“Un under-dog cualquiera”

Publicado: mayo 21, 2013 en Artículos

(…) Cuidate de no volver a poner los pies en el alambre; esas habían sido sus últimas palabras -mientras jugueteaba con su chicle de menta- en la barra del Bottom-up. Lo recordaba bien a pesar de ir bastante cocido durante toda la conversación. El alambre de espino se ha quedado en Europa querida Priscilla, junto con las polillas, los radiotransistores y el Nembutal. Viví en un cementerio Romano. Fui apuntador del circo hace 2000 años. Andaba de aquí a allá con el pie puesto sobre huesos y cráneos post-magdalenianos, sobre el foso con paredes de sangre seca salpicada por mordeduras de león, sobre anfiteatros y fórums de antiguas comedias bañadas en el fluido de Baco. Olisqueé los baños en que Publio Cornelio Escipión apartaba su dorado casco de cresta grana para entregarse a torvas bacanales entre cien rubias vírgenes. Recogí uno a uno los laureles del César y les prendí fuego, deambulé sobre playas donde atracaban navíos de comercio con bandera Persa. Una proís abierta en forma de astilla de lo que fuera el amarradero de una antigua goleta griega se clavó en el dedo gordo de mi pie y comprendí que mi destino, como el de Ulises, quedaba lejos de esas playas. Así con viento amigo y mar favorable subí a bordo de mi pequeño tronco de alcornoque y floté como un corcho sin rumbo. Allí dejé el alambre de púas hambriento y la silla eléctrica con correas tomadas para mi talle y medida. Dejé a las musas con sus cánticos de matronas y ponedoras. Dejé la aldea concebida para engendrar únicamente, cuyo templo tiene la forma de una semilla de Tornasol. Dejé la pequeña glorieta donde cada día festivo se representa la misma disputa, una y otra vez. Allí quedaron los animalillos de cebo beligerando todos por el mismo hueso de aceituna. Ni uno vio los surcados campos repletos de frondosos olivos un poquito más allá. Ni uno conocerá el éxtasis ni la dicha a no ser a través de los intérpretes que asoman de sus pantallas de conglomerado plástico, sus adorados intérpretes con corazón de amianto y sonrisa de ferretería. No conocerán este plenilunio líbero que me lleva sobre alas de algodón de feria y melodías de Eucarina hacía los astilleros. Mis vecinos resisten allí incrustados en sus tresillos de Barathea desgastados con tres enormes raspaduras de tres enormes culos estáticos. Son los culos de almidón de la señora Beribee, Don Beriboo y el pequeño beribii, allí sentados con pantuflas de neopreno por si se inunda el mundo y con diez mil antenas parabólicas desparramadas en el living por si algún roedor afilándose los dientes destroza el cable a tierra del televisor. Todas esas lucecillas de las petroquímicas les figuran la ilusa ilusión de que quizá algún día cuando las cosas sean favorables volarán hasta Las Vegas. ¿Por qué? Por qué algún día con toda probabilidad las cosas han de ser favorables, también para el clan de los Beribee y su retoño, ¿acaso dios no lo dispuso así?. No señor, no lo creo. Lo que habrá es fuego a discreción. Lo cierto es que las mandíbulas huesudas del mundo los masticarán como chicle, puesto que aunque lo ignoren la señora beribee y su señor Don Beriboo y el pequeño infeliz Beribii son hijos del mundo y no de dios, e igual a la lechuza que regurgita una informe masa de pelo y sangre de lo que antes había sido una saltimbanqui musaraña, el mundo los tragará con su tresillo, sus pantuflas de neopreno y su televisor. Luego los reciclará en bolsas de congelado. Todos los vecinos; bolsas de congelado. Si todo hubiese sido avisado tan sólo unos días antes, Don Beriboo hubiese hecho estallar su bragueta contra las nalgas de la señora beribee, y está tendría los labios del coño inflamados como dos solomillos y los ovarios echando humo. Demolerían la relamida caja fuerte lacada en verde donde guardan sus ahorrillos, sus botones de oro, sus bisuterías y testamentos, acumulados concienzudamente durante toda una vida. Desanudarían al fin el nudo Borromeo de la vida austera que engarza con fuerza obsesiva sus cuellos e irrumpirían en el Waldorf Astoria para correrse una buena francachela donde no faltaría Champany de gran reserva, ni Morean Blanch, ni licor Margarita, ni Luxardi Samvuk, ni el vino de Sauco, ni el tabacco de Tagarnina, ni el puro cubano, ni el huevecito de rojo del Libano ni la yerba. Darían un gran festín y convidarían a todo Cristo. En la despedida del fin del mundo lustrarían sus tubos intestinales oxidados de comer Lombarda con el mejor caviar negro y rojo, con exquisitos hongos del Asia, con jugosa langosta y percebes, con los más hediondos quesos franchutes y holandeses y tournedós à la béarnaise, con jamón de bellota y cortes de solomillo con pimienta de Cayena y deliciosa ternera Cordon Bleu, todo ello entre lingotazos de bebidas espumeantes y sorbetes para colocarlo en el estómago como corresponde. En postre ricos pasteles de frutillas y mango, streussel y fastnach küchen, helados de dulce de leche y tachones de chocolate, crocatte y cremoso mousse. Un colofón, a base de una polvoráina de nariz que culminara en el ejercicio desenfrenado de una gran orgía matutina sobre flujos y reflujos bañando cuerpos, sábanas, muebles, cortinas; una gran corrida humana. Entonces Beriboo sacaría del pequeño cajoncito del placar el calibre veintidós que guardaba para repeler al ratoncito que roía su cable a tierra y si le quedara algún rescoldo de dignidad, al ver pasar una a una sus diapositivas , se bolaría la cabeza junto con la de Beribee y Beribii. Entonces por fin viajarán a las Vegas. A su propia Las Vegas. Su Erín, su Parcelso, su Sangrilaa, su Cabo Verde, su cielo, su Sangai, su Alejandría, su Tierra Santa, su Jartúm, su Babilonia, su Edén, su Nabaae, su Olimpo, su Narrangansett, su Gólgota, su Toboso…(…)

*Texto extraído de mi libro “Gliptodonte”, de próxima aparición.

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* Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

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