“Mordiendo el freno”. Un post en crudo.

Publicado: junio 27, 2013 en Artículos


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Lento, constante, implacable, el calvario de su recuerdo caía a cada minuto de mi frente como un albaricoque cae del árbol. Podía oír el ruido del fruto golpeando la tierra seca. Posado en el suelo el recuerdo se pudre despacio y con cada descomposición una nueva simiente se clava en la tierra. La humedad facilita el resquebrajamiento de la cáscara y el tallo sube hacia la luz abriéndose paso a través de la tiniebla del subsuelo con vigorosidad y celo renovados. Mediante las condiciones de calor y agua necesarias, brota y brota. Prolifera con la involuntariedad con que los Dientes de León florecen en mitad del más chamuscado de los desiertos. Una gota de atención, un momento de distracción en el forcejeo, una asociación indebida a cuenta de un Volkswagen negro que atravesara la calle y ya la tenía danzando por los surcos de mi cerebro como un saltimbanqui apuñalador, pinchando carne aquí y allá, trepanando fibras con el huso y las uñas lacadas de verde. Se presentaba como un cosquilleo en el cerebro que pasada una hora se tornaba en torturadora punción en las sienes y al amanecer ya era un verdadero monstruo de proporciones fabulosas con las manos y dientes teñidos de sangre y ácido prúsico.

Me había convertido en un sonámbulo sostenido por un palo de fregona. En la noche hube de batirme con todos los demonios de la traición, la humillación, el delirio y la desesperación. Permanecía atiborrado de pastillas para acallar las voces que empezaban a hablar en cuanto me extendía a lo largo del catre. Tenía una pirula de cada color; la roja obturaba las reminiscencias de sus labios tan bermejos como un higo recién abierto, su cálida vagina y el borrón rosáceo de sus pechos. La verde, como toda esperanza, era inocua y fraudulenta, un bluff para colegiales. La pastilla azul desplegaba un malecón para contener las incursiones de su mirada fija, incontrovertible, absolutamente decidida. Esa clase de mirada de alguien que ha medido bien sus fuerzas y está dispuesta a entregar hasta el último jugo de salvia para desvalijar el cofre de sus anhelos, suceda lo que sucediere, con la determinación de un soldado de hojalata o un loco. La mirada unívoca del águila y el quebrantahuesos, esparcida y concreta a un tiempo, nunca sonriente. El relente de serenidad en la mirada azul que muestra el océano cuando se traga a los barcos y a los hombres. Durante las noches en que todo aquél infierno se hacía humanamente insoportable doblaba la dosis y rezaba a dios. Sí, rezaba a dios, a cualquier dios y al mismo tiempo lo maldecía y escupía con todas mis fuerzas. Jamás había rezado antes de Ella, ni una sola palabra. El asunto había dejado de tratarse de pasión. Una noche sobre las losas petrificadas y húmedas de la estación de Francia acabó con eso. Se asemejaba  más bien a una estampa de total aniquilación psicológica a la que se llega escuchando la mentira sostenida una y otra vez como certeza a lo largo de los días, la cantinela a la que uno se agarra ciegamente como a una baliza en alta mar mientras todos los signos de la razón indican la dirección opuesta, y a propósito de la cual viene a advertirnos algún buen amigo con un gesto de complicidad en el hombro. De alguna manera ella se había colado en mi alma y estaba apagando cigarrillos en sus paredes.

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Los devoradores de opio en sus delirios tuberculosos me parecían cosa de risa y probablemente hubiera acabado en el manicomio de no ser por los contrapesos que mi hermano colgaba de cada una de mis orejas, por el pragmatismo brutal de Big Fransis cogiéndome de las solapas y zarandeándome en mitad de la discoteca para traerme de vuelta a la tierra, la sonrisa de acero de Boudrouff partiéndose el plexo de risa al verme caminar barriendo las paredes con el trago en la mano.

En mi particular Temporada en el Infierno estuve constantemente mordiendo el freno, envuelto en ese mecanismo natural de autodefensa que impide que uno se vuele la tapa de los sesos. Ese mismo instinto de protección hacia el sufrimiento mantenía mi mano quieta cuando trataba de pasar a limpio nuestra historia, o cuando Ella se presentaba de súbito en la residencia de estudiantes y descendía los cuatro escalones haciendo bailar su trasero levantado y respingón, entonces se acercaba a mi oreja y balbucía algo prometedor que iba a cambiar el curso de las cosas.

El invierno ha pasado dejando un reguero de orín, Taoísmo y emulsiones de yodo, ahora estoy sentado en esta misma silla desde donde la contemplaba desplegar para mí todo su teatro de variedades. Hoy vuelvo a oír los pedales de la vida girar incesantemente, tengo las mandíbulas inquietas por hincarle el diente a cada amanecer, las pupilas dispuestas hacia la luz y los motores girando a 35.000 vueltas como morsas enloquecidas por el silbato. Hoy me he desprendido del yugo que apresaba el cuello del buey Apis y he colocado sobre sus cuernos un disco solar. Hoy vuelvo a estar de vuestro lado.

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* Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

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