Fragmentos Inmortales: “La bendición de la tierra”, Knut Hamsun.

Publicado: febrero 2, 2013 en Fragmentos Inmortales

 

 

la bend. d la tierra

 

“(…)- Bueno, bueno, tengo tanto trabajo que no sé cómo voy a poder con todo. ¿Ves dónde estamos sentados, Sivert? Sobre las ruinas de un pueblo. Esto es algo que los seres humanos han levantado en contra de sí mismos. En el fondo, yo tengo la culpa de todo; o mejor dicho, he sido uno de los intermediarios en esta comedia del destino. Todo empezó cuando tu padre encontró en el monte esas piedrecitas que te dio para que jugaras. Así empezó. Yo sabía muy bien que el precio de esas piedras era el que los otros estuvieran dispuestos a pagar. Bien, yo les puse un precio y las compré. Luego esas piedras fueron pasando de mano en mano provocando grandes conflictos de intereses. Transcurrió el tiempo, y hace unos días me presenté aquí, y, ¿sabes a qué vine? ¡Pues justo vine a comprar esas piedras que antes había vendido!

– Geissler calla y mira a Sivert. De repente el hombre ve el saco y pregunta:

– ¿Qué llevas ahí?

– Mercancía –contesta Sivert-. Vamos a bajar al pueblo a venderla.

Tal vez la respuesta no interesa a Geissler, o tal vez no la ha oído, pues prosigue:

– De modo que venido a comprar las piedras que vendí. La última vez dejé la transacción a un joven de tu edad. Él es el rayo de la familia; yo soy la niebla. Soy de los que saben qué es lo correcto y hacen justo lo contrario. En cambio él es el rayo, por el momento presta sus servicios a la industria. Fue él quién vendió en mi nombre la última vez. Yo soy algo, él no, sólo es el rayo, el hombre veloz de nuestro tiempo. Pero el rayo es como tal estéril. Pensemos en vosotros, la gente de Sellanrá: vosotros contempláis todos los días las mismas montañas azules; no son artificios, sino antiguas montañas profundamente arraigadas en el pasado, y son vuestras amigas. El cielo y la tierra os acompañan en vuestros quehaceres y os fundís con ellos, os fundís con todo esto tan extenso y enraizado. No necesitáis empuñar una espada, pasáis por la vida sin cubriros la cabeza ni las manos, prodigando una gran bondad. ¡Mira, ahí está la naturaleza, os pertenece a ti y a los tuyos! El hombre y la naturaleza no se perjudican el uno al otro, sino que se dan la razón; no compiten, no persiguen nada: se acompañan. En medio de todo eso vivís la gente de Sellanrá. Las montañas, el bosque, las ciénagas, los prados, el cielo y las estrellas no son mezquinos ni comedidos, sino inmensos y pródigos. Escúchame bien, Sivert: ¡puedes estar satisfecho! Tenéis todo lo que necesitáis para vivir, todo por lo que vivir, todo en lo que creer; nacéis y engendráis, vosotros sí que sois imprescindibles. No todo el mundo lo es, pero vosotros sí: los imprescindibles de la Tierra. Sois los que mantenéis la vida. Existís de generación en generación, producís, y cuando morís, vuestra descendencia os sucede. Eso significa la eternidad. ¿Y qué recibís a cambio? Una vida recta, una vida poderosa, una vida marcada por una actitud candorosa y cabal. Y eso no es todo: a la gente de Sellanrá nada ni nadie os subyuga ni os gobierna, tenéis serenidad y autoridad, vivís rodeados de una gran bondad. Eso es lo que obtenéis a cambio. Reposáis como el bebé que mama del pecho de su madre mientras juguetea con su cálida mano. Pienso en tu padre; él es uno de los treinta y dos mil. Y los demás, ¿qué somos? Yo soy algo, soy la niebla, me muevo de acá para allá errando, a veces soy la lluvia que cae donde más falta hace. ¿y el resto? Mi hijo es el rayo, que no es nada, un resplandor estéril, aunque sabe actuar. Mi hijo es también hijo de esta época que nos ha tocado vivir, cree a pies juntillas lo que su tiempo le ha enseñado, en lo que el judío y el yanqui le han enseñado; yo sacudo la cabeza, pero no soy nada misterioso, sólo en mi familia soy la niebla. De nuevo sacudo la cabeza. Lo que pasa es que no sé actuar sin remordimientos. Si hubiera tenido esa capacidad, yo también podría ser el rayo. En cambio soy la niebla. De pronto es como si Geissler volviera en sí y pregunta:

– ¿Habéis levantado ya el granero sobre el establo de piedra?

– Sí, y mi padre ha construido otra pequeña casa.

– ¿Otra casa?

– Por si viene alguien –contesta Sivert-. Por si Geissler nos visita –añade.

Geissler queda meditando.

– Entonces tendré que ir –declara finalmente-. Pues sí, iré, díselo a tu padre. El caso es que tengo tantos asuntos… Acabo de presentarme aquí y le he dicho al ingeniero: <Salude a los señores de Suecia de mi parte y dígales que quiero comprar>. Ya veremos qué pasa. A mí me da igual, no tengo prisa. Deberías haber visto a ese ingeniero, cuánto se ha esforzado con hombres, caballos, dinero, máquinas y todas esas locuras, creyendo que estaba haciendo lo correcto. Cuanta más piedra llegue a convertir en dinero, mejor; considera que su trabajo es encomiable, pues consigue dinero para el pueblo, para el país; claro que con él todo se acerca cada vez más al desastre, pero él no lo ve así. Lo que necesita el país no es dinero, el país tiene dinero de sobra; lo que no sobra son hombres como tu padre. ¡Imagínate, convertir el medio en fin y encima enorgullecerse de ello! Están enfermos y locos, no conocen el arado; sólo conocen el dado. ¡Qué admirables, cómo se destruyen en su locura! ¡Míralos, apuestan el todo por el todo! Lo que ocurre es que ese juego no se llama arrogancia, ni siquiera coraje; se llama miedo. ¿Sabes qué es ese juego? Es el miedo que cubre de sudor la frente, ni más ni menos. El error que cometen es no adaptarse al ritmo de la vida, sino querer ir más deprisa, adelantarse, introducirse en la vida como una cuña. Pero luego se les encorva la espalda: ¡alto ahí, algo cruje, busquen un remedio, eviten que avance la decadencia! Y luego la vida los aplasta gentil pero inflexiblemente. Y empieza el resentimiento contra la vida, la furia contra la vida. Cada cual a lo suyo. Algunos tendrán motivos para quejarse, otros no, pero nadie debería encolerizarse contra la vida. Nadie debería ser severo ni riguroso con ella, todos deberíamos mostrarnos misericordiosos y defenderla. ¡No olvidemos que clase de jugadores ha de soportar la vida!

Geissler vuelve de nuevo a la realidad y cambia de tono.

– ¡Dejémoslo estar! –Parece cansado, bosteza-. ¿Vas a bajar? –pregunta.

– Sí.

– No hay prisa. Me debes una larga excursión por el monte, mi pequeño Sivert. ¿Lo recuerdas? Yo sí que me acuerdo de todo. Recuerdo que cuando tenía dos años, un día que me estaba columpiando sobre el puente del granero de la granja Garmo de Lom me llegó cierto olor, un olor que sigue vivo en mi mente. Bueno, dejemos eso también. Si no fueras tan cargado podríamos haber hecho ahora esa excursión por el monte. ¿Qué llevas en el saco?

– Género. Mercancía que Andresen tiene la intención de vender.

– Literalmente, soy de los que saben qué es lo correcto y hacen justo lo contrario -añade Geissler-. Soy la niebla. Tal vez vuelva a comprar el monte un día de éstos, no es imposible, pero, si lo hago, no voy a andar mirando al cielo suspirando: <¡Teleférico! ¡Suramérica!> Eso lo dejaré para los jugadores. La gente de por aquí me considera el mismísimo diablo por saber que la quiebra era inminente. Pero no hay misterio en mí. Todo es muy sencillo: los nuevos yacimientos de cobre de Montana. Los yanquis son unos jugadores mucho más astutos que nosotros, nos aplastan con su competencia en Suramérica. Nuestro mineral es demasiado pobre. Mi hijo es el rayo, recibió una información, y yo llegué vagando errabundo. Así de sencillo. Llegué unas horas antes que los señores de Suecia, ni más ni menos.

Geissler vuelve a bostezar y se levanta.

-¡Si vas a bajar, vámonos ya!”

 

Knut Hamsun

 

*Knut Hamsun, (fotografía) congració con el nacismo en los últimos años de su vida, gesto que no debiera empañar, a los ojos del lector y en beneficio del arte, su obra. Juzgue cada quien.

 

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