“La integridad de Tony”. Relato corto.

Publicado: enero 31, 2014 en Artículos
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Tony está en silencio frente a una caja de madera rebosante de tiras de embalaje. Sobresalen algunos hilos de papel de seda que se cimbrean con la corriente. Ha recibido al fin el esperado “Manual de supervivencia para el hombre solitario”.

Hace algún tiempo que Tony está varado en el sofá con un delgado hilo de humo negro viendo como se deslizan los días. Es como si su alma se hubiera escurrido por un boquete abierto en mitad del pecho. No siente el menor anhelo por vivir, pero tampoco siente el prurito de acabar definitivamente. Un marco lleno de hilarantes filigranas doradas reposa sobre el bureau, en su interior, puede verse el contorno de una mujer vestida de novia de la mano de un hombre ataviado de chaqué. La clásica estampa marital. No pocas veces la mirada de Tony se queda clavada como una barrena en la amarillada fotografía. Una fina imprimación de melancolía lo cubre entonces de los pies a la cabeza. ¿Dónde estará ella ahora? ¿Tal vez dándole el pecho a un pequeño mocoso? ¡Santo dios! Eso sería fatal, terminal… ¡Qué ocurrencias! Algo así como el último golpe, el tiro de gracia. Secretamente, cuando siente la vaciedad trepar por las patas de la cama como un desfile de blancos lagartos, y se dispone a pechar con la difícil noche hasta el último somnífero, recurre a menudo a esa maña de ponerse frente a frente con el pasado para abrir una grieta en el bloque de hielo del que se siente conformado y extraer del interior siquiera una gota de sangre. En la pugna por mitigar esa especie de insensibilidad fría, se apuntó a uno de esos clubs Doce Pasos, pero en mitad la tercera clase se vio a sí mismo como un imbécil, un fraude, ni siquiera se molestó en despedirse; se puso la cazadora y no volvió por allí. Una mañana bajó a ver a su vecino del entresuelo, Thiery el nervioso, y probó un poco de cocaína metálica, pero la cosa no funcionó, únicamente paso el día sintiéndose algo más tenso y empecinado con la idea de que una jirafa es un avestruz al revés.

Tal vez es una mañana tibia de Agosto, digamos las doce del mediodía, corre un aire transparente como glicerina y la gran bola de mantequilla parece una adiposidad en la violácea piel del cielo. El café es asqueroso, aguachirle, casi imbebible. Tony ha pasado la víspera bebiendo a gollete, empapuzándose los tragos a dos manos, como tratando de matarse a base de whisky con Sprite. Mantiene una alta tolerancia a cualquier alcohol desde que ganara el famoso concurso Diez Pavos Por Litro en Tárrega, aventajando en litro y medio al segundo aspirante. Aún curtido como está en los destilados, la pasada noche acabó por agarrarse una buena merluza y poniendo perdido de vomiteras y fluidos verdosos el living del hotel, el pasmado rostro del recepcionista homosexual, el pasillo, los toilettes de caballeros y especialmente los de maidemoiselles, las paredes de la habitación… tratando de olvidar el mágico cuerpo de Joana.

Tony y Joana se conocieron hace un año, una mañana lluviosa, bajo el mar. Ella disparó su arpón confundiendo a Tony con un pulpo. Las aguas estaban inquietas, la pleamar había arremolinado el fondo marino formando nubes de arena –diría Joana tratando de excusarse, y vio algo enorme que se movía entre las algas. A río revuelto,  ganancia de pescadores-se dice por ahí, y Joana conoce estrictamente el refranero, de la A a la Z. Le parece que esas frasecitas pueden muy bien vestir una conversación. Tony permaneció dos meses de baja con un buen agujero en el muslo, durante ese tiempo, Joana iba a visitarle y le llevaba pequeños estuches de Mon Cheries, cigarrillos Chester Red y algunos almanaques. Aquello fue un flechazo en toda regla, sin embargo, cuando Tony se hubo recuperado plenamente, la cosa no traspuso los umbrales de la jodienda.

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La nena es un bombón-aprecia Tony. En ella caminan de la mano diversos mestizajes, gitana, nórdica, catalana… alta, simpática, llena de candidez, con unos grandes discos verde absenta sobre las marcadas ojeras y una profusa mata de pelo rizado que le otorga cierto matiz necesario de asilvestramiento en contraposición a la candidez de su carácter y a la suavidad de su contorno. Pero no todo es Nopal y pétalos encarnados. Joana reviste un fallo ineludible a los ojos de Tony, una manía realmente descorazonadora; y es que a la menor ocasión, ella trata de colocarle alguna historia triste a cambio. La cosa gira habitualmente alrededor de un tipo, un novio que ella tiene en París, uno muy apuesto, el perfecto compañero de viaje, y que va a venir a quedarse con ella cuando acabe sus estudios de Meteysacametría. Otras veces Joana pone a relucir una serie de terribles historias familiares, lóbregos relatos que hablan de amputaciones a cuchillo, exilio, disentería y ruina, bacilos de koch, oclusión intestinal, bubones tumefactos y linfogranulomas, desesperación, suicidio. Tony empezó rodando esos golpes con naturalidad, la pobre tía pasa por una mala racha-se decía, pero con el paso del tiempo entendió que ésta manía  particular respondía a algún tipo de rasgo congénito más que a un proceso de trance temporal, y que cuando ese Fuego de san Antón rebullía, difícilmente podía uno escurrirse por la escalera de incendios. Lejos de lo que él pensaba, la cosa era completamente impersonal. Joana no necesitaba conocer de nada al interlocutor, simplemente entraba en un café y colocaba su historia. Así como se te acerca el filósofo del sábado por la noche. Tony no estaba dispuesto a tragar con ese ron, apenas le quedaba sentido del humor para sí mismo, y no estaba por la faena de ser un sparring de la Tristeza. No es uno de esos que se andan con componendas, detesta todo lo tibio y maquillado, y prefirió mostrarse franco con Joana; será mejor que busques un buen chico. Yo estoy liquidado. Sólo puedo ofrecerte este trozo de carne y una cama caliente. Para sorpresa de Tony ella esbozó una amplia y esplendente sonrisa.

Algún que otro domingo distraído, Tony descuelga el teléfono y es la voz de Joana la que corre por el cable. Entonces se encamina hacia el hotel de la carretera donde suelen darse cita, ocupan una de las mesas del living, piden vino tinto, intercambian algunos libros, casi siempre de algún pintor surrealista, entonces Tony planta una mirada que se queda allí mucho rato, flotando sobre los espigados pechos de Joana. Después suben a una de las habitaciones. Siempre encuentros furtivos. No inmiscuirse demasiado a fondo parece ser la norma, nunca fisgonear en la vida del otro, únicamente se recitan y reconocen el dialecto del chuf chuf chuf, o bien el plof plof plof, que suena como un Gong chino, o el schulp schulp schulp. Tony se da cuenta de que en los últimos meses ella ya no se parece tanto a La Tristeza, y que a la sazón, ha dejado de endilgarle esos túmulos funerarios en forma de historias tristes. Se diría que la parcela de su alma ha sido dragada. Que todo resbala ahora como un róbalo entre las manos. Que nadie va a quedar preso.

Hace algunos días Tony compró un par de entradas para la famosa función del Mago Pis. Pensó que sería una buena cosa no ir sólo, e invitó a Joana a ir con él. A ella le pareció maravilloso ver a ese gran mago y quiso acompañarle. Harían noche en Barcelona, podían hospedarse en alguno de los hostels cercanos al Mercat de Sant Antoni. Joana hizo las reservas a través de uno de esos portales de internet que puntúan la estancia de los viajeros desde una a cinco estrellas de satisfacción. Había reservado una cuatro estrellas.

Anoche el tráfico en la periferia era denso como un vino de la cosecha de 1750, y mientras subían los peldaños del teatro, el Mago Pis ya estaba envuelto en una gran llamarada azul. Las butacas estaban en la penúltima fila, y desde esa perspectiva Tony advirtió que las llamas parecían estar hechas del mismo papel de seda que había estado rajando la noche anterior para desenvolver el “Manual para hombres solitarios”. Aquello le decepcionó un poco. Ahora el mago hace su aparición desde un rinconcillo convertido en un auténtico Maorí, y empieza con la danza del Hapa Haka, salta una y otra vez contra las tablas del escenario como un lunático hasta caer transformado en un cien pies que empieza a trepar por el telón hasta esfumarse. Aplausos y vítores y chillidos restallan en la sala. Joana parece encandilada con la figuración, hipnotizada con los truquitos del mago. En la última función de variedades el Mago Pis debe convertirse en un billete de cincuenta euros en cuanto El Hombre de Negocios que ha hecho su aparición chasque los dedos. El Hombre de Negocios chasca su índice y pulgar y al momento el Mago Pis se convierte en un billete marrón. Los de las primeras filas dan un respingo hacia adelante pensando en hacerse con el billete. ¿On collons s´ha ficat el Mago?*- dice Joana embelesada. Tony aprieta con firmeza los ondulados cabellos, acerca la boca de Joana hacia la suya y le hunde la lengua en un húmedo y delicuescente beso.

A la salida del teatro Tony repara en que lleva a Joana cogida de la mano. Parece haber ocurrido con naturalidad, del mismo modo inconsciente con que uno traga la cerveza avanzada la noche. Falenas revolotean con aire automático entorno a los neones y lucecillas de las ramblas, corre una brisa fresca y vivificante, los peatones parecen sonrientes, cada uno en su jugada del tablero, cada uno tragándose felizmente a sí mismo, incluso hay un hombre rumano haciendo sonar “La Violetera” en su acordeón. En general, todo parece acudir a los ojos de Tony velado por un matiz color de rosa.

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En la guerrera de tony aún quedan unas cuantas monedas. De camino a la habitación Cuatro Estrellas se detienen en un bar de la plaza Orwell. Sentadas junto a un enorme barril de madera, hay un par de bolleras que saborean las largas piernas de Joana en cuanto la ven aparecer. A Tony le parece poder oír como mastican mientras sus raigones van colmándose de saliva. Contemplan la habitación las frías miradas en hilera de unos ciervos decapitados que permanecen adosados a la pared. El olor es el de la humedad, el arenque y el semen reseco. A Tony le cuesta un trabajo refrenar la arcada, pero a pesar de eso se siente del mejor humor y toma entre los dedos un bucle elíptico y dorado del cabello de Joana y empieza a juguetear con él mientras le habla con voz melindrosa acerca de la vida del pintor John Marin y otras bonitas gilipolleces, muy lambiscón, mientras van pegándole a la birra. De pronto Tony cae en la cuenta de que los ojos de Joana parecen aguados. Han empezado a humedecerse al tiempo que una brillante lágrima se escurre rodando mejilla abajo hasta hacerse estrellas contra el cinc de la mesa. Plop. Tony está como un pasmarote al que alguien hubiera dado el salto. No comprende la cosa pero empieza a intuir las trompetillas de la calamidad que se cierne, que se acerca a él a paso irrefrenable, que está ahí, detrás de esos ojos aguados arañando los vidrios. <Tony he estado al borde del precipicio- empieza Joana, el médico encontró algo en mí que no anda bien. Es una hormona, la prolactina o algo así. La tenía por las nubes y empecé a tragar las pastillas que él me recetó. Aquello era fuertísimo y estaba todo el día en casa con vómitos, jaquecas, mareos… ya sabes, en un estado lamentable y claro, empecé a deprimirme por no poder salir a la calle. Conforme pasaban los días iba sintiéndome más y más debilitada, casi como una mierda seca. ¿Entiendes lo que quiero decir? ¡Buff! Estaba por los suelos, pensando en los peligros y además sin ganas de nada. Y claro, cuando una está así, tan debilucha, y tan angustiada como yo soy, ya me conoces, pues una necesita algunos cuidados extra. Sabía que a ti no te podía llamar, tú nunca estás cuando se te necesita. Apareces y desapareces como una sombra. ¿Entiendes? ¡Necesitaba un compañero, alguien a quien poder abrazar joder! –Joana hace una pausa y respira entrecortadamente. Algunos espasmos sacuden su plexo, unos pequeños saltitos torácicos. Gimotea y suspira – así que… no podía seguir de esa manera…entonces… entonces recordé que Paul suele regresar de París por estas fechas para ver a su madre. ¡Es tan buen tío! Así que le llamé y al día siguiente pasó a verme. Y mira… Ah, no sé… ¡no sé qué me pasa cuando estoy delante de él! La verdad es que veo en él al perfecto hombre de mi vida. Es tan buen compañero, siempre escucha y no le gusta interrumpirme, pobre… Sólo tuve que llamarle y ya estaba ahí, preocupadísimo por el asunto de la Prolactina…>. Hace algunos minutos que Tony está con las cejas enarcadas hacia arriba mostrando una falsaria y desganada atención. Tiene el mentón encajonado en la palma de la mano con actitud de oyente, pero lo que oye francamente le importa un comino. Lo que realmente está pensando es en lo bien que está en el catre en los días fríos como éste, bajo el cobertor termodinámico Pikolín Doble, con una Bombardier en la mano mientras afuera el mundo se jode de frío y él en cambio está calentito contemplando en televisión el Formidable Late Show de los Jóvenes Abuelos Danzarines. Disculpa, será un momento- dice Tony, salgo a fumar un cigarrillo. El aire corre por la calleja como las aguas de servicio. Mierda, ¿quién coño le ha preguntado nada? ¿Por qué querrá envenenarme con su lóbrega vida?. Tony siente el anhelo de escupir a dios en mitad de la cara por su estrafalario sentido del humor, pero no cree que pueda llegar tan alto. No consigue dar crédito a la extraña actitud de Joana. No puede creerlo, no llega a comprender la maldita monomanía de ella; ha vuelto a hacerlo. De nuevo ella le ha colocado su historia de penuria y tristeza. Y esta vez se lo ha montado sin apenas despeinarse, con la naturalidad con que uno se sacude una catalina del zapato. Ella vuelve a parecerle uno de esos personajes de angustiado carácter que Dostoievsky utiliza en sus novelas, vuelve a semejarse a la personificación de la Tristeza. Por más que redoble esfuerzos, ya no consigue registrarla en su cabeza como un ser humano, más bien la ve como una enorme masa melancólica conformada por todos los átomos del elemento dramático. En lo que tarda el papel en permutarse en ceniza, Tony ha pasado de sentir las primeras punzadas vivificadoras de la reconciliación y armonía con la Vida, a caer de plano en los dominios de su habitual insensibilidad fría. Le cuesta sus buenos minutos reposicionarse mentalmente, sopesar el asunto, como se dice. De pronto ha perdido todo interés por esa tía, no siente el menor anhelo. Podría ir con ella a esa maldita pensión. Ella dejaría suavemente caer su ropa, se acercaría lentamente y mirándole a los ojos cerraría la mano sobre su pilila. Conocía todo el protocolo de Joana. Después joderían violentamente hasta que él acabase por escupir los últimos diamantes blancos sobre su boca. Todo esto le pareció a Tony un proceso cansado esta vez. No quería volver a ser un hombre industrioso. Lo suyo con Joana estaba liquidado. Sintió el tacto del vacío que se enroscaba a su cabeza como un turbante. Quizá finalmente estuviera convirtiéndose en un ser humano. Dejó atrás el tugurio sin girar la cabeza y caminó con sesgo tranquilo y reflexivo a lo largo de calle, tal vez buscando el mar, tal vez un cuartucho donde agarrarse una buen fije a base de alcohol. Decididamente-pensó, es mejor abandonar a la Tristeza allí donde esté.

* En castellano: “¿Dónde cojones se ha metido”

*Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

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