“El ditirambo de la artesana de ojos naranja”. En agradecimiento a Marcela Lockdos.

Publicado: julio 29, 2013 en Artículos
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Caben las copas y las manos se hacen multitud. Veo a la vida presenciar la orquesta de los cristales ML

 

Parece que los nuevos gramófonos del siglo veintiuno continúan aullando las sinfonías de Debussy. Aquí la noche se aquieta cuando dan las tres de la mañana en el reloj del gallo loco y las siluetas de los petroleros encallados semejan un juego de sombras chinas desfilando por la pasarela que deja el foco de la luna. El largo ventanal fincado hacia el océano hace las veces de cinematógrafo, por aquí discurren las escenas más variadas con agradable parsimonia cuando las bridas de la imaginación se desatan y el viento empieza a ulular su canto noctámbulo. Esos monstruos de acero posados sobre la línea del mar y el fanal de un pescador extraviado son los únicos objetos que se interponen en mi línea de tiro con la negra lava de la noche. Encaramado en el alféizar de la ventana, con las piernas colgando, cubierto por la influencia desparalizante de Achille-Claude Debussy despliego cada una de mis antenas, desenrosco el formidable catalejo y echo un vistazo más allá. En mi ojeada al mundo estiro el cuello con tal desproporción que las últimas vertebras van saltando una a una de sus yuntas. Finalmente, el pensamiento echa alas. Tengo la mirada puesta sobre el viejo portón de madera recamado de garabatos, firmas y recordatorios de la calle Alsina, en todo el ajo de Buenos Aires.

La vieja pensión de tres al cuarto reconvertida en sala cultural donde el vocalista de Sumo, Luca Prodan, enarboló sus últimas notas, fue el lugar donde oí mencionar el nombre de Marcela Lockdos por primera vez. Habían desplegado un enorme rollo de papel de Kozo a lo largo de la pared del patio de luz y un proyector vomitaba las imágenes de la vida de Jim Morrison. A continuación reponían la grabación de una serie de entrevistas realizadas a algunos artistas locales, pintores y escritores en su mayoría, a propósito de las canciones de Jim. Estaba disolviendo agua en el whisky, acodado en una de las barras que habían improvisado cuando me llegó la voz de Lockdos a través de los parlantes, cortante y acariciadora a un tiempo, en un delgado hilo de frecuencia tan liviana que conseguía rajar el aire donde se alzaba el pandemonio de voces y abrirse paso entre el ruido de la sala hasta caer a través de mis oídos como un dado que ahora redoblaba en el cubilete. La poetisa aparecía recitando su composición, en su porte templaba esa amalgama de serenidad y convencimiento propia del Zen y las filosofías orientales. En un acto casi fisiológico tiré del cordón de tela del desgualdramillado Moleskine y anoté; Marcela Lockdos, poetisa local. No recuerdo uno sólo de los versos que ella pronunció en su poema in memoriam al fenecido cantante, pero no olvidaré la belleza con que aquellas frases habían sido construidas. En el curso de los dos o tres días que siguieron puse patas arriba los anaqueles de casi todas las librerías del Micro-Centro de Capital Federal buscando algún libro de la enigmática poeta, una comezón de curiosidad irrefrenable por la obra de Lockdos se había adueñado de mí como un lagarto interior al que se necesita dar pábulo. Cuando estaba a un paso de abandonar la busca, tras peinar de arriba abajo una docena de librerías y bibliotecas, hallé su “Músculo verbal” enterrado bajo una pila de libros en la sección de poesía alternativa del Ateneo de Corrientes. Su lectura minuciosa supuso el impacto de un negro y desconocido meteorito cuyos fragmentos incandescentes se habían incrustado sobre mi piel y refulgían cómo sangre fresca. El descubrimiento fue tal que decidí escribir una carta a la poetisa donde le transmitía mis impresiones acerca de un poemario que se me antojaba a todas luces distinto, brillante y novedoso. Transcurridas dos semanas volvía del restaurant donde estaba empleado como friegaplatos., al doblar por Cuba vi al cartero detenido junto a la estafeta del portal buscando la ranura adecuada, dubitando con las manos en el chaleco mostaza. Luego introdujo el sobre en la caja de chapa. Era una invitación en que la poetisa me invitaba a ir a visitarla a su casa de San Martín.

 

 

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“Poesijazz y otros tangos indie”. Poemario a dos manos de Marcela Lockdos y Chema Lagarón.

 

Abrió la puerta un hombre de aspecto rocoso con unas ridículas pantuflas cuyos empeines eran cabezas de panda, <¡Hola! ¿Cómo están? Usted debe ser Laszlo…Pero pasen por favor! >. Frank Montolivo hablaba moviendo significativamente las comisuras de la boca y su flamante mostacho de canciller se combaba y estiraba, empequeñecía o se tornaba grueso según la danza su rostro. Era el marido de Mariela, una mujer de pelo ceniciento famélica como una radiografía, ambos eran amigos de la poeta, pasaban por allí a la hora del mate y decidieron entrar a hacerle una visita. Paulette, mi hermana argentina, que solía mostrarse escéptica a estas incursiones mías se decidió a acompañarme en el último momento. La estancia rebosaba libros y botellas. Dominaba el rostro severo de Frida Khalo sobre un lienzo, en mitad del comedor, los ojos rojos y dorados ardiendo al fondo de la gruta, el salvaje animal que permanece contemplativo en el disimulo del cuadro. Marcela Lockdos aparece envuelta en un delantal con una sonrisa de cabo a rabo, los ojos velados por el agua, acuosos, dos bolas de fuego líquido donde predomina el azul mercurial. Ha preparado un budín de ciruelas que trae en una bandeja, trae también un azucarero y una jofaina donde hierve el té de Peperina. La conversación discurre entorno a los círculos de la pintura, Paulette y Marcela coinciden asombrosamente en sus gustos. Luego hacen aparición las Cícladas y el laberinto de Cnossos, las alfombras de brocado y las losas de damero, el término Piriforme, la música de los címbalos y laúdes, la sombría figura de Goya y las obras de Matisse, la duda de si el bife de chorizo o el cordero asado, Roberto Arlt, los volcanes Etna y Vesubio, los círculos circadianos, el nuevo puente de granito que divide la General Paz. Las trazas y notas anaranjadas de un Malbec rosado casaban como un guante con el delicioso budín de ciruela y acabaron por dilatar la tarde igual que un muñeco de nieve bajo la lluvia. Excepto un par de alusiones laterales a “El espacio umbilical de las naranjas” que hizo Frank, nadie quiso enturbiar la atmósfera distendida de aquella velada sacando a colación los libros de Lockdos. Se intuía en Marcela esa clase de humildad que desdeña hablar de sí para ceder la voz a los demás. La noche cayó como un pajarito, nos dimos largos abrazos y prometimos repetir el simposio. Marcela envolvió unos bocados de budín y los dejó caer en el bolsillo de mi gabán <para el viaje> exclamó sonriente.

Hicimos el trayecto de regreso a Belgrano en una de esas serpientes articuladas que van resollando hondos gemidos metálicos al detenerse y al reanudar la marcha. El colectivo dejaba atrás el barrio de San Martín bamboleándose sobre los ejes a uno y otro lado, exactamente igual que Paulette, completamente embebida en la lectura de “El Sinthome”, devanándose con uno de esos abracadabra que Lacán suelta en sus libros de psicoanálisis; “Diez veces un anciano de cabellos blancos aparece en escena. Diez veces resopla y suspira. Diez veces dibuja lentamente extraños arabescos multicolores que se anudan entre sí y con los meandros y volutas de su palabra unas veces embrollada y otras liberada. Una multitud contempla estupefacta al hombre-enigma y recibe el ipse dixit aguardando una iluminación que se hace esperar. Non lucet, no hay claridad ahí dentro, y los Teodoro buscan fósforos. Sin embargo, piensan: cuicumque in sua arte perito credendum est, quien ha probado ser hábil en su arte merece crédito. ¿A partir de cuándo alguien está loco?”

 

Ver a través de un ángel.  Soliloquio.

 

 

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Por más que demos vuelta a la manzana,

las esquinas siguen siendo las mismas. ML

 

Diez veces estoy colgado en el quicio de una ventana observando a los omniosos petroleros flotar en la noche con su bagaje de cisnes enfermos. Diez veces Achille Debussy dispuesto a veintisiete mil millones de nuevas sonatas aullando a los equinoccios a través de Baremboin. Diez veces se precipita una caudalosa lluvia de zanahorias coloradas como narices que se clavan en la tierra hasta horadarla y salir por los árticos. En ese apocalipsis vemos a Lockdos caminar flotantemente bajo un sombrero Hongo dirigiéndose a hacer el pan. Las lapiceras han sido afiladas previamente en los huecos de la dentadura de una pantera, el papel ahora se abre como blanda madera cuando Lockdos se dispone a usar la lengua del corazón. Es misión exclusiva del poeta lograr localizar el agujero por el que la humanidad salga de sus crisis. Allí donde encalla la ciencia, y la numerología muerde su propia cola, el poeta surge de la luz y sombra y rasga el telón, abriendo a nuestros ojos el vasto horizonte inexplorado. En la constante actitud de la tijera que abre el ensamblaje de los nuevos escenarios encontramos a Lockdos faenando desde que rompe el alba hasta que el sol decae. Realiza su faena con la involuntariedad de un estornudo, nada en Marcela es fruto del esfuerzo, la fuente es el agua y el agua es la fuente. No tiene que mover un pelo; vive en, por, y para lo que escribe, y lo hace con fecundidad asombrosa. En ella la divina locomotora permanece siempre chamuscando carbón, sin un motivo para avanzar ni un motivo para andar hacia atrás, se mueve en planos verticales de Tártaro, Di Yu y Nirvana. Su lenguaje reviste una cualidad fuera de lo común, cuando Lockdos pronuncia, por ejemplo, la palabra Xilófono, no es como cuando nosotros pronunciamos la misma palabra. Las reverberaciones que se desprenden son enormes y sus palabras vienen caminando hacia nosotros por su propio pie y, esto, ¡Es importantísimo y quiero subrayarlo hasta rebanar la hoja!; los poemas de Marcela Lockdos son criaturas vivas que nacen y mueren en el arrollo de la humanidad, alejadas del lugar donde finca la polvareda muerta de los libros con los que se devanan los hombres del tanatorio en busca de un viejo fósil que mostrar al mundo con diferente acentuación. El medio en que florece es el acuoso, todas sus composiciones están conformadas por dos partes del elemento hidrógeno y una de oxígeno, y en virtud de la suave factura de estos materiales su poesía se mueve livianamente entre los hombres y mujeres como una bailarina de ballet, con esa ausencia de componente barroco. A ninguno de sus poemas puede aplicarse el calificativo de denso o recargado, son plumas sueltas de animales vivitos y coleando. En cuanto a sentimientos tiene la manga rota, parece un Bukowski al revés y se muestra prodiga y sin ambages cuando se trata de indicar el lugar donde el bisturí debe abrir la carne como una cremallera para dejar partir a las Hidras y Quimeras, a las Caloblepas, a las serpientes marinas y al Basilisco. Pertenece a una remota casta de millonarios en espíritu que danzan por la vida regalando aquí y allá pedazos de existencia. Afirmada en el signo de los protones encuentra en la alegría su modus vivendi, su modus operandi y el espacio umbilical donde clavar la semilla de sus palabras. He logrado hacerme con varios de esos campos abonados por Marcela Lockdos en forma de primeras ediciones de sus libros, he pensado que preservando estos ejemplares quizá mis nietos puedan salir algún día de un mal trago económico, quizá garantizar la especie a los badulaques y parias que serán como yo.

 

Hoy me desperté sin rayas y sin embargo la jaula seguía ahí, sobre mi cabeza como un sombrerito de cotillón. ML

Broken birdcage

Marcela  publica a diario en www.besandoazulejos.blogspot.com y en www.facebook.com/lokdos.poesia

 

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* Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

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