“Los voceros y la canción de los yogures prodigiosos”

Publicado: junio 6, 2013 en Artículos

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(Primera parte)

Un popurrí informativo atiborra las cabezas de los hombres a lo largo y ancho de la tierra. Nieva a toda hora, espolvoreada en el aire, oscilando de aquí para allá, posándose sutilmente sobre las hombreras, sobre el pelo, cubriendo con una alfombra los espíritus de los hombres; la información.

Cualquier hecho noticioso que acontezca donde quiera que sea, en el páramo más remoto que pueda imaginarse, en los confines de la civilización, llega a nuestras pantallas de conglomerado, a nuestros ojos y oídos en lo que dura una gota de agua en el infierno. Ese prodigio de la globalización, de la universalización de las ideas, se convierte a menudo en un caballo desbridado que golpea la puerta de todas las casas. Uno pude escurrirse de ese maremoto retirándose completamente, recogiéndose,  caminando en dirección contraria a los cables negros que corren paralelos, lejos de la corriente eléctrica, viviendo en una comunidad Inut, en mitad de la sabana tropical, o encima de uno de los riscos petrificados de la Tierra del Fuego…, de lo contrario, permanecemos tan expuestos como un pichón ciego.

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Hoy por hoy, incluso el pobre diablo más desauciado del mal llamado primer mundo tiene acceso a diarios, televisores, revistas, internet. Lo cual quiere decir; imágenes, frases, ideas, percepciones, conclusiones, reacciones. Esa masa informativa, en este momento, presenta unas dimensiones y un radio de alcance monstruosos. Es además periférica, adictiva, antropomórfica  y de mala digestión. El conocimiento nos lo tragamos con el café con leche, consciente o inconscientemente, y toda esa marabunta de conocimiento tiene la forma de un océano infinito que se escapa a la mirada humana, pero ese océano  tiene tan sólo un centímetro de profundidad.Representa un duro forcejeo ceñirse a lo concreto, desgranar la mazorca informativa grano a grano y arrojar al tacho de la basura aquello que “nos está de más”.  Es una mala digestión, flatulenta y soñolienta, produce urticaria y cefalitis, pero es tan necesaria como mantener las manos sobre el volante en una carretera de curvas. Uno debe seleccionar bien la mierda que se fuma. Uno debe decidir la cantidad de mierda que está dispuesto a fumarse, y sobretodo, distinguir cual es el color de esa mierda, su procedencia. El abanico es amplísimo, mucho más de lo que nunca fue. Un ciudadano de mitad del siglo pasado, pongamos que un ciudadano de París, Roma, Barcelona o cualquier otra principal capital europea podía tener acceso a dos o tres centenas de libros, cinco o seis periódicos, y a todo aquello que pudiera ver y oír de boca de sus vecinos. Nuestro ciudadano del siglo pasado digería calmosamente los conocimientos con que se nutría, los sopesaba y sometía a la luz de la razón, los ponía bajo la lupa, y si guardaban afinidad con su manera de entender el mundo, si le interesaban, los colocaba cuidadosamente en su estomago, regándolos con un buen vaso de vino. Nuestro problema, -digitalizados, internetizados y con cientos de cables brotándonos de las orejas y el culo- es radicalmente diferente. Estamos sentados a la mesa de un gran banquete con toda clase de comida y bebida, con todas las viandas que puedas imaginar, un surtido inabarcable sobre una mesa que se prolonga a lo largo de los cinco continentes… y no sabemos dónde morder. Apenas empezamos a asimilar un conocimiento, una idea, cuando, en el mejor de los casos, aparece otra más nueva, más definitiva, más relevante…, o surge de pronto otra corriente que la contradice. De toda esa masa informe que rueda por el mundo como una gran pelota, apenas alcanzamos a retener en la memoria el cliché, el encabezado, la frase que tiende un lazo alrededor de la vaca. Pero nos falta soga. Vivimos una sobredosis de información, somos el cubo de todas las goteras. (…)

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* Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

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