te presento a tu futura esposa. Se llama Leila y os casáis en un par de semanas. A Moha, claro, se le viene el mundo encima. Pasan ese par de semanas en que Moha está completamente paralizado intentando digerir el pastel que le ha tocado. Pero no hay nada que hacer, la Sharia es una ley regia y lo deja todo muy a las claras, no puede librarse de la boda. Con que el día señalado se casa con la Leila ésta por todo lo alto en uno de los palacetes de Marrakech con las diez mil alharacas oficiales y todas las sutilezas que puedas imaginarte. Luego se trasladan a un piso en la capital que les ha puesto el padre de Leila, el sultán Abdeslam al Nazer, y allí da comienzo su vida marital, en su recién estrenado nido de amor  y con los bolsillos llenos. Moha todavía está preguntándose qué coño ha pasado aquí, aun que no acaba de disgustarle del todo la cosa, cuando recapitula de golpe en que ha sido desprovisto de los mandos de su apisonadora y que ahora lo que sostiene son los brazos de una mujer de noble cuna. Pero no todo resulta ser miel y complacencia entre los dos. La señorita Leila tiene un carácter de lo más enrevesado y resulta que es un coñazo, por hablar con propiedad, está hecha una calientapollas. Se vuelve todo promesas y a la hora de la verdad, nada. Al principio Moha pensaba que ella se moría por un polvo cuando se le acercaba a servirle el plato de sopa y muy descuidadamente le ponía el pecho sobre el pómulo, pero cuando él le pasaba una mano por debajo de aquella larga túnica y lograba palpar su trasero ¡ella le cortaba el rollo en seco! Para acto seguido clavarle una de esas miradas que quieren decir ¿Quién te has creído que soy?. Entonces el tío reculaba un poco. Pero a las pocas horas ella ya ha inventado otras mil excusas para ofrecérsele por cualquier chorrada. De repente le llama para que arregle el codo de un grifo que sólo necesitaba que lo cierren del todo, entonces ella, con el otro en cuclillas ante sus narices, se sube el velo y comienza a rascarse un granito en el pubis…, -esa clase de cosas, entiendes…-si no es el grifo que gotea es el reloj, que no anda. Procuraba arrimarse lo más posible y lo llevaba hasta cierto límite, que nunca sobrepasaba… Calentaba a Moha y salía pitando. Otras veces se acercaba a él cuando estaba leyendo el Corán, y se sentaba sobre sus rodillas, comenzaba a contonearse y a encabritarlo hasta volverlo loco y cuando sentía el cipote tieso ahí debajo, ¡se marchaba a la otra habitación echando chispas!. Parece ser que únicamente cuando Moha estaba dispuesto a renunciar asqueado, ella se volvía otra persona. Cambiaba las reglas y aparecía en bragas con una toalla enroscada en la cabeza y los limones al descubierto y le pedía que le ayudara a colocarse el sujetador, entonces le permitía arrimarse un poco…pero ¡que no se le ocurriera tratar de tocarle los pechos! No lo sé, yo jamás me he topado con una de esa clase, pero creo que mujeres así pueden destrozarle a uno los nervios, si se las toma en serio.

 

blog 653 post moha 3

 

  •  Me parece una cosa de lo más extraña- me corta Tania. Igual esa mujer tenía alguna tara. La verdad es que sí que debe ser una cosa como para cortarse las venas. ¡Quizá lo pruebe contigo maldito cabrón del infierno!. Quizá haga una prolongada huelga de piernas cruzadas como no te apuntes a un gimnasio y dejes de fumar esa cantidad de mierda…

 

  • Cariño, si me apunto a un gimnasio –le digo-, soy inmediatamente un hombre muerto. Mi creatividad se va enseguida a pique y caputt, estoy liquidado. Hay algo que rechina dentro de mí cuando veo a esos hombres y mujeres conformados por tuberías bajo esas cabezas de chorlito, pavoneándose como pavos reales delante del espejo, envueltos en ese halo arrogante y teatral. ¡Buaj! Qué asco me está dando con sólo imaginarlos ahí andando como un cangrejo… En cuanto a lo que venimos hablando…, eso mismo me parece a mí, que Moha reaccionó como sólo un santo o uno de esos canónigos que viven en las montañas podría… Mira, el tipo se echó unas alforjas sobre la espalda, unas monedas al bolsillo, se subió al viejo transbordador y cruzó el estrecho de Gibraltar a la buena de Dios, buscando un giro que le permitiera respirar un poco y zambullirse en una vida anónima y estar a su aire. Entonces pululó durante un tiempo de aquí para allá, gastándose la poca pasta que tenía en los locutorios, rellenando solicitudes de empleo y siendo víctima de algún que otro engaño por uno de esos anuncios gancho. Pero verás, aún hay otra cosa, – Tanía me escucha con aire impaciente y sus ojos marrones están completamente abiertos- todo trascurre al final en la trastienda del restaurante, en el umbral de esa misma puerta dónde te he contado antes que Moha apareció por primera vez suplicando por un empleo, y es que dos años más tarde, quién llama con furia a esa puerta no es otra que su mujer, la señora Leila Abdeslam, que viene acompañada de su padre, el famoso sultán y uno o dos alcornoques entrajados dispuestos a llevarse a Moha por las solapas de ser necesario. De alguna manera Moha les camela para que esperen por ahí una hora hasta que él acabe la jornada. Entonces irá con ellos y hablarán del asunto. Mohamed cerró la puerta trasera y subió los veinte peldaños que restan desde la cocina al almacén, dijo al encargado que subía a colocar unos bultos que en la cámara frigorífica y a ordenar todo eso un poco.  Lo que hizo fue acurrucarse junto a la estantería tumbado a lo largo mirando al techo, o mejor dicho a través del techo, y con la cabeza reposando sobre una caja con botes de legía se puso a despedirse mentalmente uno por uno de sus conocidos, de sus padres y hermanos. Después rezó algún tipo de oración a Alá. Finalmente, cerró los ojos y pegó un largo trago de una de las botellas que había por allí. De pronto un fuego comenzó a abrasarle las entrañas y los objetos que le rodeaban empezaron a alejarse, a perder consistencia y desvanecerse. En un último forcejeo consigo mismo por mantenerse a flote, pues ahora sentía un miedo atroz y una angustiosa sensación de no retorno, logró abrir los ojos y vio a Abdul en el otro extremo de un negro túnel,  estaba tratando de decirle algo mientras iba soltándole unas bofetadas en la cara. Después alguien apagó la luz. Y el resto de la historia ya la conoces… De un tiempo a esta parte, podríamos decir que Moha se ha convertido en un siniestro autómata, no hay en él un solo signo de que guarde aún algo que se parezca a un alma. El tipo llega al laburo, se enfunda en el delantal y comienza a arrearle a los pedazos de carne. Se comporta como un martillo neumático viviente y podía pasarse martilleando la carne y arrojándola en la bandeja  semanas enteras si de tanto en cuanto se le permitiera salir a fumar un cigarrillo. En realidad creo que siente verdadero pánico cuando se acerca la hora de volver a casa, y cada día encuentra una nueva cosa que hacer cuando dan las doce. Siempre encuentra algún zarrio por ahí tirado que es preciso volver a poner en la máquina, entonces Fransis le deja la llave y él se queda por ahí trasteando hasta que le dan las tantas. Cualquier día va a encontrarse consigo mismo viniendo al trabajo a las siete de la mañana. La verdad es que resulta descorazonador verlo así, es como si algo le hubiera succionado la vida y lo hubiera chupado hasta dejarlo pálido, como cuando ya te has bebido todo el jugo de uno de esos polines Burman Flash y te queda tan sólo el hielo transparente…  Únicamente esa serie de inercias cotidianas lo mantienen en movimiento, las directrices necesarias para curtir la carne y andar como un sonámbulo apilando los cuatro zarrios de la cocina.

 

Tania permanece en silencio. Sus ojos trasmiten una afectación enorme y me parece que están aguándose. Estiro un poco la manga del jersey y recojo una lagrimilla que rueda cuesta abajo por su moflete. Tania está llena de bellos sentimientos bajo esa fingida máscara de chavala punk que utiliza para que nadie le agobie demasiado. La verdad es que ese amigo tuyo ahora me da mucha pena- dice. Y ambos nos ponemos a mirar a través de la ventana. Todos estos días parecen ser una buena secuela del verano, que igual que los dominguillos que atestan el paseo con sus fiambreras durante el mes de Septiembre, se resiste a desaparecer y ceder el paso a las crujientes hojas del Otoño y a los chopos y pinos que inexorablemente irán quedándose calvos conforme nos adentremos en la dorada estación. Pero hoy hace una temperatura formidable, ¡y estamos a finales de Octubre!, aún pueden verse algunas lagartijas en las blancas tapias o pegadas a los vidrios de los faroles de hierro forjado que corren a lo largo de los pasillos de la ciudad, de esta ciudad romana con arterias de petróleo y un sótano donde aún duermen los viejos leones… Los amiguitos que pululan por la calle parecen del mejor júbilo y se intuye una buena dinámica a pie de calle, la atmosfera está descargada, y los tipos que duermen en el cajero de la esquina se han puesto a tocar la flauta y sus chuchos hoy no están tirados en el portal haraganeando, sino que se han puesto a mover la cola alegremente y a correr formando círculos. Parece que hoy la rueda gira renovada y vivificada, como un pedalier que jamás se detiene…, parece en definitiva, que ha llegado el momento propicio para darle una última pincelada a este retrato de Mohamed. ¡Ta-ta-chín…!

* He querido recuperar, de los empolvados cajones del siglo pasado, esta expresión; diantres, que me parece muy fónica y expresiva.

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* Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

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