“Bloody Mary”

Publicado: mayo 22, 2015 en Artículos
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Ésta es la puerca soledad que hiede a tumba. Embreado estoy todo en ella, vacío con ella. No es casualidad que estoy sentado en el café y ella me impide negociar la vida con mis semejantes. Ella rueda por los filos de los vasos y agua el alcohol. Todo lo agua en realidad, pegada permanece a todas las cosas y a mí, siempre me persigue. Tan harto estoy de este maldito sepelio, de que finalmente todo desemboque en borrajas, que acaso se me permite una pequeña toma de aire y otra vez la asquerosa mano hunde mi cabeza entre las aguas. Entonces al mundo vuelvo a estar vedado, y el pan es insustancial, y las miradas son tapias que se levantan y las palabras de la gente pasan a mi lado como esas palomas en las que uno recaba sólo cuando aprecia su sombra alejándose a ras de suelo. Levanto entonces la cabeza al mundo y me canso prácticamente al primer vistazo. Una y otra vez vuelvo a mi cubil y allí me quedo asfixiándome a conciencia en un tono muy aniquilador, muy suicida. En ese cubil encuentro mi mundo, me dispongo enseguida una botella de Málaga, aparto de un golpe una pila de libros y escribo alguna maledicencia sobre mi propio tejado. ¡Es así, nada encuentro más entretenido en estas ocasiones que lapidarme como un Jesús! Una composición bien curiosita a propósito de la navaja de afeitar, un poema que hable de una muerte suave, de la áspera pero reconfortante textura de la soga o el lento sosiego de la píldora. Francamente, resulta un trabajo escupir el hálito sobre un papel cuando se está así, tal como estoy, con los pies en el cemento. ¿De dónde libar la energía suficiente para seguir ahora que ella no me ofrece de entre sus muslos el cáliz del placer, ahora que su mirada se ha tornado aniquiladora como un cuchillo taleguero  y sus palabras gustan de volverme un majareta? Yo no puedo mover en esta ocasión una maldita pluma de gaviota, yo no puedo sentarme a la mesa ni salir de este tabuco. Yo le dije; tengo el maldito TOC, y ella fue hasta el centro mismo de mi existencia y colocó allí una serie de fantasmas. Vino una tarde con una abultada bolsa colmada de ellos y los soltó en los pasillos de mi cabeza. Ir al amor con el corazón al descubierto… ¡ah… era un camino sin retorno al matadero! Pero yo estaba dispuesto a beber los vientos, a morder la hiel por despertarme junto a  ella. Y ella estaba  dispuesta a toda hora, como un pedazo de madera que se abre con la proximidad de una fogata. Vive dios que he conocido mujeres ardientes, mujeres que adoraban el sexo y a las que les encantaba follar; pero no he conocido una mujer que se muriera por un polvo con semejante desesperación…;  en una danza a vida o muerte. Eran los días de la jodienda más brutal y perturbadora  y nuestros cuerpos rodaban sobre una misma rueda; nuestros líquidos corrían en una misma alcantarilla, nuestros latidos bombeaban a la par y todo era puñeteramente hermoso y radiante. Los dos sabíamos de la alquimia interna de Lao Tzu, devolverlo hacia adentro una y otra vez, mantener el círculo cerrado, y durante aquellas noches no existía un mundo fuera de sus sábanas, y en aquellas noches saboreamos la eternidad. Justamente esa mentida realidad, tan nítida y verosímil entonces, torna ahora los días en horizontes trabajosos, cansados, quien sabe si en días equivocados. ¡Qué enorme riesgo entraña, que peligroso resulta intentar mantenerse como niño, que apabullantes son los golpes cuando uno permanece inocente, cuando uno cree, cree ciegamente y dice mira, estás son mis venas, rájalas si gustas, mi sangre sólo sirve para que te despaches a gusto!. Es una historia que termina aparentemente en una estación de tren, a altas horas de la madrugada, con los pies en mitad de la vía, bien para recorrerla hacia cualquier punto o bien para detener el tren definitivamente. No tengo la menor idea de hacia adonde me dirigí, no sé qué pasó entonces, ni que salvoconducto utilizaría para salvar la pelleja. Creo que lo borré de mi mente,  lo recorté como se secciona un dedo uno que ha pillado la gangrena y prefiere poner a salvo el resto. Ahora vivo en esa serenidad oriental en que puede oírse el bufido del ventilador, el crujir de las hojas y el rumor del oleaje. Es una temperatura tibia que he tenido a bien elegir para mi madriguera, para poder discurrir y vivir tranquilo entre infusiones y esa clase de mierda que uno se toma después de que algo ha producido una buena sacudida en las conexiones neuronales. El sol de la estación plateada barrena las tardes con múltiples chorros de luz, oigo piolar a los petirrojos y todo parece en su sitio… Todo está sospechosamente en su sitio, todo está maravillosamente muerto, todo asquerosamente en paz. Y ahora que bebo el veneno de la soledad, y lo mismo me da si a trochas o a mochas, te encuentro fisgoneando por el ojo de mi cerradura. ¿Qué demonios puede hacer un hombre cabal con una chica como tú?

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* Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

 

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Un mal trago para Mohamed.

 

Luca está liando un cigarrillo y derramando la mayoría del tabaco por la pechera de la chaqueta. Ha dicho que tiene que irse pronto para sacar al chucho y está tardando en cumplir su promesa. Lo estoy deseando desde hace un buen rato. Puede volverse un pelma de los cojones cuando le da por hablar de yerba, cosa que sucede muy habitualmente. Hoy me ha contado toda la pesca. Tiene uno de esos cultivos secretos pero aireados a viva voz en nosequé pueblo escondido entre las montañas. No veo el momento en que se esfume de una vez y voy tomando cerveza con largos buches. Clavo en Tania una de esas miradas de desesperación que quiere decir; tenemos que inventar algo inmediatamente para conseguir que se marche- . Cuando ya estoy con las uñas comidas hasta la carne, al fin da un brinco de la silla y raja escaleras abajo con su botella de Coca-Cola de un litro y medio, recordándome de un grito que le debo unos pavos. Un buen tipo éste Luca, pero si tengo que escucharlo cinco minutos más le doy una patada en el culo y lo echo a la calle. Resulta un verdadero coñazo cuando alguien viene a fastidiar y en ese momento alguna buena idea está rondándote la azotea y tienes las yemas de los dedos echando chispas por hacer bailar el pincel y no puedes entrar en conversación ni con Jesucristo que aparecido, te habla columpiándose de la cañería; no tengo pecados señor, todo lo que hice fue alegremente, si me disculpa, tengo que pintar un nuevo cuadro…

El carrillón de la torre golpea fuertemente indicando las cinco de la matina, y hasta el menda más pasmado sabe que a esa hora la imaginación, si ha sido convenientemente forzada y estirada como un chicle a base de energizants y Las Obras Cumbre de Charly Parker, entrega hasta el último adarme, cada molécula se vuelca en ella y la mente vuela como un pajarraco que asciende desde el fondo del arrollo, empapado y decidido.

Parece que de un tiempo a esta parte he encontrado mis venas y vuelvo a saber dónde pinchar para que la sangre brote como un Rin que empapa las hojas, he acumulado una buena cantidad de material bastante decente entre relatos y notas sueltas para ese prospecto de libro y tanta voracidad por tragar la vida y vomitarla en papel. La cosa mejora cuando descubres donde estaba escondida la caja de los petardos y tienes mecha suficiente para armar un bonito alboroto. Pero… ¿Quién me lo iba a decir unos meses atrás, cuando estaba en la mala, sin un centavo en el bolsillo y todo era negro como una fosa y mi corazón era negro también y no había una sola noticia de algo parecido a Dios? Entonces estaba envuelto en ese dolor ondulante y jodido que me hacía moverme como un robot de hojalata, deprimido todo el tiempo por no poder hacer vida, siempre como un ogro apretando los dientes, soltando a cada rato palabras desagradables y arrojando espumarajos contra el suelo, con un humor del demonio y rabiando con cada pequeño gesto que hacía por los malditos pinchazos en las vertebras, tan hundido como uno de esos chichirivainas con barba que se pasan la vida haciendo cola en el comedor de la caridad…, unos meses que para qué, y ahora… ¡Parece que tengo un ángel viviendo en la camisa!. No hace mucho he encontrado ésta pequeña alcoba en el centro del avispero, dispongo de cierto margen de tiempo para escribir sobre esta bonita mesa desplegable antes de tener que habérmelas con el siguiente empleo y lo hago junto a un brillante vaso de vino, hay una chinita por aquí y tengo la nevera rebosante de fruta y fiambres y el alquiler pagado. Por si eso fuera poco, ha aparecido Tanía como caída del cielo, quizá de la mano de ese ángel que parece peinarme el camino, y ha aparecido de la forma más suave y natural, igual que una blanca pluma que se posa en el hombro de uno mientras camina por las ramblas, de la misma manera que una flor involuntaria y bella asoma la cabeza entre los cuerpos descuajeringados de una guerra. Podría abrir un buen boquete a base de darme cabezazos contra la pared y no lo entendería…, el caso es que ella es real y tiene los ojos marrones y alargados como una polinesia y tiene vida en el cuerpo. Cuando Paul al fin se ha esfumado, se ha quitado la ropa hasta quedarse en pelota brava, con tan solo unas finas bragas sobre la piel y se ha estirado cuerpo a tierra encima el colchón a estudiar la filosofía de Bataille, la puerta ha quedado abierta y puedo ver como de tanto en cuanto descruza sus largas piernas e inconscientemente -aun que de esto no estoy muy seguro- eleva los talones hacia el techo, mostrándome entre los dos carrillos ese negro borrón por el que un hombre puede llegar a llorar como un mocoso, traicionar, asesinar, enloquecer. Cuando me quiero dar cuenta estoy tragándome la cáscara de los pistachos y tengo unas astillas clavadas en el paladar. Tener todo esto al alcance de la mano… nada más puede pedir un hombre ni en esta vida ni en ninguna otra.

Me hace falta un buen trabajo para lograr girar el cuello, apartar los ojos de su blando contorno y olvidarla sólo por un rato. Hay en el techo una bonita claraboya, la luna ahora la traspone de una a otra esquina y su relente pasea a lo largo de la mesa como un queso rodante mientras me regalo el paladar con éste vino rojo que me he afanado en el Mercadona. Las briznas de tabaco que Paul ha dejado desparramadas sobre la mesa se destacan a la luz del flexo, que barrena con su foco la aquietada y serena obscuridad, y la leve corriente que corre por el apartamento hace que se revuelvan como siniestros espermatozoides en la cálida morada. A Tania le parece de lo más divertido que tenga las cortinas de par en par abiertas mientras follamos y sin embargo me vea obligado a cerrarlo todo a cal y canto cuando me decido a escribir, le he explicado que estoy lleno de esas manías y que si la estancia no permanece como boca de lobo no saco una de derechas. Ella es una persona de lo más comprensiva y tolerante, pero no puede contener la risa cuando me pongo tan serio y le suelto eso de que “la noche es un bálsamo para las ánimas”. Quizás la cantidad de hashís que pueda almacenar un carguero, diría aquél griego de ralas barbas, es exactamente la cantidad de materia gris pulverizada que me separa de recordar quién soltó esa perla. Me pongo de pie a indagar eso. Camino a lo largo del salón, revoloteo de acá para allá con la cabeza entre los brazos, aparto al gato con la punta de la bota, me chamusco todos los cables, estiro un pelo de mi perilla y entonces se pone a rodar una suerte de mecanismo de engranajes tirantes y noto que esa perilla madura cae del árbol; Krahe.

Despliego el titánico lienzo sobre la tabla con un rápido movimiento. Tratando de poner mi mente a pensar en algo diferente a ese cuerpo hecho a base de curvas, como el carenado de un bólido de carreras, una imagen bastante nítida comienza de pronto a presentarse de manera obsesiva en mi cabeza, tal vez por algún método de supervivencia inconsciente para contrarrestar ese dechado de belleza con el Ying sobre la espalda que lee en el cuarto de al lado. Se trata de la estrambótica estampa que desde hace unos días acude intermitentemente a mi chola; la imagen de Mohamed troceando la carne en la trastienda del restaurante donde trabajo como friegaplatos el fin de semana, con el cigarrillo colgando en la boca, su alargada figura de al menos metro noventa trabajando con desdén esas piezas de carne sobre el mármol, golpeado ruidosamente cada pedazo con el mango del hacha para enternecer la fibra, mientras van formándose pequeños riachuelos rojos y acuosos que corren por la encimera y van goteando hasta el suelo aserrinado, donde restallan formando negros redondeles. La instantánea del bondadoso, templado y huesudo Moha, con el gorro de carnicero, seccionando los músculos y vísceras de un cordero con la misma parsimonia con que se debe lavar los dientes antes de irse a dormir.

En lo que tarda en cantar el gallo tengo listo el caballete, un extraño cuenco para mojar el agua, el pigmento dispuesto a lo largo de la paleta en diversos pastelones de color y el pincel en la mano. Reparo en que el tubo del color blanco está tan seco como mojama. Lo estrujo y resigo con los pulgares a lo largo del tubo buscando el agujero. Ni una sola gota. No queda ni una gota de blanco y me es absolutamente indispensable para dotar al retrato de Moha de ese aspecto hastiado y sombrío, para rodearlo como un Pantocrátor con ese halo gris en el que siempre va envuelto. Debo salir a comprar pigmento antes de que la preclara imagen se esfume por completo de mi cabeza. Pongo el monedero bocabajo buscando unas monedas y me parece estar estrujando de nuevo el tubo de pintura; no hay ninguna moneda. Únicamente dos o tres papelillos de arroz hechos una bola caen y se posan suavemente sobre el enlosado igual que unos copos de nieve. Pido prestados un par de euros a Tania y salgo disparado hacia el veinticuatro horas. El sillín de la vespa permanece perlado por unas gotas de rocío. Clavo la llave en el engine, le doy vuelta y el motor se pone a petardear roncamente soltando una bonita humareda. Pocas cosas hay que me chiflen tanto como el olor de la gasolina cortando por la mitad el hálito de una fresca mañana.

 

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El establecimiento parece tan deprimente como todos los de su tipo, tan formidablemente bien iluminado como desprovisto de vida y con todos sus productos a la última bajo un cartel que se enciende y apaga intermitentemente. Recorro las hileras de estanterías y los pasillos azules. El relente de los potentes focos sobre las blancas baldosas del suelo hace que se produzca el efecto de un espejo. Me contemplo en el suelo unos momentos. ¿Cómo que vas a comprar el pigmento y a mangarte de paso una lata de Bombardier? – Me digo para mi capote- serás tonto del culo…, ¡hazlo al revés! Con que una vez que he quitado el chivato de plástico para sortear el arco de seguridad y me he echado al bolsillo el tubo de pigmento y un filete ruso congelado que le venía como un guante al fondillo de mi guerrera, coloco la lata de cerveza sobre el mostrador de Cinc para que este tipo que tiene la mirada de un bagre recién pescado le pase el maldito láser mientras voy pensando que… ¡no le vendría mal esnifar unas rayitas a éste andoba!. Así por lo menos no parecería que está congelado como mi filete ruso. Si en algo lo disculpo es porque sé de la hipnosis en que uno se ve sumergido cuando hace turnos de noche. Sé lo que es eso. Cuando iba a trabajar en turno de noche a la residencia de estudiantes alguien podría haberme arreado con una palanca de freno en la cocorota y no por eso hubiera dejado de bostezar. Son una mala cosa los turnos de noche. En la puerta del súper está el vigilante, un hombre corpulento de aspecto rocoso que ha estado atisbándome como un alce desde su meseta, ahí parado bajo el quicio de la puerta sin quitarme ojo ni un momento. Me dice buenos días al salir, estirando cuello y mentón para acto seguido agachar la cabeza y ponerse a mirar sus pies. Reverencial por obligación y desconfiado por intuición, no ha sabido si sostenerme o no la mirada.

Conduzco a lo largo de Estanislao Figueras, probablemente en contradirección, y después por Avenida Cataluña hasta llegar al portal del Roser, por donde continúo con la Vespa a través de las diversas callejas y entreveros del barrio viejo, mientras por la ranura del casco va colándose ese delicioso olor del pan recién hecho y los croissants de las pequeñas panaderías que a ésta hora de la mañana ya están con los hornos funcionando a toda máquina. Giro el manubrio y enfoco la motocicleta hacia la esquina de Cuireterias, paso por delante del garaje atestado de cachivaches de un viejo chiflado que se dedica a silbar en la puerta y amontonar todos los trastos inservibles que caen en sus manos, un poco más adelante, a la altura del burdel de Madame Margot, hay un hombre fumando un cigarrillo y charlando con una jai bajo el farolillo rojo. Ella parece comportarse de manera melindrosa y lo rodea con los brazos. Cuando los rebaso con la moto echo un vistazo por el retrovisor y casi me llevo por delante una caja de naranjas que estaba por allí tirada al reparar en que el tipo que está fumando en la puerta del antro con esa gachí no es otro que Moha. Decido no ser un fisgón mal educado y sigo abriendo gas hasta la calle del Hacha. ¡Es una coincidencia de lo más asombrosa… éste cruce de naipes! Por un lado la gran necesidad que me sobreviene en estos últimos días de pintar un óleo donde aparezca Mohamed abriendo las piezas de carne con el cuchillo en una batahola de sangre indiferente, después esa imagen acechándome hace apenas media hora cuando trataba de ponerme a pintar, ¡y ahora me encuentro con Moha en la puerta de esa casa de lenocinio con una puta de las de cincuenta pavos la noche!.

 

Cuando llego a casa Tania sigue echada sobre el colchón, está recostada lateralmente con el codo hincado en la almohada y la cabeza sobre la palma de la mano con los ojos clavados ahora en Spengler, completamente embebida en la cosa. Sirvo un par de vasos de vino, me siento junto a ella y le cuento todas mis visiones de éstos últimos días un poco a tontas y a locas, muy rápidamente; mi obsesión con el cuadro de Moha despiezando el cordero, la forma en que esa imagen me persigue como un cuchillo y no me deja pintar ninguna otra cosa y luego añado que, ¡justamente ahora!, acabo de ver a Moha aquí abajo. Tania regresa del mundo de las ideas, alza el vaso de vino y toma un buen trago para despejar la cabeza.

 

  • Me parece que todo ese bla, bla, bla que te traes –me dice Tania- sólo significa una cosa, y tú Lalo, sabes muy bien cual es; tienes que abordar ese cuadro cuanto antes , arrancar de una vez, y no sabes cómo hacerlo…

 

  • Puede que tengas razón. Sabes, creo que estoy forzándome demasiado con éste asunto, es como si tuviera la necesidad vital de pintarlo. Y es como un Himalaya…

 

  • En el fondo eres un perfeccionista, y te ves envuelto en esa especie de miedo a fallar…

 

El cenicero humea sobre la mesilla de luz, ella estira el brazo y apaga la colilla aplastándola concienzudamente sobre el metal. Se produce un leve chisporroteo.

 

  • Deja que te diga una cosa, me parece que tú mismo te ahogas en tu propio caldo… -prosigue-. Tienes todas esas ideas que acuden a ti como ráfagas, pero no sabes manejarlas, te empeñas en disecarlas con un par de pinzas, ponerles un cordel con una etiqueta y colocarlas ordenadamente en el lienzo… ¡Pero la vida que tratas de reproducir no es así! Esa vida siempre se presenta en nuestro cerebro de forma caótica y desordenada, siempre cambiante e imprevisible, primero arriba y luego abajo, como un lagarto que se escurre entre los dedos antes de que puedas apresarlo y sólo deja la cola agitándose en la palma de tu mano. Lo que debes tratar de plasmar en tu pintura no es otra cosa que el movimiento de esa cola…

 

  • Creo que te sigo- balbuceo.

 

Me acerco a la mesilla y cojo la botella, relleno ambos vasos con el vino rojo de su interior y tomo un buche.

 

  • Claro que me sigues, ¿Recuerdas ese retrato a lápiz que me hiciste rápidamente mientras me comía un helado en aquella terraza de Montjuïc? Es el que más me gusta de todos. Está lleno de espontaneidad y de esa clase de belleza que no se pierde en la perfección de las formas. – Tania coloca el vaso entre sus piernas, después de arrearse un buen trago, y suavemente deja la botella sujetándola por el gollete- Aquél retrato capta el instante presente tal y como está ocurriendo en tu cabeza. ¡La gente no quiere más mierda de laboratorio, cariño!, lo que los pone con las orejas tiesas es cualquier tipo de honestidad con que puedan identificarse. ¿Qué es esa formidable catedral, repleta de patios, fuentes y jardines, rodeada de una deslumbrante ciudadela con todas sus almenas y portones exquisitamente reproducidos…, al lado del soplo vital que supone retratar a una chica sexy como yo chupando un helado con las piernas cruzadas para ti? ¡Ah, debes tirar el compás y los cartabones al tacho de la basura y dejarte llevar!

 

  • Supongo que tienes razón, mon chêre. Me paso el día en continuo movimiento, como si tuviera una chinche bajo el culo, tratando de recoger ideas y recuperar el tiempo perdido. Cuando son las siete de la tarde he tragado tanto café que me sale por las orejas y entonces no hay manera de que pueda serenarme y apoltronar el culo en la maldita butaca para pintar calmadamente. Entonces me acerco al cajón de la yerba y ¡chiau!, tengo que fumar tanto para enfriar los motores y bajar la cafeína, que me quedo tieso como un palo y lo vuelvo a dejar todo para mañana. ¿Crees que si voy al centro de desintoxicación para quitarme del café van a descojonarse de mí?. Estoy dándole vueltas a la cosa…-le digo…-

 

  • Es probable, las personas que van a esa clase de centros están bastante jodidas, – entre el rouge de los carnosos labios ella luce dos filas de dientes brillantes y perfectos -, creo que se descojonarán antes incluso de hacerte la ficha-dice, aun que a decir verdad, no creo ni que te admitan.

 

  • ¡Vaya! ¿Y por qué no van a admitirme…? Tengo una cédula de identidad como todos los otros. ¿Recuerdas a Julio, ese tipo Chileno que te presenté en el Select?, pues el tío está enganchado a los pastelillos de nata como un verdadero maníaco y ya ha perdido todos los dientes. Cualquier cosa que se te meta ahí para taponar una carencia puede ser un verdadero calvario…

 

  • Cariño, deberías dejar la cafeína y la yerba y empezar a pegarle a los pastelillos de nata…- en sus grandes y largos ojos se dibuja una sonrisa-. Te ofrezco mis muslos como mantel… Un clavo por otro clavo, se dice así, ¿no?.. Oye, y qué hay de ese Moha compañero tuyo, ¿lleva mucho en el restaurante? ¿de dónde ha sacado Fransis a un tipo como ese?

 

  • Oh, Moha, el tipo tiene toda una historia…

 

  • Entonces cuéntamela –se anima Tania-

 

  • Está bien, pero te advierto que no es precisamente una historia color de rosa. ¡La hostia! ¡Está hecho todo un perla el bueno de Mohamed!. Mira, la verdad es que el tipo cayó como un pajarillo del árbol…¡y diantres* si supuso todo aquello un acontecimiento en el restaurante!. Una mañana el sol caía a plomo y la gente debía estar chamuscándose las pantorrillas en la playa, el local estaba completamente vacío y nos habíamos puesto a limpiar la cocina, fregar el suelo y hacer ese tipo de cosas. Recuerdo que estaba encaramado sobre la plancha, pulverizando con una irrigadora Catcher cargada de desengrasante la parte interior de la campana y los extractores de humo, cuando alguien golpeo repetidas veces la puerta de servicio, una puerta trasera por donde entra todo el género y por donde accede el personal. Creímos que eran los tipos que traen los bollos de pan porque solían repartir a esa hora. Norbert, un polaco que se encarga de una de las planchas abrió la puerta; un tío que pregunta por el jefe-grita. Alguien fue hasta la oficina y avisó al jefe. Aparece Fransis con un humor del demonio porque no le estaba cuadrando la caja y le dice; Tengo faena, ¿qué coño quieres?. El tipo, que tendrías que verlo, Moha, ahí plantado bajo el umbral de la puerta con una camisa del siglo pasado, tan harapiento como una poza y con sandalias playeras de color verde en los negros pies, la decrepita calavera conformada a base de huesos y piel acribillada por el exceso de sol, mirando a Francis con fijeza. Entonces Moha toma aire, y empieza a colocarle su historia. Viene de Marrachech y lleva apenas un mes en la ciudad, todo es tan difícil aquí y bla bla bla, tra tra tra…. Hasta su voz parece pedir permiso para hablar cuando le dice a Fransis que quiere trabajar, trabajar Gratis –dice-, repitiendo varias veces la palabra Gratis. Enfatizando con mucha desesperación la palabra Gratis. Fransis le suelta de plano que no, que se vaya a tomar viento. Entonces Moha hinca las rodillas en el suelo y agarra a Fransis de la pernera del pantalón y le da un pequeño estirón mientras implora que le dé un empleo, que hará lo que sea, que es un buen trabajador. Únicamente necesita algo que llevarse a la boca de vez en cuando y a cambio está dispuesto a trabajar las horas que sea necesario, Gratis. Fíjate la importancia que tiene esa dichosa palabra en nuestros días, -¡Gratis!-,parece un amuleto que lo agitas y a la trouppe se le enervan las cejas y están dispuestos a hacer lo que sea. Pero Francis, un tipo casi siempre atento a la ley y los reglamentos, se da media vuelta, le cierra la puerta en los morros y se larga hacía la sala rugiendo algo. Uno por ahí parloteó una serie de cosas recurrentes a propósito del gobierno y la tasa de desempleo y todos seguimos a lo nuestro. Cuando era la hora de chapar el chiringuito Norbert volvió a salir a tirar la basura y ahí estaba Moha, como un pasmarote, de rodillas, exactamente en la misma posición que unas horas atrás. Francis, hastiado ya de aquél hombre, le dice algo así como que va a provocarle aborrecer el anís, que vaya un pelmazo de tío estás hecho, pero Moha no se arruga y sigue con su cháchara. Finalmente Francis, aniquilado por las lamentaciones y súplicas y en vista a la perseverancia de acero que mostraba aquel tipo, absolutamente ineluctable, le dice que se pase a la mañana siguiente a limpiar el almacén.

 

  • Al día siguiente Moha se presenta y no sólo limpia con ahínco el almacén hasta dejarlo reluciente, sino que ordena las cámaras frigoríficas, arregla el motor del montacargas, repasa todas las vidrieras con uno de esos productos  y deja en definitiva el establecimiento como nuevo. A los pocos días Francis, conmovido por la entrega de aquél hombre, le hace un contrato y lo pone a currar. Era una escena bastante impresionante verlo trabajar como un remolino dentro de ese cuerpo famélico de galgo, danzando de aquí para allá, acarreando mil bandejas de una sola tacada, rellenando de tres en tres los cubos de viscoso Ketchup, lavando platos y cubiertos a una velocidad endiablada, redoblando el arrojo y las horas que metíamos allí cualquiera de los demás. Moha resultó ser un buen hombre, un tipo pasmosamente tranquilo, afable y agradable en el trato. No tardó mucho en hacerse amigo de todos nosotros y muchos días al cerrar el local tomábamos cerveza en el aparcamiento y nos fumábamos algún que otro porrito. Fue por aquél entonces que comencé a advertir que Moha intentaba pasar el mayor tiempo posible en el trabajo, no encontraba el momento de regresar a casa y jamás se largaba con prisa. Un día Abdul, un Marroquí que se encargaba de montar los platos combinados, subió al almacén a por un cubo de mostaza y se encontró a Moha tirado junto a las estanterías donde están los productos de menaje, la lejía y los enseres para la limpieza. Permanecía bocarriba con los ojos en blanco y unas fuertes convulsiones le azotaban la boca del estómago y hacían que su pecho traqueteara como un motor gripado. Manaba de su boca un hilo de líquido violáceo y fosforescente que se escurría a lo largo del cuello. Abdul reparó en la botella de desengrasante junto a la pierna de Mohamed. Entonces el chico comenzó a gritar algunas palabras en árabe y todos subimos. Enseguida lo trincamos entre unos cuantos y nos los llevamos al Juan XXIII. Cuando lo metimos en el asiento posterior su rostro presentaba un aspecto lamentable, tenía el color de una magrana recién abierta, todo su cuerpo se retorcía y aquella voz abrasada lanzaba unos gritos horribles a la par que de su boca iban saltando unos espumarajos sanguinolentos que te dejaban una impresión nada alagüeña. El pobre paria parecía estar a punto de espicharla, aquello tenía una pinta malísima y se armó un revuelo a la salida del restaurante. Por fortuna, en nuestro adorable país había un cirujano de guardia a esa hora de la tarde y estaba casualmente en nuestro mismo hospital. Aquellos galenos lo pillaron a tiempo, le endilgaron una sonda en línea recta que le bajaba a través de la boca, serpenteaba por los intestinos, hasta salirle por el ojete…, y absorbieron todo aquél líquido fluorescente. Transcurren  unas pocas semanas en que el tipo se pasa el día tragando sopas, arroz blanco y ese tipo de comida insulsa y finalmente el bueno de Mohamed logra salvar el pescuezo, e incluso deja de echar humo, -esto es una broma, no me mires así, chica explosiva…- y el tipo se reengancha al trabajo, si bien de un modo mucho más tranquilo.

 

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  • ¡Uff, la virgen… ¡pobre tío…menuda lástima. ¿Y pudo recuperarse del todo? ¿Por qué hizo una cosa así? Debía estar muy desesperado para tragarse el desengrasante –suspira-, eso no es como una pastilla del sueño. ¿Porque lo hizo? ¿Porque? ¿No os lo contó? Algo os diría al respecto… Me tienes en ascuas, ¡suéltalo ya!.

 

  • Fue por su mujer, o eso tengo entendido…-le digo.

 

  • ¿Por su mujer? ¿Acaso vas a decirme que ella le hacía la vida imposible? ¡Bah! – El semblante de Tania adquiere cierto matiz de fingida sorpresa, de descrédito hacia mis palabras. Entonces endurece su mirada hacia mí-. Me tomas el pelo…-dice.

 

  • No te tomo el pelo bonita-replico. Esto que te voy a contar, me lo soltó Abdul, que es como uña y carne con Moha, un día que estábamos pelando la pava en la terraza del restaurant. Era durante una de esas tardes de sábado en que teníamos tres horas muertas entre el turno de la comida y el de la cena, estábamos pegándole al carajillo porque hacía un frío del demonio y mirando en la pantalla un gran premio de automovilismo, cuando Moha apareció con una cara de manzanas agrias y refunfuñó que no podía sentarse a la mesa con nosotros porque tenía que llevar a su mujer a nosedonde. ¿A la vaca?- le soltó Abdul descojonándose. Y entonces Moha sonrió y dijo; “No, es una cerda. Una vaca no, una cerda”. No pude contenerme y estallé de la risa. Menudo cariño le tienes a tu mujer, Moha, le dije- “Si, ahora tengo que ir a ordeñarla…”. Entonces Abdul le grita “¡Eh, Moha!, ¿pero no decías que era una cerda?”  y el otro contesta; “sí, una cerda”. y desapareció por el deshabitado paseo sonriendo y levantando la mano en señal de despedida.

 

  • Oye chaval creo que estás sobrepasándote… Te recuerdo que estás hablando con una mujer. Ten un poco de tacto en las cosas que dices, a ver si voy a largarme yo a ordeñar a algún taxi boy…

 

  • ¡La hostia Tania! Intento reproducir una conversación -le suelto, no es que yo pinche ni corte nada aquí… Estoy tratando de explicarte lo que Abdul me contó aquél día. Y no te sobresaltes así, ya sabes las delicadezas que dispensa esta cultura a sus mujeres… Pero no estamos hablando de eso. Justamente esta es una historia en sentido contrario a todo eso… –le digo mientras me echo un trago de vino al coleto-, deja que termine de contártelo…Con que estábamos en la conversación de la terraza–prosigo-, que fue después del percance con el desengrasante, claro, y yo quise saber a qué había venido aquello que había soltado Abdul hacia la mujer de Moha. Entonces Abdul me contó toda la vaina con pelos y señales. Este pobre paria, Moha, es oriundo de un pueblacho apartado en una región del este de Marrakech, un lugar que por lo visto está repleto de enormes cañamones y la mayoría de la población lo cultiva para fabricar el hash. Moha, no. Moha parece ser que pertenece a una familia de cierto estrato social dentro de esa comarca, y vive holgadamente y maneja una apisonadora y recorre los caminos de la zona con ese trasto con el fin de hacer todo aquello un poco transitable y también para desembarazarse a la menor ocasión de su familia, que por lo visto es de aupa. Una de esas familias llenas de tradiciones y ritos arcaicos, muy pacata y temerosa de Alá. Mohamed estaba bastante frito con el tema de su familia y no desaprovechaba la ocasión para borrarse de aquél panorama durante algunos días. Cuando regresa de una de esas ausencias, después de haberse pegado un buen festín a base de alcohol y yerba durante tres días con sus tres noches en una plantación cercana de unos ganaderos amigos suyos, abre la cancela de la casa y allí clavado en el porche se encuentra a su viejo, uno de esos califas la hostia de solemnes con la barba imponente y el habito sobre el cuerpo, de la mano de una mujer bastante guapa que le saluda cerrando los párpados y bajando rápidamente la mirada. Su padre le dice entonces, con toda naturalidad; Mohamed, hijo mío, te presento a tu futura esposa. Se llama Leila y os casáis en un par de semanas. A Moha, claro, se le viene el mundo encima. Pasan ese par de semanas en que Moha está completamente paralizado intentando digerir el pastel que le ha tocado. Pero no hay nada que hacer, la Sharia es una ley regia y lo deja todo muy a las claras, no puede librarse de la boda. Con que el día señalado se casa con la Leila ésta por todo lo alto en uno de los palacetes de Marrakech con las diez mil alharacas oficiales y todas las sutilezas que puedas imaginarte. Luego se trasladan a un piso en la capital que les ha puesto el padre de Leila, el sultán Abdeslam al Nazer, y allí da comienzo su vida marital, en su recién estrenado nido de amor  y con los bolsillos llenos. Moha todavía está preguntándose qué coño ha pasado aquí, aun que no acaba de disgustarle del todo la cosa, cuando recapitula de golpe en que ha sido desprovisto de los mandos de su apisonadora y que ahora lo que sostiene son los brazos de una mujer de noble cuna. Pero no todo resulta ser miel y complacencia entre los dos. La señorita Leila tiene un carácter de lo más enrevesado y resulta que es un coñazo, por hablar con propiedad, está hecha una calientapollas. Se vuelve todo promesas y a la hora de la verdad, nada. Al principio Moha pensaba que ella se moría por un polvo cuando se le acercaba a servirle el plato de sopa y muy descuidadamente le ponía el pecho sobre el pómulo, pero cuando él le pasaba una mano por debajo de aquella larga túnica y lograba palpar su trasero ¡ella le cortaba el rollo en seco! Para acto seguido clavarle una de esas miradas que quieren decir ¿Quién te has creído que soy?. Entonces el tío reculaba un poco. Pero a las pocas horas ella ya ha inventado otras mil excusas para ofrecérsele por cualquier chorrada. De repente le llama para que arregle el codo de un grifo que sólo necesitaba que lo cierren del todo, entonces ella, con el otro en cuclillas ante sus narices, se sube el velo y comienza a rascarse un granito en el pubis…, -esa clase de cosas, entiendes…-si no es el grifo que gotea es el reloj, que no anda. Procuraba arrimarse lo más posible y lo llevaba hasta cierto límite, que nunca sobrepasaba… Calentaba a Moha y salía pitando. Otras veces se acercaba a él cuando estaba leyendo el Corán, y se sentaba sobre sus rodillas, comenzaba a contonearse y a encabritarlo hasta volverlo loco y cuando sentía el cipote tieso ahí debajo, ¡se marchaba a la otra habitación echando chispas!. Parece ser que únicamente cuando Moha estaba dispuesto a renunciar asqueado, ella se volvía otra persona. Cambiaba las reglas y aparecía en bragas con una toalla enroscada en la cabeza y los limones al descubierto y le pedía que le ayudara a colocarse el sujetador, entonces le permitía arrimarse un poco…pero ¡que no se le ocurriera tratar de tocarle los pechos! No lo sé, yo jamás me he topado con una de esa clase, pero creo que mujeres así pueden destrozarle a uno los nervios, si se las toma en serio.

 

blog 653 post moha 3

 

  •  Me parece una cosa de lo más extraña- me corta Tania. Igual esa mujer tenía alguna tara. La verdad es que sí que debe ser una cosa como para cortarse las venas. ¡Quizá lo pruebe contigo maldito cabrón del infierno!. Quizá haga una prolongada huelga de piernas cruzadas como no te apuntes a un gimnasio y dejes de fumar esa cantidad de mierda…

 

  • Cariño, si me apunto a un gimnasio –le digo-, soy inmediatamente un hombre muerto. Mi creatividad se va enseguida a pique y caputt, estoy liquidado. Hay algo que rechina dentro de mí cuando veo a esos hombres y mujeres conformados por tuberías bajo esas cabezas de chorlito, pavoneándose como pavos reales delante del espejo, envueltos en ese halo arrogante y teatral. ¡Buaj! Qué asco me está dando con sólo imaginarlos ahí andando como un cangrejo… En cuanto a lo que venimos hablando…, eso mismo me parece a mí, que Moha reaccionó como sólo un santo o uno de esos canónigos que viven en las montañas podría… Mira, el tipo se echó unas alforjas sobre la espalda, unas monedas al bolsillo, se subió al viejo transbordador y cruzó el estrecho de Gibraltar a la buena de Dios, buscando un giro que le permitiera respirar un poco y zambullirse en una vida anónima y estar a su aire. Entonces pululó durante un tiempo de aquí para allá, gastándose la poca pasta que tenía en los locutorios, rellenando solicitudes de empleo y siendo víctima de algún que otro engaño por uno de esos anuncios gancho. Pero verás, aún hay otra cosa, – Tanía me escucha con aire impaciente y sus ojos marrones están completamente abiertos- todo trascurre al final en la trastienda del restaurante, en el umbral de esa misma puerta dónde te he contado antes que Moha apareció por primera vez suplicando por un empleo, y es que dos años más tarde, quién llama con furia a esa puerta no es otra que su mujer, la señora Leila Abdeslam, que viene acompañada de su padre, el famoso sultán y uno o dos alcornoques entrajados dispuestos a llevarse a Moha por las solapas de ser necesario. De alguna manera Moha les camela para que esperen por ahí una hora hasta que él acabe la jornada. Entonces irá con ellos y hablarán del asunto. Mohamed cerró la puerta trasera y subió los veinte peldaños que restan desde la cocina al almacén, dijo al encargado que subía a colocar unos bultos que en la cámara frigorífica y a ordenar todo eso un poco.  Lo que hizo fue acurrucarse junto a la estantería tumbado a lo largo mirando al techo, o mejor dicho a través del techo, y con la cabeza reposando sobre una caja con botes de legía se puso a despedirse mentalmente uno por uno de sus conocidos, de sus padres y hermanos. Después rezó algún tipo de oración a Alá. Finalmente, cerró los ojos y pegó un largo trago de una de las botellas que había por allí. De pronto un fuego comenzó a abrasarle las entrañas y los objetos que le rodeaban empezaron a alejarse, a perder consistencia y desvanecerse. En un último forcejeo consigo mismo por mantenerse a flote, pues ahora sentía un miedo atroz y una angustiosa sensación de no retorno, logró abrir los ojos y vio a Abdul en el otro extremo de un negro túnel,  estaba tratando de decirle algo mientras iba soltándole unas bofetadas en la cara. Después alguien apagó la luz. Y el resto de la historia ya la conoces… De un tiempo a esta parte, podríamos decir que Moha se ha convertido en un siniestro autómata, no hay en él un solo signo de que guarde aún algo que se parezca a un alma. El tipo llega al laburo, se enfunda en el delantal y comienza a arrearle a los pedazos de carne. Se comporta como un martillo neumático viviente y podía pasarse martilleando la carne y arrojándola en la bandeja  semanas enteras si de tanto en cuanto se le permitiera salir a fumar un cigarrillo. En realidad creo que siente verdadero pánico cuando se acerca la hora de volver a casa, y cada día encuentra una nueva cosa que hacer cuando dan las doce. Siempre encuentra algún zarrio por ahí tirado que es preciso volver a poner en la máquina, entonces Fransis le deja la llave y él se queda por ahí trasteando hasta que le dan las tantas. Cualquier día va a encontrarse consigo mismo viniendo al trabajo a las siete de la mañana. La verdad es que resulta descorazonador verlo así, es como si algo le hubiera succionado la vida y lo hubiera chupado hasta dejarlo pálido, como cuando ya te has bebido todo el jugo de uno de esos polines Burman Flash y te queda tan sólo el hielo transparente…  Únicamente esa serie de inercias cotidianas lo mantienen en movimiento, las directrices necesarias para curtir la carne y andar como un sonámbulo apilando los cuatro zarrios de la cocina.

 

Tania permanece en silencio. Sus ojos trasmiten una afectación enorme y me parece que están aguándose. Estiro un poco la manga del jersey y recojo una lagrimilla que rueda cuesta abajo por su moflete. Tania está llena de bellos sentimientos bajo esa fingida máscara de chavala punk que utiliza para que nadie le agobie demasiado. La verdad es que ese amigo tuyo ahora me da mucha pena- dice. Y ambos nos ponemos a mirar a través de la ventana. Todos estos días parecen ser una buena secuela del verano, que igual que los dominguillos que atestan el paseo con sus fiambreras durante el mes de Septiembre, se resiste a desaparecer y ceder el paso a las crujientes hojas del Otoño y a los chopos y pinos que inexorablemente irán quedándose calvos conforme nos adentremos en la dorada estación. Pero hoy hace una temperatura formidable, ¡y estamos a finales de Octubre!, aún pueden verse algunas lagartijas en las blancas tapias o pegadas a los vidrios de los faroles de hierro forjado que corren a lo largo de los pasillos de la ciudad, de esta ciudad romana con arterias de petróleo y un sótano donde aún duermen los viejos leones… Los amiguitos que pululan por la calle parecen del mejor júbilo y se intuye una buena dinámica a pie de calle, la atmosfera está descargada, y los tipos que duermen en el cajero de la esquina se han puesto a tocar la flauta y sus chuchos hoy no están tirados en el portal haraganeando, sino que se han puesto a mover la cola alegremente y a correr formando círculos. Parece que hoy la rueda gira renovada y vivificada, como un pedalier que jamás se detiene…, parece en definitiva, que ha llegado el momento propicio para darle una última pincelada a este retrato de Mohamed. ¡Ta-ta-chín…!

* He querido recuperar, de los empolvados cajones del siglo pasado, esta expresión; diantres, que me parece muy fónica y expresiva.

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* Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

“Le Noir Conillón”. Relato corto.

Publicado: octubre 23, 2014 en Artículos
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Blog 617 Noir Conillon

 

Le Noir Conillón.

 

El primer día que lo vio, era aún de noche en realidad, pero la luz velada de aquél baño se lo había mostrado de la manera más sinuosa que uno pueda imaginarse. Se había corrido una buena juerga con Chloé en el cuarto de su alcoba, pero tras el segundo round ella se había quedado dormida, y él algo insatisfecho. Chloé dormía estirada en el catre matrimonial cuando Mick abrió la gran ventana que daba a un patio de luces para respirar un poco de aire fresco. Desligó el cordel de la persiana y abrió la portezuela de madera. A esa hora de la madrugada el patio de luces permanecía habitualmente oscuro y en silencio. Encendió un Gauloises y fumó durante un rato apoyado en la veranda. Cuando se puso a contemplar el vacio del patio reparó en que la ventana que estaba justo enfrente suyo, y que daba al baño del piso de abajo permanecía abierta y la luz encendida. Lo siguiente que vio lo puso verdaderamente en trance. Una mujer se había sentado sobre el inodoro y comenzaba a deslizar sus bragas hacia el suelo, dejando al descubierto dos blancos muslos y una hermosa, hirsuta y negra pelambrera en el medio, que de pronto era acariciada por una mano delicada. Eso era todo lo que Mick alcanzaba a ver a través de la pequeña ventanuela de enfrente, pero de alguna manera aquél coño tan crudo con esa tupida mata negra alrededor le estaba pareciendo una iluminación, una manifestación asombrosa de natura y delicada animalidad justo enfrente del cercado domestico. Aquello era suficiente como para volverlo loco. La mano reseguía la uve de las ingles muy lentamente, haciendo bailar el dedo índice sobre algún punto con suma delicadeza y lo hacía bajar hasta el centro mismo de aquella pelambrera. Mick estaba muy impresionado por su negrura azabache, como un tizón, y por el aspecto salvaje que aquél coño presentaba. Chloé siempre iba tan rasurada como un recién nacido y su olor era bastante aséptico, el olor de algo permanentemente maquillado. Sin embargo, ese chumino de ahí abajo le parecía a Mick que siempre había permanecido en estado salvaje, que nunca había sido rasurado, pues parecía arremolinado y suave a la vez y sobretodo; profundamente negro. Le resultaba a Mick algo de lo más jugoso el contraste que producía la blancura de esos muslos llenitos y aquella hermosa mata de pelo azabache. A ratos, la mano parecía ejercer presión en mitad de aquel coño y entonces aquellas rodillas se apretaban. Mick pensó que era imposible que ella lo estuviera haciendo sin darse cuenta y entonces se puso aún más caliente. Tenía una buena erección entre las canillas y tenía a Chloé al alcance de la mano, pero le resultaba imposible contemplar esa idea, todo el espacio de su cráneo estaba lleno de ese negro conillón. Corrió hasta la cocina, pues el piso rodeaba el patio de luz y ese espacio estaba situado justo encima del baño de su vecina, y allí comenzó a dar taconazos contra el suelo, a abrir todos los grifos y a trajinar con los cacharos con tal de meter ruido para mostrarse aludido. Le fastidiaba enormemente la gran impotencia frente a la peliaguda situación y rondaba por la casa tratando de buscar alguna treta. Justo antes de enloquecer, se hartó, volvió a la habitación, se acercó y susurró en la oreja de Chloé que salía a comprar. En el rellano del piso de abajo había un gato que debía de habérsele extraviado a alguien y permanecía allí aovillado en un rincón. Mick llamó al timbre. Obturado por la llamada de la sangre no había pensado mucho en el asunto, ni siquiera se había planteado la posibilidad de que ella no hubiera actuado intencionalmente, pero eso lo descartó enseguida; a las cinco de la mañana, en aquél patio tan cerrado como un tubo, le parecía imposible que ella no se hubiera percatado de su presencia. La vecina de Mick abrió la puerta con un albornoz rosado abierto sobre la piel, y entre las dos partes de algodón volvió a encontrarse cara a cara con ese punto negro que ahora, dejaba entrever en su parte inferior el relieve de una delgada línea rosada. Mick sentía como el semen envolvía el interior de su cabeza como un caldo ardiente que lo recorría a lo largo del cuerpo y zumbaba para abajo hasta encabritar la punta de su polla, que se había hinchado y pugnaba por liberarse del calzón y asomar la cabeza. Su vecina se puso como loca cuando destapó aquello y lo agarró como quien arranca un rábano y lo atrajo hacia sí y fueron rebotando de esta manera por todas las paredes de la casa, magreándose, mordiéndose y chupándose igual que sedientos camellos. Sus cuerpos golpearon contra la tapia que cerraba el pasillo y cayeron al baño, donde Mick la tiró al suelo sobre una toalla empapada y comenzó a devorar aquél chumino peludo y jugoso hasta acabar con todo el mentón pegajoso y todo lleno de chorretones por el cuello. Sentía que todo aquél jugo estaba llegando a sus entrañas y le parecía de lo más deleitable aquél sabor y olor que le goteaba de la nariz. Ella había quedado en trance con las piernas abiertas en el aire y Mick aprovechó rápidamente para clavarle primero el glande, que estaba tan inflado y purpureo como una berenjena, y después la empujó lentamente hacia el fondo abriendo las paredes hasta topar con el final del recorrido. Entonces comenzó a bombear fuertemente y a golpear aquello que fuera que estaba allí al fondo. La chica parecía fuera de sí cuando recibía aquellos picotazos y sus ojos temblaban un poco. Mick permaneció un buen rato dándole al asunto, después la sacó de allí y se corrió sobre aquella sedosa pelambrera. Se quedó contemplando, mientras jadeaba, como el semen corría por los labios del coño y caía a lo largo de los muslos. Los dos se tumbaron mirando al techo, ella pidió a Mick un cigarrillo, y entonces oyeron un sollozo ahogado que provenía de fuera. Pusieron los ojos en la pequeña ventanuela que daba al patio de luz y allí asomada en cuclillas estaba Chloé contemplando toda la escena, envuelta en lágrimas, sollozando y con un shock importante que hacía que su pecho se hinchara y bajara espasmódicamente. Mick se sintió destrozado, y se quedó bloqueado, eso es todo. Estaba tan pasmado que no supo reaccionar cuando vio a Chloé quitarse los zapatos verdes, o cuando vio que entre lágrimas se encaramaba a la pequeña barandilla, lo miraba con una tristeza inacabable, y se arrojaba al vacío. Mick y su vecina oyeron el angustiado chillido, el golpe seco. Luego un silencio horripilante.

Mick jamás se repuso de ese mal trago. Algunos sábados, cuando salgo temprano a montar en bicicleta y atravieso la ciudad, lo veo deambular por las calles del centro. Se queda clavado en algún escaparate con la mirada tonta y así permanece durante un cuarto de hora, incluso cuando las rejas están echadas. No pongo demasiado esmero en hacer que no me vea, la verdad, el pobre diablo se ha quedado completamente mochales. No hay duda de que algo no ha quedado bien en Mick… En cuanto a mi novia, ha comprendido algunas cosas tan necesarias. Le había insinuado, antes de que se comportara de forma tan indecente aquél día, la importancia de andar con cuidado con no separarse demasiado del Tao, de cuidar eso que los hindús llaman el karma y todas esas sabidurías que suenan como una historia del Tebeo pero que vaya si tienen importancia. Ahora el boomerang ha girado la cola y ellos cargan con una enorme losa…

Radiografía de un poeta.

Publicado: agosto 21, 2014 en Artículos

blog 338 joseba elorza

fotografía de Javier Elorza

 

Radiografía de un poeta.

 

(Escena)

 

La mandíbula sobre la palma de la mano

el semblante áspero de vida mala

la voz tomada del mismo diablo

puesto en puntos, descose la última sonata.

 

A contradanza lee a Quevedo

Tornando en oro el lodo fatal

Más no averigua, ya no,

Su nave atrás en el mar muerto,

Arde igual que petróleo sobre agua;

Lo había perdido todo,

Después se perdió a sí.

 

Tanto si era destino,

Como fabricación,

Como si azar o pura necesidad:

Ya nada valía dos pavos

 

(Presentación 1 Pesaje 2. Golpes 3. Cartulinas 4)

 

Simio o poeta, genio deflagrado 1,

O drogata con hemorragia y fístulas en los labios 2,

Llagado de muerte al costado cual cristo 3.

La mujer de porcelana no se dobló,

él se ha partido de puro quebrado 4.

 

(Rueda de las manifestaciones)

 

Sus recuerdos son ojos,

Tornadizos, proteicos, aceitunados

Tan pronto surge como una alimaña

Tan pronto, su sabor de golosina.

Después le trepa una fiebre de ella.

A pesar de cada aislante puesto,

Por mor de mal agüero, en cada pata de su cama.

 

Otras veces, frunce sus labios y nimba,

Con una linterna de luciernagas,

La tristeza peladura de su tálamo,

Lo que le rebana el pensamiento en hogazas,

 

(Contragolpeo)

 

Cuando ELLA pasea  por dentro suyo

Él la repele con bibliografías enteras,

Con visitas nocturnas casi diarias

a la calle de las que nunca besan

Donde el hueso y el alma se confunden,

Entre cremas frías de aliviar  rozaduras.

 

Su sacerdotisa habitual, su adivina, su puta,

Tras la minuta  por viajar al otro mundo,

negra y solemne se complace al informarle;

 

– ESA MUJER TALLA A MEDIDA

DE SU BOSQUE QUEMADO TU PROPIO ATAÚD –

 

(De regreso a casa)

 

La noche aquella, se vio a si mismo

como un fantasma rutilante, siniestro,

rondando la calle de su destino ideal,

con el sombrero crepuscular cabizbajo,

allá por el tercer mes del doce,

sólo y desarbolado bajo el aguacero.

Como un trasto viejo, como un juguete roto.

 

(Comienza un monólogo interno)

 

Así las cosas -se dice-,

la misma calle dónde ahora, arropada,

mata el insomnio con Bencedrinas,

y se adormila de costado junto a su caja musical.

Y sus muñecas de porcelana,

Y su escrito en la frente;

“No me preocupa nada de nada”.

 

(Va rumiando…)

 

ELLA, la más bella segunda persona del singular,

La más singular de este mundo hosco y de porquería.

ELLA, dulce, ojerosa, jodida y atrayente,

Radiante en la alegría y en la tristeza, sólo ELLA me limpia.

 

(Caminando por la calle de ella. 3:00 AM. Éste día.)

 

Tan pronto incombustible rabia de lo perdido

Tan pronto inútil, maldito e inservible y otra vez la mano

Sosteniendo la quijada, cuándo descubre asombrado

Igual que un loco, que todo lo conocido es exacto,

Que lo conocido antes y lo cognoscible en el futuro es UNO.

 

(Plano General)

 

Escribió por aliviarse,

Por crearse su propia isla,

Llena de ella, sólo de ella,

Pero en aquél tiempo soleado

No en esta noche siempre víspera…,

¡Nunca ha llegado, eso nunca ha llegado!.

 

(Imagen)

 

Goyesco y oscuro,

Perdida la calma y desvencijado,

Edwart Lalo, fértil compositor,

Descompone miga a miga,

Los últimos pétalos de su memoria,

Entregado a su recuerdo,

 

A la tenue luz de una palmatoria

Acierta a ver sus ojos castaños

Como Racimos de  uva morena,

Y su boca, ¡Ah, su boca…!

 

(Subtítulo para idiotas)

 

Hoy es una noche de sol negro

Y nimba sus averiguaciones el poeta

En una hoja de receta blanca

Con un pliego al costado que algo,

Le recuerda que debe hacer

 

(Detonación)

 

Fin de la escena.

 

(Barcelona, 2005.)

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*Laszlo García se reserva los derechos de autor de éste texto

 

“Cut-up” Poema.

Publicado: marzo 18, 2014 en Artículos
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blog 401 grande

 

Cut -up

 

Nena nos largamos,

No voy a seguir buscando

Tú tampoco vas a encontrar

Nada mejor en este pueblo.

 

He encontrado un lugar

Donde fundar una vida,

Uno de esos lugares escondidos

Que es un remanso.

 

El monstruo aún

No ha metido allí la cabeza

y todo se encuentra

por primera vez.

 

He inventado un truco y

Viviremos fácilmente,

Flotando de aquí para allá

Como plateados atunes.

 

En aquello no habrá

Demasiadas complicaciones,

Es un juego estúpidamente fácil

Que se gana sin jugar.

 

Cálzate esas botas altas

Es todo lo que necesitarás

Para este rumbo tranquilo

¡Quiero que veas tantas cosas!

 

El arroyo cantarín y

Las picudas crestas

Y Las playas de bronce.

Los antílopes sonrientes y

Las primigenias piedras.

Y podremos revolcarnos

En los campos de mostazas

y joder durante todo el día.

 

Coceremos nuestro pan

En nuestra propia hoguera

Quiero enseñarte a ensamblar la leña

Y mantenerla caldeada.

 

Los desconciertos son allí

Como agradables sorpresas,

Contaremos con nuestro Yabyum

Y podremos pisar a fondo

 

Será divertido

Caminar con enormes sombreros

Y tragar cerveza al sol

Y fumar cigarrillos

Practicando el dicho chino

De hacer nada.

 

Déjalo todo aquí,

En México brota la hierba

Desde bien abajo,

El espíritu es duro

Y viejo como una concha,

Y la tierra cálida

Y fortaleciente.

 

Crecerá allí libre

Como una ciudadela Maya

En mitad de la jungla,

El manuscrito

que te haga inolvidable.

 

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*Laszlo García se reserva los derechos de autor de éste texto.

blog 384 tuning

Saltaba sobre las tabletas Kindem como un glotón, rajaba el envoltorio de una sola tacada -Zziiiiip-y después de amasar la pasta de cacao igual que una hormigonera, las engullía garganta abajo sin detenerse a saborear demasiado. El demonio de la ansiedad arañaba sus paredes internas enfurismado como aquél gato que una vez Jiphy había fumigado con parafina; sí, las horas se estrechaban y permanecía cada vez más nervioso.  De manera algo incongruguente se había atiborrado a base de tazones de café, lo menos ocho o diez, y tenía tanta cafeína en el cuerpo que pondría a cualquiera los pelos de punta. Se lavó los dientes por quincuagésima vez y guardó el cepillo en el bolsillo del traje. Este extraño rito se manifestaba en él cuando se hallaba nervioso; tomaba café como un loco y no cesaba de lavarse los dientes a cada rato. Al fin el nudo de la corbata que coronaba el Esmoquin había quedado del todo bien dispuesto engalanando todo el conjunto; traje negro con caída de pingüino, pantalones con raya, tan bien plisada como una autopista, y botines de brillante piel. No recordaba si había cerrado adecuadamente las presillas del estuche donde guardaba el violín cuando había que moverse, estaba revisando los cierres cuando sonó el timbre igual que un grillo eléctrico ¡rip riip!. Cerró el estuche del violín como un relámpago y bajó volando los cuarenta escalones hasta la portería. El delegado junto con el chófer lo esperaban afuera.

En la calle flotaba esa niebla alta que emborrona las aristas de las azoteas y también esa que corre a pie de calle, a la altura de las rodillas, tan típica de Praga en invierno. El coche de la delegación se deslizó a ritmo lento a través de las calles empedradas con la ruedas emitiendo un continuo flop flop que repicaba en sus oídos despistándole en el  repaso mental de las partituras que, aun que iba a tenerlas delante durante la interpretación, le gustaba imaginarlas sonando ordenadamente en su cabeza. Un tumulto se agolpaba en la puerta del edificio de La Opera. Contempló la umbría fachada, los dentados escalones de piedra que ascendían hasta la entrada, los retorcidos grabados que adornaban el friso, el portón de par en par abierto con las enormes planchas de roble como dos orejas que escapaban de la cabeza.

La avejentada berlina negra, con dos banderines de la delegación ondulando en el capó, se detuvo frente a una de las puertas laterales, el perfil de las ruedas contra el borde de la acera provocó un chirrido de caucho asfixiado. Enseguida se acordó de la piedra Pómez contra la pared de pizarra de su infancia. De alguna manera se sentía alejado de todo lo que veía, en su mundo interno la música sonaba incesante y armoniosamente. Había esperado su debut con santa paciencia, entregado en recitales menores que afrontaba con infinita pasión, empecinado como un buey en el estudio de los inimaginables vericuetos del solfeo, robándose a diario horas de sueño a fin de pulir su técnica para mantenerse afirmado en su genio cuando llegara tal día como hoy.

El camerino desprendía un olor fuerte a naftalina y al cuero viejo de los sillones de Barathea situados frente a cada espejo; las colgantes cortinas de arpillera, los biombos con ruedines oxidados, la tapicería con quemaduras, todos los objetos sobre los que ponía los ojos hacían que aquello le pareciera un lugar enmohecido y caducado. Por allí rondaban, cada uno embebido en el repaso de su obra, los otros artistas que copaban el cartel del festival. Le pareció distinguir flotando por allí a la poeta Luna Menguante, recitando algún poema en silencio. Fue aquella muchacha de rostro melancólico que le recordaba a un felino recién nacido, Luna Menguante, quien salió a escena en primer lugar. El siguiente sería él, y finalmente actuaría el físico Kwangu Sinderale, el Agitador de Guisantes. Éste pájaro –pensó para sí- debe salir a escena con todas esas barillas arrancadas de la parabólica y radio-receptores de frecuencia Beta y bolsas de guisante congelado y poner a danzar a las pequeñas bolitas verdes ; yo sólo tengo que hacer lo que hago cada día, oír cantar a mi violín. Y esto le resultaba asombroso y divertido, sentía un gran anhelo por probar la impresionabilidad del público al verle desvestir una a una las sesudas partituras de Ludwig. ¡Qué imponente resultaría el auditorio principal de toda Chequia! En sus lucubraciones paseaba por dentro de sus paredes y recordaba todo el inmueble tachonado de ribetes dorados y madera muy cara y muy señorial, roble o cedro o fresno americano, y lo menos cuatro plantas con sus cuatro palcos donde unos señores distinguidos se empolvan con rape y de vez en cuando estiran sus bigotes mientras aguzan el oído o echan un vistazo con uno de esos formidables monóculos. ¡Aupa! Ésta vez seré yo –se dijo- quien esté en el centro del monóculo.

Cuando se miró hacia adentro vio que tenía el convencimiento de acero. Las notas rodarían pendiente abajo como vagonetas mineras que pierden la vía y se quedan flotando en el negro vacío. Pasaría del modo más natural, sin forzar un sólo pensamiento, únicamente manteniendo la sangre a la temperatura del violín y las cuerdas. Tal vez fuera cosa del nerviosismo que uno siente antes de exponerse en la palestra, no sé si te ha pasado…, donde uno no es más que la formidable mangosta atravesada por un alfiler en mitad del tórax que permanece clavada al corcho, y debe provocar la miel y las alharacas del Ojo Único. Cuando uno es el asno que dice “ji jo, ji jo” y levanta las orejas y ve que todos están tan risueños y del mejor júbilo y entonces sabe que debe seguir y seguir, seguir a tientas, en blanco o boqueando, seguir hasta fragmentarse en virutas sólo porque la cadencia no se puede detener, sólo porque el aeroplano no puede detenerse en pleno vuelo, ¡Eh Harry, ni se te ocurra apagar los motores ahí arriba!; la cosa es seguir y seguir, seguir adelante o caer. Quizá podría encausar ese enigmático silencio proveniente del auditorio a su estado de contención zen y tuercas apretadas hasta la cabeza del tornillo, y al estar de aquí para allá, dando grandes zancos entre las bambalinas, mientras repasaba concienzudamente todos los puntos flacos de su técnica en Vibratto…, el caso es que de pronto advirtió que durante todo el lapso de tiempo transcurrido desde que la poeta había salido a escena, unos veinte minutos, no había llegado a sus oídos ningún sonido de la representación, ningún clamor, ningún run run de voces apocadas, ningún aplauso, ni siquiera un abucheo; nada. Silencio. Silencio… Un silencio extraño que no era  pura ausencia de ruido si no algo más sutil, lo que queda cuando todos callan al unísono, un silencio expectante y alargado. Un misterioso silencio Chino. Seguro que entre los camerinos y el auditorio –se dijo- habrá un largo pasillo, uno como el que une el metropolitano en Mustek con la boca que se abre en plaza Jungmann, ¡o acaso esa Luna lo esté elaborando tan fina y sensitivamente que los ha dejado a todos mudos y blanditos como Donut´s!

Luna Menguante surgió de detrás de uno de los biombos, había terminado su recital. Un vestido de talle corto blanco virginal y dentro la figura estilizada de la poeta que negaba con la cabeza lo que quiera que fuese que hablaba con su interlocutor. Tras verla un segundo, advirtió que algo tétrico había golpeado su pupila, algo decididamente siniestro y funeral en la presencia que desprendía la chica, algo cuyo detonante se le escapaba. Pero en este momento todo en él era paroxismo e inquietud por subir a tocar y batía alas como una blanda paloma que encara su vuelo, y la intuición siniestra que le había infundado la imagen de Luna se disolvió enseguida. Entonces uno de los tramoyistas enfocó hacía él la danzarina luz de la linterna y le dijo; – tú turno muchacho-.

blog 381 grande julien picaud

(Collage de Julien Picaud)

El negro telón de franela permanecía cerrado. Subió un par de escalones y caminó hacia el centro del escenario. A cada paso podía oír el el zuap zuap de sus suelas contra el entarimado de madera. Aquél silencio callado persistía, lo envolvía todo. ¡Éste debe ser un público enterado y respetuoso!- pensó-. Dispuso las partituras en el atril, abrió el estuche, tomó el violín como quien acuna a un recién nacido, se sentó y lo acomodó contra el pecho. Resiguió entonces con la yema del dedo cada una de las cuatro cuerdas de tripa en una caricia de reconocimiento, tal era su costumbre, y lo mismo hizo con las crines y la madera del arco. Ahora respiraría profundamente hasta fijar en su cabeza la imagen que una y otra vez había evocado antes de ejecutar cualquier pieza, su cable con la iluminación, su talismán, su mar amiga, la sagrada imagen de esa mujer blanca y abierta sobre las briznas a quien él empezaba a frotar a con suma delicadeza. El click se había producido. Empezaba con un Spiccato en La menor donde el vigoroso dedo –soñaba- descendía a través del plexo apartando la castaña melena, bajaba por el abdomen haciendo un salto en el ombligo e iba a morir a la embreada vulva. Aquí el arco se empleaba suavemente durante unos diez segundos, arriba y abajo, salpicando Does y Soles menores alternativamente en un simpático Trémolo. Según requería la obra, se había previsto que el telón se abriera a los treinta segundos de la interpretación, coincidiendo con la primera gran fuga del movimiento. Las pesadas cortinas del telón se desplazaron lentamente, arrastrando los faldones como una mopa. Entonces ante él, quedó desplegada la dantesca estampa.  No podía dar crédito a lo que tenía delante. Sus ojos clavados en el auditorio se abrieron hasta sus límites últimos, hasta rasgar las comisuras, dejando a la vista donde debieran estar sus ojos dos bolas de acero al rojo. Tenía delante el signo mismo de la insania. Una instantánea demente propia de los degolladeros de cerdos y mataderos, un jodido pandemonio de muerte y aberración, un infierno Quevediando donde rezumante aún, la carne abierta borboteaba sangre dondequiera que fijara la mirada. Todos los asistentes habían sido macabramente asesinados. Las fláccidas vísceras y órganos gelatinosos colgaban de los cuerpos por un delgado hilo. Los pies amputados estaban repartidos aquí y allá, las manos y antebrazos, las rojas entrañas salpicadas por toda la platea, los blancos sesos emplastados en la tarima, en el reposa-brazos, los hígados y bazos y riñones violáceos sobre viscosos charcos bermejos y brillantes. Un cuerpo sin cabeza gobernaba la primera fila, ésta había rodado unos metros más allá hasta quedar encajada bajo una butaca, el cerúleo rostro aún mostraba una lamentable sonrisa inmortalizada por la sección, junto a ella un puñado de dientes sueltos esplendían sobre la moqueta. Inermes cabezas colgantes estaban vencidas sobre los respaldos con la lengua fuera, con las entrañas abiertas sobre regueros que serpenteaban en el suelo, y todas esas miradas, ¡dios del cielo!, todas esas miradas detenidas de súbito. En el breve segundo que duró la aceptación de lo que estaba viendo, su cerebro racional digirió aquella carnicería a duras penas, sugiriendo el vómito, la tribulación, las lágrimas, el bloqueo… pero sin embargo, su cerebro derecho, el encargado de la espontaneidad y la artes, había sido adiestrado para ser impermeable al medio de tal manera, con tanto rigor, que en aquél primer segundo de estupor su mano siguió templada sobre el arco, interpretando de manera insolente, alegre y despreocupada. De pronto le vino el recuerdo del enigmático silencio previo. Recordó entonces el semblante de la poetisa minutos antes, el derrotismo y pena infinitos que transmitía, el estupor, el frío, el doblegamiento de su espíritu sensible. Su mano seguía con firmeza, ineluctable, aplicando el arco sobre las cuerdas, frotando con tibieza pero sin cesar a lo largo de las escalas, evocando las melodías del viejo Beethoven. Entonces comprendió algo; fuera cual fuese ésta siniestra prueba del destino, aquello que por azar o necesidad los trajo aquí, eso indeterminado por que adolecen científicos, filósofos y sacerdotes, “eso” había vencido a Luna Menguante, la había derrotado holgadamente hasta reducirla a un loco ataque de apoplejía al que seguiría un enorme trauma con Xánax y ansiolíticos y terapias de agua. Éste pensamiento lo fastidiaba, apreciaba mucho a la joven poeta, entonces se envalentonó como un gallo borracho, ¡con éste hueso no vas a poder! –se dijo-y empezó a bruñir el arco con fruición redoblada. Tenía una idea en mente, una que quemaba de repente como un fósforo en su nuca; ¡despertaría con su tonada de violín a todos esos hijoputas liquidados de las butacas, y a los de la platea y a los de los anfiteatros de abajo y también a los de arriba, y a los abyectos señorones del palco y a esas cacatúas repintadas que tienen por mujeres! Eso era, la fuga debía seguir su curso inalterable, el desprendimiento caería por igual sobre los ciegos y los visionarios, sobre los guapos y sobre los monstruos, sobre los ricos y sobre los hambrientos, sobre los sanos y los tullidos, sobre los locos, sobre los vivos, sobre los ángeles y los parias. Todo el auditorio volvería a ponerse en pie, que coño, ¡iban a oírlo hasta en el Congo!. Su mano se movía ahora con frenesí al tiempo que las delicadas marcas de agua florecían en su cabeza, rápidamente quiso poner en su mente la clara visión de un arroyo cantarín y transparente, ¡el agua! -musitó-, el agua que se cuela por las rendijas, la única fuerte y débil a un tiempo, la que se humilla y retrocede, la que vuelve y erosiona, la que se cuela en todos lados, entre el fango de las chozas y en los baños de palacio, ¡Agua!, la única absolutamente débil y, por tanto, sin una sola grieta.

Uno de esos espectros que pueden verse flotando por el extrarradio de algunas ciudades ex soviéticas con un carrito de alambres, una de esas sombras con dientes ponzoñosos como cascos de caballo y barba grasienta que van siempre cantando con el rostro encendido por el vino, fue el primero en responder al llamado del violín Éste espectro comenzó a emitir un débil tralalá que acompañaba las notas. Se puso en pie y caminó tambaleante a lo largo de la segunda fila del gallinero, con el cráneo aún abierto, hasta sentarse a la orilla del escenario con la tonada de Beethoven en los labios mientras batía unas palmas que hacían cuencos. El Niágara corría y corría bajo el arco del violín, cada vez más liviano, a través de la infatigable melodía. Otros muchos amputados y descuajeringados empezaban a abrir los ojos y caminaban hacia los acordes que iba arrojando el violín. Se plantaban allí delante con el pecho agujereado y las piernas cruzadas y escuchaban atentos. Entretanto él seguía y seguía rasgando a su Baby; ahora el Do mayor y estival, ahora Laes y Does por doquier, como confetis revueltos en el viento, luego el Do y el Si y el Re, y el agua corría, y las notas iban sobreponiéndose a la tragedia, y hasta los perezosos y los drogados despertaban, y las acuosas notas remontaban un puerto, y las notas livianas y danzarinas corriendo por los campo santos, abriendo los ataúdes, deshelando los fríos témpanos, coloreadas notas irrefrenables como bandadas de Tucanes, significantes notas aguadas que hacen un surco exactamente allí donde se abrirá el sendero. Él seguía tocando frenéticamente, dando gritos de alegría, hipnotizado, frota que frota la lamparita, bruñendo con la mano adelante y hacia atrás, arriba y abajo, siempre hipnotizado imaginando aquel cuerpo de ella, abierto y rebosante de luz sobre las briznas de hierba. Supo entonces que todo se reducía a una cuestión de fe. Todo lo que había que hacer era seguir y seguir, seguir en el dolor o en la indiferencia o en la turbación, seguir en Praga, en Belfast, en Crimea, en el Ghetto o en las paredes del manicomio, seguir firme o doblegado entre los ladridos y ante las hienas, seguir sin girarse ¡la hidra espera escondida justo ahí atrás con varios centenares de cabezas huecas!, seguir con verruga, exceso de grasa, la vesícula inflamada o Delirium Tremens, seguir para cada Juan, para cada Tom, Rosita o Jimmy, seguir para nada y para nadie. Seguir para uno. Simplemente creer y caminar sin pensar demasiado en la cosa; únicamente seguir y seguir…

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* Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

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Tony está en silencio frente a una caja de madera rebosante de tiras de embalaje. Sobresalen algunos hilos de papel de seda que se cimbrean con la corriente. Ha recibido al fin el esperado “Manual de supervivencia para el hombre solitario”.

Hace algún tiempo que Tony está varado en el sofá con un delgado hilo de humo negro viendo como se deslizan los días. Es como si su alma se hubiera escurrido por un boquete abierto en mitad del pecho. No siente el menor anhelo por vivir, pero tampoco siente el prurito de acabar definitivamente. Un marco lleno de hilarantes filigranas doradas reposa sobre el bureau, en su interior, puede verse el contorno de una mujer vestida de novia de la mano de un hombre ataviado de chaqué. La clásica estampa marital. No pocas veces la mirada de Tony se queda clavada como una barrena en la amarillada fotografía. Una fina imprimación de melancolía lo cubre entonces de los pies a la cabeza. ¿Dónde estará ella ahora? ¿Tal vez dándole el pecho a un pequeño mocoso? ¡Santo dios! Eso sería fatal, terminal… ¡Qué ocurrencias! Algo así como el último golpe, el tiro de gracia. Secretamente, cuando siente la vaciedad trepar por las patas de la cama como un desfile de blancos lagartos, y se dispone a pechar con la difícil noche hasta el último somnífero, recurre a menudo a esa maña de ponerse frente a frente con el pasado para abrir una grieta en el bloque de hielo del que se siente conformado y extraer del interior siquiera una gota de sangre. En la pugna por mitigar esa especie de insensibilidad fría, se apuntó a uno de esos clubs Doce Pasos, pero en mitad la tercera clase se vio a sí mismo como un imbécil, un fraude, ni siquiera se molestó en despedirse; se puso la cazadora y no volvió por allí. Una mañana bajó a ver a su vecino del entresuelo, Thiery el nervioso, y probó un poco de cocaína metálica, pero la cosa no funcionó, únicamente paso el día sintiéndose algo más tenso y empecinado con la idea de que una jirafa es un avestruz al revés.

Tal vez es una mañana tibia de Agosto, digamos las doce del mediodía, corre un aire transparente como glicerina y la gran bola de mantequilla parece una adiposidad en la violácea piel del cielo. El café es asqueroso, aguachirle, casi imbebible. Tony ha pasado la víspera bebiendo a gollete, empapuzándose los tragos a dos manos, como tratando de matarse a base de whisky con Sprite. Mantiene una alta tolerancia a cualquier alcohol desde que ganara el famoso concurso Diez Pavos Por Litro en Tárrega, aventajando en litro y medio al segundo aspirante. Aún curtido como está en los destilados, la pasada noche acabó por agarrarse una buena merluza y poniendo perdido de vomiteras y fluidos verdosos el living del hotel, el pasmado rostro del recepcionista homosexual, el pasillo, los toilettes de caballeros y especialmente los de maidemoiselles, las paredes de la habitación… tratando de olvidar el mágico cuerpo de Joana.

Tony y Joana se conocieron hace un año, una mañana lluviosa, bajo el mar. Ella disparó su arpón confundiendo a Tony con un pulpo. Las aguas estaban inquietas, la pleamar había arremolinado el fondo marino formando nubes de arena –diría Joana tratando de excusarse, y vio algo enorme que se movía entre las algas. A río revuelto,  ganancia de pescadores-se dice por ahí, y Joana conoce estrictamente el refranero, de la A a la Z. Le parece que esas frasecitas pueden muy bien vestir una conversación. Tony permaneció dos meses de baja con un buen agujero en el muslo, durante ese tiempo, Joana iba a visitarle y le llevaba pequeños estuches de Mon Cheries, cigarrillos Chester Red y algunos almanaques. Aquello fue un flechazo en toda regla, sin embargo, cuando Tony se hubo recuperado plenamente, la cosa no traspuso los umbrales de la jodienda.

blog 274

La nena es un bombón-aprecia Tony. En ella caminan de la mano diversos mestizajes, gitana, nórdica, catalana… alta, simpática, llena de candidez, con unos grandes discos verde absenta sobre las marcadas ojeras y una profusa mata de pelo rizado que le otorga cierto matiz necesario de asilvestramiento en contraposición a la candidez de su carácter y a la suavidad de su contorno. Pero no todo es Nopal y pétalos encarnados. Joana reviste un fallo ineludible a los ojos de Tony, una manía realmente descorazonadora; y es que a la menor ocasión, ella trata de colocarle alguna historia triste a cambio. La cosa gira habitualmente alrededor de un tipo, un novio que ella tiene en París, uno muy apuesto, el perfecto compañero de viaje, y que va a venir a quedarse con ella cuando acabe sus estudios de Meteysacametría. Otras veces Joana pone a relucir una serie de terribles historias familiares, lóbregos relatos que hablan de amputaciones a cuchillo, exilio, disentería y ruina, bacilos de koch, oclusión intestinal, bubones tumefactos y linfogranulomas, desesperación, suicidio. Tony empezó rodando esos golpes con naturalidad, la pobre tía pasa por una mala racha-se decía, pero con el paso del tiempo entendió que ésta manía  particular respondía a algún tipo de rasgo congénito más que a un proceso de trance temporal, y que cuando ese Fuego de san Antón rebullía, difícilmente podía uno escurrirse por la escalera de incendios. Lejos de lo que él pensaba, la cosa era completamente impersonal. Joana no necesitaba conocer de nada al interlocutor, simplemente entraba en un café y colocaba su historia. Así como se te acerca el filósofo del sábado por la noche. Tony no estaba dispuesto a tragar con ese ron, apenas le quedaba sentido del humor para sí mismo, y no estaba por la faena de ser un sparring de la Tristeza. No es uno de esos que se andan con componendas, detesta todo lo tibio y maquillado, y prefirió mostrarse franco con Joana; será mejor que busques un buen chico. Yo estoy liquidado. Sólo puedo ofrecerte este trozo de carne y una cama caliente. Para sorpresa de Tony ella esbozó una amplia y esplendente sonrisa.

Algún que otro domingo distraído, Tony descuelga el teléfono y es la voz de Joana la que corre por el cable. Entonces se encamina hacia el hotel de la carretera donde suelen darse cita, ocupan una de las mesas del living, piden vino tinto, intercambian algunos libros, casi siempre de algún pintor surrealista, entonces Tony planta una mirada que se queda allí mucho rato, flotando sobre los espigados pechos de Joana. Después suben a una de las habitaciones. Siempre encuentros furtivos. No inmiscuirse demasiado a fondo parece ser la norma, nunca fisgonear en la vida del otro, únicamente se recitan y reconocen el dialecto del chuf chuf chuf, o bien el plof plof plof, que suena como un Gong chino, o el schulp schulp schulp. Tony se da cuenta de que en los últimos meses ella ya no se parece tanto a La Tristeza, y que a la sazón, ha dejado de endilgarle esos túmulos funerarios en forma de historias tristes. Se diría que la parcela de su alma ha sido dragada. Que todo resbala ahora como un róbalo entre las manos. Que nadie va a quedar preso.

Hace algunos días Tony compró un par de entradas para la famosa función del Mago Pis. Pensó que sería una buena cosa no ir sólo, e invitó a Joana a ir con él. A ella le pareció maravilloso ver a ese gran mago y quiso acompañarle. Harían noche en Barcelona, podían hospedarse en alguno de los hostels cercanos al Mercat de Sant Antoni. Joana hizo las reservas a través de uno de esos portales de internet que puntúan la estancia de los viajeros desde una a cinco estrellas de satisfacción. Había reservado una cuatro estrellas.

Anoche el tráfico en la periferia era denso como un vino de la cosecha de 1750, y mientras subían los peldaños del teatro, el Mago Pis ya estaba envuelto en una gran llamarada azul. Las butacas estaban en la penúltima fila, y desde esa perspectiva Tony advirtió que las llamas parecían estar hechas del mismo papel de seda que había estado rajando la noche anterior para desenvolver el “Manual para hombres solitarios”. Aquello le decepcionó un poco. Ahora el mago hace su aparición desde un rinconcillo convertido en un auténtico Maorí, y empieza con la danza del Hapa Haka, salta una y otra vez contra las tablas del escenario como un lunático hasta caer transformado en un cien pies que empieza a trepar por el telón hasta esfumarse. Aplausos y vítores y chillidos restallan en la sala. Joana parece encandilada con la figuración, hipnotizada con los truquitos del mago. En la última función de variedades el Mago Pis debe convertirse en un billete de cincuenta euros en cuanto El Hombre de Negocios que ha hecho su aparición chasque los dedos. El Hombre de Negocios chasca su índice y pulgar y al momento el Mago Pis se convierte en un billete marrón. Los de las primeras filas dan un respingo hacia adelante pensando en hacerse con el billete. ¿On collons s´ha ficat el Mago?*- dice Joana embelesada. Tony aprieta con firmeza los ondulados cabellos, acerca la boca de Joana hacia la suya y le hunde la lengua en un húmedo y delicuescente beso.

A la salida del teatro Tony repara en que lleva a Joana cogida de la mano. Parece haber ocurrido con naturalidad, del mismo modo inconsciente con que uno traga la cerveza avanzada la noche. Falenas revolotean con aire automático entorno a los neones y lucecillas de las ramblas, corre una brisa fresca y vivificante, los peatones parecen sonrientes, cada uno en su jugada del tablero, cada uno tragándose felizmente a sí mismo, incluso hay un hombre rumano haciendo sonar “La Violetera” en su acordeón. En general, todo parece acudir a los ojos de Tony velado por un matiz color de rosa.

blog 273

En la guerrera de tony aún quedan unas cuantas monedas. De camino a la habitación Cuatro Estrellas se detienen en un bar de la plaza Orwell. Sentadas junto a un enorme barril de madera, hay un par de bolleras que saborean las largas piernas de Joana en cuanto la ven aparecer. A Tony le parece poder oír como mastican mientras sus raigones van colmándose de saliva. Contemplan la habitación las frías miradas en hilera de unos ciervos decapitados que permanecen adosados a la pared. El olor es el de la humedad, el arenque y el semen reseco. A Tony le cuesta un trabajo refrenar la arcada, pero a pesar de eso se siente del mejor humor y toma entre los dedos un bucle elíptico y dorado del cabello de Joana y empieza a juguetear con él mientras le habla con voz melindrosa acerca de la vida del pintor John Marin y otras bonitas gilipolleces, muy lambiscón, mientras van pegándole a la birra. De pronto Tony cae en la cuenta de que los ojos de Joana parecen aguados. Han empezado a humedecerse al tiempo que una brillante lágrima se escurre rodando mejilla abajo hasta hacerse estrellas contra el cinc de la mesa. Plop. Tony está como un pasmarote al que alguien hubiera dado el salto. No comprende la cosa pero empieza a intuir las trompetillas de la calamidad que se cierne, que se acerca a él a paso irrefrenable, que está ahí, detrás de esos ojos aguados arañando los vidrios. <Tony he estado al borde del precipicio- empieza Joana, el médico encontró algo en mí que no anda bien. Es una hormona, la prolactina o algo así. La tenía por las nubes y empecé a tragar las pastillas que él me recetó. Aquello era fuertísimo y estaba todo el día en casa con vómitos, jaquecas, mareos… ya sabes, en un estado lamentable y claro, empecé a deprimirme por no poder salir a la calle. Conforme pasaban los días iba sintiéndome más y más debilitada, casi como una mierda seca. ¿Entiendes lo que quiero decir? ¡Buff! Estaba por los suelos, pensando en los peligros y además sin ganas de nada. Y claro, cuando una está así, tan debilucha, y tan angustiada como yo soy, ya me conoces, pues una necesita algunos cuidados extra. Sabía que a ti no te podía llamar, tú nunca estás cuando se te necesita. Apareces y desapareces como una sombra. ¿Entiendes? ¡Necesitaba un compañero, alguien a quien poder abrazar joder! –Joana hace una pausa y respira entrecortadamente. Algunos espasmos sacuden su plexo, unos pequeños saltitos torácicos. Gimotea y suspira – así que… no podía seguir de esa manera…entonces… entonces recordé que Paul suele regresar de París por estas fechas para ver a su madre. ¡Es tan buen tío! Así que le llamé y al día siguiente pasó a verme. Y mira… Ah, no sé… ¡no sé qué me pasa cuando estoy delante de él! La verdad es que veo en él al perfecto hombre de mi vida. Es tan buen compañero, siempre escucha y no le gusta interrumpirme, pobre… Sólo tuve que llamarle y ya estaba ahí, preocupadísimo por el asunto de la Prolactina…>. Hace algunos minutos que Tony está con las cejas enarcadas hacia arriba mostrando una falsaria y desganada atención. Tiene el mentón encajonado en la palma de la mano con actitud de oyente, pero lo que oye francamente le importa un comino. Lo que realmente está pensando es en lo bien que está en el catre en los días fríos como éste, bajo el cobertor termodinámico Pikolín Doble, con una Bombardier en la mano mientras afuera el mundo se jode de frío y él en cambio está calentito contemplando en televisión el Formidable Late Show de los Jóvenes Abuelos Danzarines. Disculpa, será un momento- dice Tony, salgo a fumar un cigarrillo. El aire corre por la calleja como las aguas de servicio. Mierda, ¿quién coño le ha preguntado nada? ¿Por qué querrá envenenarme con su lóbrega vida?. Tony siente el anhelo de escupir a dios en mitad de la cara por su estrafalario sentido del humor, pero no cree que pueda llegar tan alto. No consigue dar crédito a la extraña actitud de Joana. No puede creerlo, no llega a comprender la maldita monomanía de ella; ha vuelto a hacerlo. De nuevo ella le ha colocado su historia de penuria y tristeza. Y esta vez se lo ha montado sin apenas despeinarse, con la naturalidad con que uno se sacude una catalina del zapato. Ella vuelve a parecerle uno de esos personajes de angustiado carácter que Dostoievsky utiliza en sus novelas, vuelve a semejarse a la personificación de la Tristeza. Por más que redoble esfuerzos, ya no consigue registrarla en su cabeza como un ser humano, más bien la ve como una enorme masa melancólica conformada por todos los átomos del elemento dramático. En lo que tarda el papel en permutarse en ceniza, Tony ha pasado de sentir las primeras punzadas vivificadoras de la reconciliación y armonía con la Vida, a caer de plano en los dominios de su habitual insensibilidad fría. Le cuesta sus buenos minutos reposicionarse mentalmente, sopesar el asunto, como se dice. De pronto ha perdido todo interés por esa tía, no siente el menor anhelo. Podría ir con ella a esa maldita pensión. Ella dejaría suavemente caer su ropa, se acercaría lentamente y mirándole a los ojos cerraría la mano sobre su pilila. Conocía todo el protocolo de Joana. Después joderían violentamente hasta que él acabase por escupir los últimos diamantes blancos sobre su boca. Todo esto le pareció a Tony un proceso cansado esta vez. No quería volver a ser un hombre industrioso. Lo suyo con Joana estaba liquidado. Sintió el tacto del vacío que se enroscaba a su cabeza como un turbante. Quizá finalmente estuviera convirtiéndose en un ser humano. Dejó atrás el tugurio sin girar la cabeza y caminó con sesgo tranquilo y reflexivo a lo largo de calle, tal vez buscando el mar, tal vez un cuartucho donde agarrarse una buen fije a base de alcohol. Decididamente-pensó, es mejor abandonar a la Tristeza allí donde esté.

* En castellano: “¿Dónde cojones se ha metido”

*Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

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Ha caído la primera rata. Parecía que iba a escurrirse entre las traviesas de metal pero finalmente Ghulam le ha acertado en el vientre. Se trataba de un ejemplar tremebundo. La implosión ha sido semejante a la que produce un cerote que aterriza sobre el charquito del inodoro. ¡Paff!  Un click metálico, un seco estallido y el brazo de Ghulam ha quedado suspendido en la misma posición, impávido y firme, mientras el destartalado martillo seguía escupiendo humo en su mano. No se ha desplazado un solo milímetro. Las ratas se han puesto vivarachas con el estruendo del tiro, salen ahora enloquecidas de todos los agujeros emitiendo un silbante y agónico rumor. Aparece una gran cascada de ratas dondequiera que pongo los ojos, una marabunta que asola por todas partes, a borbotones, como una gran mancha de gris petróleo, encapotada de pelo y partes rosadas, que avanza histérica y voluble. Ghulam suelta cuatro tiros dibujando una muralla china alrededor de la biga donde estamos sentados para mantenerlas a raya. Esta vez ha conseguido volverlas realmente locas. No cabe duda de que este templado amigo del Pakistán sabe manejar un arma. Resulta asombroso verlo tan plácido y calmo, embutido en una negra camiseta con una estampa de Mickel Jackson serigrafiada en el pecho, su rostro beático y despejado oteando a las ratas saltar una a una por los aires, armando una buena carnicería con esa mueca sonriente plantada en mitad del jeto. Tariq se encuentra unos metros más allá. Tiene el teléfono echando humo pegado a la oreja, da un brinco para que las ratas no se lo merienden y sigue de palique con su novia como si tal cosa, sentado en las oxidadas escaleras del vagón, con las patas colgando sobre las inquietas cabezas negras. Hemos llegado hasta aquí con el viejo Peugeot de Tariq. Un lugar ilocalizable en los mapas del ayuntamiento . Descuajeringados, laxos y drogados hasta los ojos, en algún ignoto punto entre Bonastre, Barcelona y La ciudad de los Atlantes, con una estúpida sonrisa torcida en mitad del rostro.

Podría ser el siglo XIX cuando uno se encuentra aquí; todo presenta un matiz desgastado, las tablas raídas y abiertas a lo largo del andén, los oxidados tramos de vía, el descuajeringado edificio de la estación, los robles y pinedas cenicientas. Este anacronismo me encandiló desde el primer día. A menudo, cuando la cosa se pone grave, alguno de mis vecinos del Pakistán se acerca hasta esta vieja estación de tren buscando algún tipo de tregua. Algunas veces tras un faux pas también yo me dejo caer en esta explanada. Resulta un lugar apacible rodeado de pequeños picachos, una estación de tren en ruinas, un ramal de vías muertas; de lo mejorcito para desprenderse por unas horas de la hastiada civilización.

Reverbera el sol allí arriba como un fogón de gas, tembloroso aún, pero a cada minuto más y más afianzado sobre la caseta donde el antiguo guardabarreras hacía girar la agujas de las vías tiempo atrás, cuando se establecieron las grandes líneas que corren a lo largo de la costa y el tráfico ferroviario que circulaba de la península hacia Europa pasaba por este lugar. Vías muertas que rajan las tierras de la vid y son tragadas por la boca de algún túnel para revivir más tarde allí, tan lejos que la mirada flaquea, como un brillo dorado que va resiguiendo la orilla; todo un puñado de cabellos de Paladio que se pierden entre la falda de las Serralades Litorals.

Me froto los ojos, caliento mis manos exhalando una vaharada de cálido aliento y enciendo un Chester mientras me pongo a pensar en la truculenta noche pasada. Uno jamás es consciente de las barbaridades que ha llevado a cabo durante la noche hasta que asoma la mañana, la mañana después, cuando consigue despegar el alcohol y los stupefacients que habían quedado adheridos al cerebro como un molusco y verter una mirada serena sobre el estado de las cosas. Me aterrorizo como una gallina de Guinea al ponerme a recordar. Poco a poco las imágenes van sucediéndose, se desembarazan de la cascara y surgen como nuevos y frescos polluelos. En este goteo veo la sombría figura de Ghulam, acodado contra la barra del After con ojos de loco, completamente poseído y desorbitado, vigilando a Camille como un halcón mientras el tipo del tatuaje en el cuello se acercaba a coquetear con ella. Tariq que salta igual que un muelle del taburete, como uno de esos ventrílocuos que están escondidos dentro de una caja mágica, y mira a Ghulam queriendo decir; ése listo está sobrepasándose con tu chica. Éste espera con la mirada condensada en la escena, su pecho se hincha y suelta el aire tranquilamente, con las costillas destacándose como el fuelle de un acordeón. Debía estar yo parloteando en algún rincón de la pista de baile, sin perder bocado de lo que estaba pasando. A lo largo de la noche me sentía expansivo y relajado, gozando de un día propicio después de pasar largos días en la mala, incluso estaba a punto de conseguir la dirección de una sílfide danesa con un rizado coiffure sobre la cabeza y largas piernas lechosas bajo un vestido azul, pero al ver la mano del tipo tatuado bucear en la entrepierna de Camille pensé ¡Se fini!. Comprendí que la noche iba a cambiar de signo rápidamente. Iba a tomar la mala senda.

Forcejeo conmigo hasta que logro aislar una serie de secuencias de la pasada noche, imágenes vagas que se presentan en mi chola como ráfagas intermitentes envueltas entre la frondosa nébula. La visión de tres gorilas con una altura de doscientos centímetros, arrojándonos como una percha cubierta por un traje barato a los aparcamientos de la P 16. Los tres tirados en el suelo. Un tumulto histérico apiñado alrededor, buitres  frotándose las manos y sonriendo porque les ha tocado palco en primera fila. Entre el pandemonio, el fulano del escorpión tatuado en el cuello, seguido de tres o cuatro de sus secuaces recién salidos del matadero que hacen su aparición, las cabezas rapadas, los músculos hinchados por alguna válvula, escupiendo entre dientes con las miradas enfermas de Tétano. Dan pequeños pasos apoyando las puntillas con las piernas arqueadas al estilo de Wyatt Earp, se abren paso entre el círculo de infelices que nos rodean como a bestias exóticas y se quedan plantados frente a nosotros. Uno de ellos parece el más excitado, lleva en el cuello el famoso collar del poder blanco y es el primero en lanzarse a patear a Tariq. Camille suelta un espeluznante chillido. Permanece fuera de sí, inmovilizada por unos tipos que la agarran como un árbol. Reparo en una gilipollas de extranjera mellada al lado de Camille, inmediatamente ha sacado su Iphone del bolso  -¡Mon dieu! ¡mon dieu!  va musitando-, mientras se dispone para grabarlo todo. El tipo con el escorpión grabado en el cuello, y otros dos o tres matarifes atiborrados de coca, entran a la brega pateando a diestro y siniestro, calzados con esas botas que llevan los trabajadores de la metalurgia. Un poderoso puntapié en el hígado deja a Ghulam tirado sobre las rodillas con un delgado hilo de sangre colgando de su boca. Parece bastante feo. Me doy cuenta de que la sangre reviste unas tonalidades más oscuras cuando no se ve por televisión. Trato de espolearme a mí mismo, me digo para adentro- vamos arriba, arriba, arriba, tienes que reaccionar o estás jodido-. Apenas logro ponerme en pie cuando un duro golpe en el cogote me deja medio aturdido. Me tambaleo. Zozobro. Siento que mis músculos se vuelven mantequilla. Me desplomo y caigo de hinojos sobre las palmas de las manos. Acto seguido una tempestad de golpes se precipita sobre mi. ¿Cuántos deben ser, dos, tres? No puedo distinguirlo. Me parecen las aspas de un molino de voluntad inexorable que va a martillearme eternamente.

Los golpes llueven aquí y allá, oigo el ruido de huesos crujiendo como seca madera, un delgado pitido que atraviesa mis tímpanos, me envuelven el calor y embotamiento en las sienes. El tiempo se ha detenido y todo ocurre despaciosamente. Sube una sensación extracorpórea , igual que si mi mente permaneciera muy alejada de mi cuerpo, como si yo también estuviera entre los monstruos morbosos que nos contemplaban desde ahí afuera. No puedo detener el goteo de golpes, no puedo hacerle frente, no dejo de preguntarme cuánto durará. Nadie va a contar hasta diez, aquí no. Freddie Roach no se encuentra junto al ensogado a punto de arrojar la blanca toalla. Primero me colman la rabia e impotencia, luego acabo aceptando cada golpe, sin oponer resistencia, siento como suben en forma de latigazos nerviosos a través de la espina dorsal para acabar atenazando la nuca. Uno y otro y otro más. Internamente, intento evocar el Tao. Cielo y tierra tratan a todos como a perros de paja. Puedo aceptarlo Todo con tan sólo aceptarlo, no tratándolo de aceptar. Vive y vivirás. Confía y habrá confianza. Muere y morirás. No debo buscar el Tao porque soy el Tao, todos y cada uno de mis apéndices. Acepto cada puntapié y agradezco aún seguir respirando. Puedo verme ex proceso, como expuesto en una vitrina recibiendo el linchamiento, pero no consigo desembarazarme del dolor. El dolor duele igual, aunque duele desde aquí afuera. Suplico y rezo. Que esto acabe de una vez, de la forma que sea; pero que sea ya. En cambio no acaba y las cortinas están cerrándose. El negro telón me envuelve, me encuentro cada vez más abajo, abajo y más abajo, a cada segundo más alejado de la luz del mundo exterior que apenas adivino allí arriba como una claraboya a la que no alcanzan mis brazos. Sumergido, cada vez más sumergido y más abajo, en la espesura de la inconsciencia donde dominan el negro boca de lobo y los tonos obscuros y un silencio atroz. Las formas del exterior van diluyéndose lentamente a la par que la honda paz me colma. El collage de rostros observando entre la marabunta, los angustiosos quejidos y lamentos, la polvareda, los empeines que vienen y van… todo va emborronándose, todo parece aguado, las imágenes pierden solidez y se convierten en levísimas sombras que acaban por difuminarse del todo.

Mis párpados están a punto de uncirse para siempre cuando, un único y delgado haz de luz cae a través de la pequeña rendija de mi ojo, en mitad de la guarida en que estoy sumido, y me permite ver la testuz de Ghulam girada hacia mi. Se encuentra a escasos metros arrebujado en el suelo mientras recibe los brutales golpes. Su voz balbuce algo que no consigo captar. Advierto que me dirige una mirada de complicidad, hace una extraña mueca con la boca, algo como una media sonrisa y con la mirada lleva mi atención hacia su vientre. En esto, se voltea como un gato, saca una pistola de su abdomen y la encañona contra la rodilla del mastuerzo haciéndole un boquete de varios centímetros en mitad de la rótula. ¡POM! El estallido deja quieto a todo el mundo, incluso la desdentada franchute ha dejado caer su Nikon. El chillido del agujereado hombre es la única fisura que abre el vasto silencio, va dándose grotescos impulsos sobre la pierna sana mientras brama como un león marino fondeado entre las rocas. La Fontaine brota de su pierna con un chorro espeso. Su cabeza se ha vuelto purpúrea, las venas de su frente forman nudos a punto de estallar. Se hace un rumor de exclamaciones, alaridos y gritos de alarma. Hay un enorme revuelo entorno a nosotros. ¡Vámonos de aquí!- grita alguien. Todo el mundo sale por patas entre el bullicio, también los siniestros amigos del quejoso tullido al que Ghulam acaba de perforar, que queda en mitad del solar jimplando.

Recuerdo haberme arrastrado como una serpiente hasta el Peugeot, allí estaban Camille, Tariq y Ghulam esperando con el motor ronroneando como un gato. Me arrellané como pude en el asiento posterior, ¿Qué ha pasado allí adentro?- dije con el pulgar señalando a nuestra espalda, y justo antes de que pudieran contestar perdí el conocimiento.

 

 

blog 217 la tv

 

Me despierta el fru-fru de un abanico en la oreja. Es Camille que está aventándome. Contemplo los ojos de color almendrado. Sus lindas facciones diminutas que, bajo la maraña de pelo azabache, arremolinado por una nuit de trouble, hacen que parezca algo así como un perro de Pomerania. ¡Alain, gracias a Dios! exclama- y al momento aparecen Tariq y Ghulam, llenos de magulladuras y tachones de sangre seca, y comienzan a pellizcarme los mofletes, me hunden el dedo y me tiran de la perilla. Luego  formulan una serie de preguntas acerca de mi estado de salud, que si quiero ver a un médico, si me encuentro bien, si tengo algo feo y que si tralalá. Pregunto a Tariq si tiene algo de eso. Sale volando hasta el maletero del Peugeot y en un santiamén está de vuelta metiéndome una bolita en la boca. El faquín del coche de Tariq es algo así como la trastienda de una farmacia, al contrario que sucede con el resto de automóviles, resulta muy estimulante que alguien eche el seguro cuando uno está adentro.Parece que los cuatro hemos preferido estafar a las heridas en vez de curarlas. Como musita el refrán…” Sólo hay dos cosas que puedes hacer cuando estás mortalmente jodido, y las putas no malgastan el tiempo fumando droga”. Los cuatro estamos sanos y salvos. Respiramos tranquilos. Espontáneamente nos pasamos la mirada los unos sobre los otros. Nuestros ojos rebosan esa clase de confraternidad que surge entre unos que han doblegado juntos un duro escollo. Es en este momento que Ghulam cae víctima de uno de sus ataques de risa apoplética, que a la sazón acaba inoculándonos a todos igual que un microbio que flotara en la atmósfera.

Encuentro un lugar a parte, a la sombra de un enorme risco rodeado de arbustos que semeja un blanco rinoceronte que hubiera quedado atrapado entre la espesura. Me dejo caer junto a su vientre, sobre la hierba fresca. En el alfeizar de una de las ventanas de la estación está piando un pájaro mañanero que, con el primer tronido, bate frenéticamente las alas y levanta vuelo. Camille y Ghulam están abrazados sobre una viga, se han puesto a disparar a las alimañas, un turno por tacada. Veo a una de esas ágiles ratas que baja de la barraca que está junto a las vías del tren, luego se esfuma siguiendo las guías paralelas. Me invade un dolor agudo al intentar girar el torso. Me llevo la mano al costado, varias de mis costillas flotantes están partidas, flotando por el tórax, totalmente descoyuntadas, y con cada movimiento noto sus pinchazos contra la carne. Siento la perola inflamada, como uno de esos Tam-Tam africanos después de una sesión de iniciación a la tribu, con el cerebro terriblemente abotargado y abollado. Nada parece demasiado grave. Trato de serenarme .Tengo una enorme necesidad de aclarar mi cabeza. Masco la goma regalándome con su acre sabor, austero y campesino. Trago su aroma endemoniadamente atractivo y encandilante. Engullo toda su aura de derrotismo, sabiduría y quietud con sólo acercarlo a las aletas de la nariz. Tiens! El Gran Autonomizador  ya insufla su candela en el interior de mis esponjosos pulmones y esto supone un jarro de agua fría sobre cualquier motor que haya permanecido demasiado tiempo a punto de arder. La garganta quema a la par que la atmósfera va tornándose más grata, más querible, más amable, en tanto que el opio presta a toda cosa la cualidad de ser amada. Pronto se acerca sinuosamente esa flexibilidad espiritual, la mente despejada, las anchurosas miras. Las encías van cubriéndose de saliva mientras la boca se me hace literalmente agua. Es la bendita leche de amapolas que la Bayern tiene a bien cultivar entre sus amplias extensiones adquiridas en atención a los bazos vilicosos, hígados enmohecidos y cerebros enfermos de los parias y pobres demonios que andan siempre en pos de “un vasito de agua por favor” para verter, disolver y tragar la panacea y que mis impertérritos amigos del Pakistán, tras una épica y chiflada incursión por los campos de Andalucía, se han ocupado en extraer, rajando primero el bulbo, aglutinando todo su caldo y desecándolo después al sol. Contemplo la caldeada colilla del Chester humeando entre mis dedos, ese milagro de la combustión resulta la realidad más tangible que tengo a mano. Dentro, empiezo a cocer asombrosas reflexiones que vienen rodadas, como las escenas de un cinematógrafo. Inquiero algo acerca de los alcaloides, de los otros alcaloides, los tóxicos a los que se la gente se entrega cuando llega a casa tras sus actividades habituales y siente el peso de la vaciedad caer sobre sus espaldas, los tóxicos que son mucho peores que el opio o el hashís; los diarios, la radio, la televisión, las adormilantes sectas de Youtube. Mientras hago estas disertaciones, una oruga amarillenta cae en mi hombro desde la pinaza, permanezco inconmovible mientras la contemplo reptar ante mis narices. Los tóxicos auténticos lo dejan a uno en libertad de soñar sus propias ensoñaciones –rumio-, pero estos tóxicos moralizantes lo obligan a uno a tragar los sueños pervertidos de hombres cuya única ambición consiste en mantener sus puestos, en atención a lo que se les exige que hagan. Esta clase de alcaloides regularizados no molesta en nada a los gobiernos, ni a los banqueros podridos, ni a las corporaciones demoníacas, al contrario, consigue que hombres cuyos salarios apenas permiten asomar la cabeza entre las aguas no agarren un hacha e irrumpan en una sesión del parlamento dispuestos a tomarse el asunto por su cuenta. Mientras tanto, se penaliza a quien trata de ganarse la vida vendiendo… ¡cuando es la administración quien debería regularizar, someter al famoso control de calidad y distribuir legalmente las substancias! Resulta de una grande leprosidad moral, de un sadismo fuera de lo común que pone los pelos de punta, el que los gobiernos tiendan la boina en las incautaciones, mientras los consumidores tienen que apañárselas con mierda cortada con todo tipo de veneno, ¡con líquido de batería!, que han de ir a buscar hasta el más perdido de los muelles, hasta la más estrafalaria bocacalle. Mierda que sería cuanto menos algo más natural, menos nociva, si estuviera sujeta a controles de sanidad, como el resto de productos que pululan por el orbe. Ahora la viscosa Oruga se ha colado en el bolsillo de mi camisa; tengo unos Chester´s, un lapicero romo y una Oruga peluda. A todas luces, el estúpido capirote del tatuaje en el cuello que ayer abordó a Camile, no se hubiera comportado como un chivo en celo si hubiera estado mascando hoja de coca en lugar de Nolotil triturado. Esto me lleva ipso facto a la ominosa hipocresía consentida en que están sumiendo al mundo, esta suerte de intervencionismo moralizante, voraz y absorbente como jamás se había visto, que se inmiscuye en las esferas personalísimas del individuo en aras de esa clase de seguridad que se respira en el cementerio, y que les viene como anillo al dedo para justificar los grilletes y mordazas y cámaras de video-vigilancia que nos garantizan una vida salubre, higienizada y moribunda. Tomo a la oruga en la palma de la mano, me aseguro de que puede verme o cuanto menos intuirme, y ensayo con ella mi discursito; ¡Óyeme demagogo! ¡ Escucha esto chiflado religioso! ¡Atiende malévolo corporativista! ¡Pon la oreja siniestro tirano! ¡Escucha bien señor presidente!… ¿Qué hay con que uno tome cada mañana para almorzar un bistec rociado con salsa de chinchetas y clavos, a quién importa si acompaño todo esto regando mi estómago con una copita de ácido prúsico, y quién ha de vetarme a hacer todo esto, quién cree tener más potestad sobre mi cuerpo que yo mismo, y lo que es aún más lunático, quién se atreve a modular las tonalidades de mi espíritu, de mi consciencia? La Oruga mira al orador golpeado, la Oruga cierra sus ojos y se echa a temblar. ¡Elevarán una gran fortificación donde repose la nación más segura del mundo y, cuando echen los goznes y cierren las puertas repararán en que todos los que han quedado dentro presentan el tono azulado del cadáver.Apenas han transcurrido dos días con sus dos noches desde que muriera el Gran Prócer Madiba, el verdadero emancipador del sud de África, Nelson Mandela, y las mismas hienas que lo hubieran llevado de vuelta entre rejas por un puñado de monedas, están hoy congregadas en su sepelio con falsarias caras de circunstancias, dorándose la píldora unos a otros, aprovechando la ocasión para ventilar algún negocio turbio junto a la capilla ardiente del gran hombre. Día a día, esta hedionda y asquerosa escala de valores se ve manifestada axiomáticamente en todo el arsenal de fruslerías y cachivaches que van metiéndonos con cuña, pequeñas personificaciones de las monstruosas mentes retorcidas que las engendran, que tienen que engendrarlas para seguir pugnando en el mercado de la demencia, secadores de pelo cu-cut, tazones comestibles, absurdos teléfonos con rayos láser, pedazos de caca reciclables, inodoros invisibles, inadvertidos aparatos de aire acondicionado, mastubadores humanos, aviones indestructibles, salchichas bomba, lechugas auto-florecientes, libros que leen solos, felpudos que dan los buenos días… Mientras, en sus escuelas se incuba poco a poco otro Jack el Destripador, uno que crecerá frustrado, vilipendiado y escupido a manos de sus compañeros de aula por no pertenecer a tal o cual frontera artificial, o por no poseer una u otra maquinita desternillante. Y cuando ese aciago florezca, no será un día de sol pequeña oruga…

 

blog 42

 

Elevo el pescuezo sobre la línea Maginot que el opio ha establecido entre el mundo de las ideas y el mundo exterior, el de las formas. El mito de la caverna, las sobras jugando fuera. Traspongo el umbral de la vida interna para salir a campo abierto. Puedo ver a mis amigos tirados sobre las briznas de hierba, junto a los vagones destartalados. Tomo entre los índices a la suave Oruga, poso su mullido cuerpo sobre una pequeña hoja de morera ¡arrivederci pequeña amiga! ¡Y no olvides lo que te he dicho! Me acerco junto a la trouppe. Cuando llego están en mitad de una acalorada discusión. Ghulam y Tariq están hablando en Urdu. Camille permanece sentada con los brazos rodeando sus rodillas, contemplando la escena con gesto aburrido mientras juguetea con uno de sus cordones. Tariq parece encendido, gestualiza ágilmente, hace molinetes con los brazos y no para de pasearse de uno a otro lado. Su mujer ha estado llamándolo a filas a través del teléfono. ¡Está como loca! dice Tariq. El niño ha pasado la noche llorando y con unas décimas de fiebre, ella ha pasado la noche tratando de localizarlo, pero éste ni mu. Hors de combat. Así que ha tenido que improvisar una excusa. No ha podido encontrar algo más rocambolesco; ha estado comprando una camisa. Después ha perdido el tren y ha decidido hacer noche en Barcelona.  <¡Coño! ¿no has podido encontrar algo más verosímil?> Sostiene una lata de cerveza entre los dedos, va echándose al coleto largos tragos, como si tratase de agua. <No, la cabeza muy loco tío. Ella gritando todo el rato, muy fuerte, niño gritando y llorando todo el rato, yo gritando y gritando. Ella oír ¡paff, paff! de disparo. Yo decir ella que coche estropeado. Mucho problema amigo. Ahora tengo que comprar una camisa.>

¡Ah! ¡El carácter pakistaní! Estos camaradas oriundos de Karachi, no pueden expresarse si no es al máximo… No pueden llevar a cabo nada que no nazca en su máxima expresión; si se trata de jodienda, entonces es la mayor de las jodiendas; si se trata de recato, viven tan comedidamente como pajarillos de invernadero; si deciden llevar una vida religiosa, lo hacen al pie de la letra, como sólo lo ángeles o los santos podrían. Recuerdo cierta aserción que Ghulam soltó una vez, como respuesta a mis averiguaciones acerca del Ramadán y que tiempo después, cuantas más vueltas doy entorno a ella, tanto más siniestra y aterradora me parece. Esa clase de postulado que da libre curso a toda acción, por macabra y desquiciada que ésta sea. El cuadro era formidable, digno de un William Blake o un Edward Hopper. Habían instalado un Kebab debajo del cochambroso piso de alquiler en que vivía entonces, uno de los primeros que abrieron en la ciudad. Descendí los dos peldaños que dan acceso al Kebab, pasando junto a los fardos de sudorosa carne que giraban sin tregua, hasta llegar a la máquina de tabaco. Al fondo del tugurio se vislumbraba la adusta figura de mi amigo, parsimoniosamente sentado en una silla, con el torso flexionado hacia adelante y un pie descalzo sobre la rodilla. En su mano derecha refulgía una enorme cimitarra árabe. Cuando me aproximé hasta él con la idea de pedirle que me cambiara unas monedas para sacar tabaco, vi que estaba cortándose las uñas con esa especie de sable curvado. Uno como el que debió empuñar Boabdil el Chico en sus escabechinas. Ghulam no debía llevar más de un mes en la península por entonces, y no le resultaba en absoluto embarazoso podarse la uñas con un sable en mitad del restaurant. Viendo la total inocencia con que se conducía, sentí la necesidad de ponerle sobre aviso acerca de nuestras moderadas y falsarias costumbres. Le dije que la gente de por aquí iba a tomarlo por un chiflado si andaba por ahí con ese sable. Estuvimos de cháchara un buen rato, sorbiendo un delicioso té con leche que preparó en un abrir y cerrar de ojos. En algún punto de la conversación le ofrecí un cigarrillo. No podía fumar, estaba de Ramadán. ¡Caray, no sé como podéis arreglároslas para seguir un régimen tan estricto durante todo un mes! Yo no podría –le dije- ,mi voluntad me juega malas pasadas. Entonces alzó la cabeza y se quedó mirándome fijo a los ojos. Su mirada parecía absorber toda la serenidad de la atmósfera y, esbozando una misteriosa sonrisilla de antílope, musitó; “No existe una sola cosa que un hombre de fe no vaya a hacer por Dios”

De vuelta a la ratonera. Tariq está electrizado, la alocada idea de la camisa ha enraizado y se ha hecho fuerte en él, al punto de llegar a obsesionarle. Es vivo, ágil, inteligente, astuto…pero puede empecinarse en algo tanto como el más testarudo de los alemanes. Ante otra clase de motivos me hubiera negado en redondo a acompañarle, pero resulta que Tariq, a pesar de sus enormes patinazos para con ella, vive enteramente entregado al amor de su mujer. En su inocencia casi preescolar, aupada por los coletazos de un vórtice interno de opio y alcohol que aún rebulle, cree que su mujer va a pasar por alto los hematomas, los cortes y magulladuras sanguinolentas, siempre y cuando él se presente en casa con una camisa impoluta. Así, ¡Tout par la chamise!. Lo que podría ser una cuña que anunciase a los marcianos nuestra manera de ser tan desinteresada.

Dejamos atrás la vieja estación de trenes y nos dirigimos como un tiro hacia Barcelona. El Peugeot corcovea como una novilla bajo un chaparrón cada vez que Tariq hunde el pie en el pedal de acero. Un poquito más de presión y todo saltará por los aires. En uno de los peajes hago una guiñada a una tía que ha parado al lado su todoterreno. La gachí echa un vistazo al interior del coche y escupe a través de la ventanilla. La escupida produce un chasquido curioso, sordo, contra el pavimento. Luego acelera y sale espantada, quemando las ruedas. En su mirada llena de asco adivino que si hubiera podido matarme allí mismo, a sangre fría, sin que nadie la viera, no hubiera dudado un instante. ¡Has estado muy brusco! –me hace notar Camille. Es el jugo de Estramonio, que recorta con una enorme tijera todo aquello superfluo, dejando a la vista únicamente la anchoa que hay dentro de cada aceituna. ¿Urbanismo, educación, civismo, cortesía, lenguaje…qué es toda esa jerigonza? ¿A quién puede interesarle lo fútil, cuando se encuentra en el mismo epicentro de la cosa? ¿Quién puede pedirle al diablo que espere mientras uno va a hacer aguas menores?

Diviso una serie de granjas salpicadas a lo largo de la autopista, los panzudos depósitos de agua, las pilas de trigo, el ganado perdido. El resto son naves, fábricas de cemento, vertederos de electrodomésticos, todo lo que entra y sale por la puerta trasera de la civilización. Los postes de teléfono atraviesan a cien por hora haciendo intermitente a un lejano pueblecito. Reparo en la Moreneta, que asoma a lo lejos como unos cuantos pigmeos con las lanzas alzadas. El contorno de serrucho, los dientes picados de Caoba, las garras vueltas hacia el cielo. Y arriba del todo; el pedrusco a la obstinación del hombre. Suba ud. hasta los brazos de la virgen mediante nuestro teleférico por la módica suma de cinco euros con cincuenta. Los cargos públicos y eclesiásticos, los trabajadores del teleférico, los parados y los veteranos de guerra, las embarazadas y parturientas, los amputados y los desvalidos, gozan de un descuento especial. Todo parece indicar que un hombre sano no debería subir ahí. El Peugeot nos desliza a paso firme hasta la periferia de la ciudad. Tariq sigue con un solo pensamiento en la mente: encontrar una buena camisa. Cuando llegamos a la Avinguda Diagonal recapitulo que esta larga avenida es la raja transitada de la enorme mujer, siempre abierta y solícita, llamada Barcelona. Todo quien entra o sale de ella lo hace por aquí, y ella os acoge en su cálida matriz llena de luces y chirivías. Utiliza un perfume caro y cuando os movéis por sus entrañas debéis pasar luego por caja. De camino a una camisería pakistaní en la calle Doctor Dou rebasamos un camión, hay algo que me llama poderosamente la atención, algo que en otras circunstancias hubiera pasado por alto pero que ahora está absorbiendo la atención de cada una de las antenas de mi parabólica, hipnotizado y con las varillas desplegadas ante algo tan ineludible como el oso blanco de Tolstoi, algo semejante a una sanguijuela de la que no puedo desprenderme que se ha pegado a mis ojos. Leo esto en uno de los laterales del remolque pintado con letras de medio metro;

“Estás de suerte; ¡Dios está en tu corazón!”

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*Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

 

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Caben las copas y las manos se hacen multitud. Veo a la vida presenciar la orquesta de los cristales ML

 

Parece que los nuevos gramófonos del siglo veintiuno continúan aullando las sinfonías de Debussy. Aquí la noche se aquieta cuando dan las tres de la mañana en el reloj del gallo loco y las siluetas de los petroleros encallados semejan un juego de sombras chinas desfilando por la pasarela que deja el foco de la luna. El largo ventanal fincado hacia el océano hace las veces de cinematógrafo, por aquí discurren las escenas más variadas con agradable parsimonia cuando las bridas de la imaginación se desatan y el viento empieza a ulular su canto noctámbulo. Esos monstruos de acero posados sobre la línea del mar y el fanal de un pescador extraviado son los únicos objetos que se interponen en mi línea de tiro con la negra lava de la noche. Encaramado en el alféizar de la ventana, con las piernas colgando, cubierto por la influencia desparalizante de Achille-Claude Debussy despliego cada una de mis antenas, desenrosco el formidable catalejo y echo un vistazo más allá. En mi ojeada al mundo estiro el cuello con tal desproporción que las últimas vertebras van saltando una a una de sus yuntas. Finalmente, el pensamiento echa alas. Tengo la mirada puesta sobre el viejo portón de madera recamado de garabatos, firmas y recordatorios de la calle Alsina, en todo el ajo de Buenos Aires.

La vieja pensión de tres al cuarto reconvertida en sala cultural donde el vocalista de Sumo, Luca Prodan, enarboló sus últimas notas, fue el lugar donde oí mencionar el nombre de Marcela Lockdos por primera vez. Habían desplegado un enorme rollo de papel de Kozo a lo largo de la pared del patio de luz y un proyector vomitaba las imágenes de la vida de Jim Morrison. A continuación reponían la grabación de una serie de entrevistas realizadas a algunos artistas locales, pintores y escritores en su mayoría, a propósito de las canciones de Jim. Estaba disolviendo agua en el whisky, acodado en una de las barras que habían improvisado cuando me llegó la voz de Lockdos a través de los parlantes, cortante y acariciadora a un tiempo, en un delgado hilo de frecuencia tan liviana que conseguía rajar el aire donde se alzaba el pandemonio de voces y abrirse paso entre el ruido de la sala hasta caer a través de mis oídos como un dado que ahora redoblaba en el cubilete. La poetisa aparecía recitando su composición, en su porte templaba esa amalgama de serenidad y convencimiento propia del Zen y las filosofías orientales. En un acto casi fisiológico tiré del cordón de tela del desgualdramillado Moleskine y anoté; Marcela Lockdos, poetisa local. No recuerdo uno sólo de los versos que ella pronunció en su poema in memoriam al fenecido cantante, pero no olvidaré la belleza con que aquellas frases habían sido construidas. En el curso de los dos o tres días que siguieron puse patas arriba los anaqueles de casi todas las librerías del Micro-Centro de Capital Federal buscando algún libro de la enigmática poeta, una comezón de curiosidad irrefrenable por la obra de Lockdos se había adueñado de mí como un lagarto interior al que se necesita dar pábulo. Cuando estaba a un paso de abandonar la busca, tras peinar de arriba abajo una docena de librerías y bibliotecas, hallé su “Músculo verbal” enterrado bajo una pila de libros en la sección de poesía alternativa del Ateneo de Corrientes. Su lectura minuciosa supuso el impacto de un negro y desconocido meteorito cuyos fragmentos incandescentes se habían incrustado sobre mi piel y refulgían cómo sangre fresca. El descubrimiento fue tal que decidí escribir una carta a la poetisa donde le transmitía mis impresiones acerca de un poemario que se me antojaba a todas luces distinto, brillante y novedoso. Transcurridas dos semanas volvía del restaurant donde estaba empleado como friegaplatos., al doblar por Cuba vi al cartero detenido junto a la estafeta del portal buscando la ranura adecuada, dubitando con las manos en el chaleco mostaza. Luego introdujo el sobre en la caja de chapa. Era una invitación en que la poetisa me invitaba a ir a visitarla a su casa de San Martín.

 

 

poesijazz

 

“Poesijazz y otros tangos indie”. Poemario a dos manos de Marcela Lockdos y Chema Lagarón.

 

Abrió la puerta un hombre de aspecto rocoso con unas ridículas pantuflas cuyos empeines eran cabezas de panda, <¡Hola! ¿Cómo están? Usted debe ser Laszlo…Pero pasen por favor! >. Frank Montolivo hablaba moviendo significativamente las comisuras de la boca y su flamante mostacho de canciller se combaba y estiraba, empequeñecía o se tornaba grueso según la danza su rostro. Era el marido de Mariela, una mujer de pelo ceniciento famélica como una radiografía, ambos eran amigos de la poeta, pasaban por allí a la hora del mate y decidieron entrar a hacerle una visita. Paulette, mi hermana argentina, que solía mostrarse escéptica a estas incursiones mías se decidió a acompañarme en el último momento. La estancia rebosaba libros y botellas. Dominaba el rostro severo de Frida Khalo sobre un lienzo, en mitad del comedor, los ojos rojos y dorados ardiendo al fondo de la gruta, el salvaje animal que permanece contemplativo en el disimulo del cuadro. Marcela Lockdos aparece envuelta en un delantal con una sonrisa de cabo a rabo, los ojos velados por el agua, acuosos, dos bolas de fuego líquido donde predomina el azul mercurial. Ha preparado un budín de ciruelas que trae en una bandeja, trae también un azucarero y una jofaina donde hierve el té de Peperina. La conversación discurre entorno a los círculos de la pintura, Paulette y Marcela coinciden asombrosamente en sus gustos. Luego hacen aparición las Cícladas y el laberinto de Cnossos, las alfombras de brocado y las losas de damero, el término Piriforme, la música de los címbalos y laúdes, la sombría figura de Goya y las obras de Matisse, la duda de si el bife de chorizo o el cordero asado, Roberto Arlt, los volcanes Etna y Vesubio, los círculos circadianos, el nuevo puente de granito que divide la General Paz. Las trazas y notas anaranjadas de un Malbec rosado casaban como un guante con el delicioso budín de ciruela y acabaron por dilatar la tarde igual que un muñeco de nieve bajo la lluvia. Excepto un par de alusiones laterales a “El espacio umbilical de las naranjas” que hizo Frank, nadie quiso enturbiar la atmósfera distendida de aquella velada sacando a colación los libros de Lockdos. Se intuía en Marcela esa clase de humildad que desdeña hablar de sí para ceder la voz a los demás. La noche cayó como un pajarito, nos dimos largos abrazos y prometimos repetir el simposio. Marcela envolvió unos bocados de budín y los dejó caer en el bolsillo de mi gabán <para el viaje> exclamó sonriente.

Hicimos el trayecto de regreso a Belgrano en una de esas serpientes articuladas que van resollando hondos gemidos metálicos al detenerse y al reanudar la marcha. El colectivo dejaba atrás el barrio de San Martín bamboleándose sobre los ejes a uno y otro lado, exactamente igual que Paulette, completamente embebida en la lectura de “El Sinthome”, devanándose con uno de esos abracadabra que Lacán suelta en sus libros de psicoanálisis; “Diez veces un anciano de cabellos blancos aparece en escena. Diez veces resopla y suspira. Diez veces dibuja lentamente extraños arabescos multicolores que se anudan entre sí y con los meandros y volutas de su palabra unas veces embrollada y otras liberada. Una multitud contempla estupefacta al hombre-enigma y recibe el ipse dixit aguardando una iluminación que se hace esperar. Non lucet, no hay claridad ahí dentro, y los Teodoro buscan fósforos. Sin embargo, piensan: cuicumque in sua arte perito credendum est, quien ha probado ser hábil en su arte merece crédito. ¿A partir de cuándo alguien está loco?”

 

Ver a través de un ángel.  Soliloquio.

 

 

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Por más que demos vuelta a la manzana,

las esquinas siguen siendo las mismas. ML

 

Diez veces estoy colgado en el quicio de una ventana observando a los omniosos petroleros flotar en la noche con su bagaje de cisnes enfermos. Diez veces Achille Debussy dispuesto a veintisiete mil millones de nuevas sonatas aullando a los equinoccios a través de Baremboin. Diez veces se precipita una caudalosa lluvia de zanahorias coloradas como narices que se clavan en la tierra hasta horadarla y salir por los árticos. En ese apocalipsis vemos a Lockdos caminar flotantemente bajo un sombrero Hongo dirigiéndose a hacer el pan. Las lapiceras han sido afiladas previamente en los huecos de la dentadura de una pantera, el papel ahora se abre como blanda madera cuando Lockdos se dispone a usar la lengua del corazón. Es misión exclusiva del poeta lograr localizar el agujero por el que la humanidad salga de sus crisis. Allí donde encalla la ciencia, y la numerología muerde su propia cola, el poeta surge de la luz y sombra y rasga el telón, abriendo a nuestros ojos el vasto horizonte inexplorado. En la constante actitud de la tijera que abre el ensamblaje de los nuevos escenarios encontramos a Lockdos faenando desde que rompe el alba hasta que el sol decae. Realiza su faena con la involuntariedad de un estornudo, nada en Marcela es fruto del esfuerzo, la fuente es el agua y el agua es la fuente. No tiene que mover un pelo; vive en, por, y para lo que escribe, y lo hace con fecundidad asombrosa. En ella la divina locomotora permanece siempre chamuscando carbón, sin un motivo para avanzar ni un motivo para andar hacia atrás, se mueve en planos verticales de Tártaro, Di Yu y Nirvana. Su lenguaje reviste una cualidad fuera de lo común, cuando Lockdos pronuncia, por ejemplo, la palabra Xilófono, no es como cuando nosotros pronunciamos la misma palabra. Las reverberaciones que se desprenden son enormes y sus palabras vienen caminando hacia nosotros por su propio pie y, esto, ¡Es importantísimo y quiero subrayarlo hasta rebanar la hoja!; los poemas de Marcela Lockdos son criaturas vivas que nacen y mueren en el arrollo de la humanidad, alejadas del lugar donde finca la polvareda muerta de los libros con los que se devanan los hombres del tanatorio en busca de un viejo fósil que mostrar al mundo con diferente acentuación. El medio en que florece es el acuoso, todas sus composiciones están conformadas por dos partes del elemento hidrógeno y una de oxígeno, y en virtud de la suave factura de estos materiales su poesía se mueve livianamente entre los hombres y mujeres como una bailarina de ballet, con esa ausencia de componente barroco. A ninguno de sus poemas puede aplicarse el calificativo de denso o recargado, son plumas sueltas de animales vivitos y coleando. En cuanto a sentimientos tiene la manga rota, parece un Bukowski al revés y se muestra prodiga y sin ambages cuando se trata de indicar el lugar donde el bisturí debe abrir la carne como una cremallera para dejar partir a las Hidras y Quimeras, a las Caloblepas, a las serpientes marinas y al Basilisco. Pertenece a una remota casta de millonarios en espíritu que danzan por la vida regalando aquí y allá pedazos de existencia. Afirmada en el signo de los protones encuentra en la alegría su modus vivendi, su modus operandi y el espacio umbilical donde clavar la semilla de sus palabras. He logrado hacerme con varios de esos campos abonados por Marcela Lockdos en forma de primeras ediciones de sus libros, he pensado que preservando estos ejemplares quizá mis nietos puedan salir algún día de un mal trago económico, quizá garantizar la especie a los badulaques y parias que serán como yo.

 

Hoy me desperté sin rayas y sin embargo la jaula seguía ahí, sobre mi cabeza como un sombrerito de cotillón. ML

Broken birdcage

Marcela  publica a diario en www.besandoazulejos.blogspot.com y en www.facebook.com/lokdos.poesia

 

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* Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

 

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Prelude

 

Cuando la industria dictamina aquello que es  y aquello que no es arte, es axiomático que todo lo que puedan poner sobre el mostrador donde se amorra la turba social adquiera la forma de bulbos sospechosos, epicenos y castrados, andróginos culturales volubles como pompas, bisoñés, postizos, fuegos de artificio y fraude perfumado con eau de boheme. El verdadero arte jamás podrá verse maniatado al cumplimiento de un encargo, no puede cerrar sus filas ante el especulador de turno, no sabe de las exigencias y caprichos de una moda fugaz. Cuando esto ocurre el ente creador se diluye despacio – ni siquiera muere- en las aguas de la corriente, en el mundo de las hormigas y las abejas. La pulsión creadora no nace en la mente, donde domina la lógica y el pragmatismo, y no nace en el corazón. Nace en un territorio por conquistar, absolutamente desconocido y peligroso, donde los temerarios se aventuran con linternas y piolettes siempre bajo el prurito –en términos freudianos- de matar al padre, de poner patas arriba el estado de cosas dominante en la sociedad que le rodea. Nace en el justo medio del plexo solar, detrás del estómago, donde se unen las terminaciones nerviosas del cuerpo y el espíritu, impelido por eso que D.H. Lawrence bautizó como “conciencia de la sangre”. Esa conciencia de la sangre responde únicamente a impulsos primarios, cavernarios e instintivos, donde se baten a espada el fuego y la materia. Los riesgos son los mayores; quien tenga la osadía de crear debe correr bordeando los propios límites del espíritu, siempre fregando el guarda-raíl. Al rebasar ese margen se encuentra tête à tête con la locura. Tal y como yo veo las cosas la manifestación artística vive en la obstetricia de un vientre descontento, en un líquido amniótico agriado, y tiene en su alumbramiento la misión de cambiar el orden prevaleciente. Se asemeja en esto al Ecce Homo, la imagen del Cristo ensartado en la cruz, cuya misión en la tierra fue enseñar mediante un gesto definitivo y revelador que pudiera agitar la conciencia de los hombres, aun a cuenta de la propia muerte. Así cómo el occiso en la cruz a manos de la turba significó una muerte vivificadora, una muerte para la vida, el martirio que vive secretamente el alma del creador se convierte en luz cuando es arrojado a los ojos del mundo. El extraño saurio pone el huevo que tenía embotado en las entrañas y sale a dar un fresco paseo. La tarea de tracción, seccionamiento, disección con pinzas Koch, embalsamamiento y el  cortar la yema del huevo es trabajo de vampiros; críticos, correctores de estilo y otras rémoras que viendo frustrada su vocación viven de sus contrarios. Resulta imposible visualizar al artista esperando una retribución a priori; crea porque está en su naturaleza, no sabe hacer otra cosa, y si caen en su vieja boina algunas monedas sabe bien que son de prestado y las emplea para mantener la cabeza sobre la línea de flotación. Comprará lienzos, tubos de pigmento, licores y cigarrillos…todo lo necesario para seguir su periplo hasta la próxima fusión fría, la siguiente pugna que desplace un átomo de verdad hacia la superficie, una y otra vez, a izquierda y derecha, maniobrando a tientas, aniquilado y resucitado en cada obra, y así hasta la postrer sublimación. “El artista se debe a su público” dicen por ahí. Lo que yo digo es que os están tomando el pelo. Lo que digo es el cuento al revés; “el público (se) debe a su artista”. ¡Y cuánto y tan caro nos debemos a él! ¡Con cuánta iluminación, plenitud, gozo, alegría, clarividencia, estremecimiento y aprendizaje nos ha envuelto a costa de su alto negocio con ángeles y bestias inmundas! Recuerdo cuando mi hermano puso ante mis ojos El Idiota. Leer a Dostoyevski por primera vez supuso un cambio completo de plano, fue un acontecimiento tan importante en mi vida como el primer amor. ¡Pero el artista se debe a su público…,- claman los voceros del mundo– y el acné aparece por encerrarse en el baño y por no pisar la iglesia, y ya puedo sentir la lava de una arcada viscosa, borbotando espasmodicamente, convulsionando, subiendo tráquea arriba con la inmanencia de salpicarlo todo!. Propongo que ahora, -improbable y querido lector- caminemos juntos de la mano hacia la húmeda cárcel Siberiana donde los estratos dominantes –los portadores de le intouchable raison de la época- mandaron a este genio creador, a este coloso ruso que todo cuanto escribió fue para siempre, pidamos un bis a bis con el viejo Fiodor y reclamemos lo que nos debe. Viremos por un momento hacia el manicomio donde Nietzsche vivió sus últimos días y entonemos para él la frasecita de marras, movámonos hacia la vaciedad del estómago hambriento de Van Gogh y mascullemos esa canción; ¡El artista se debe a su público! ¿No te has enterado, Vincent? ¡Pues empieza por cortarte el pelo y buscar un empleo serio!, ¿crees que tu no vas a pasar por caja, que puedes seguir en deuda con nosotros eternamente? ¡Antes de que eso ocurra te volveremos tan loco que acabarás por arrancarte de cuajo tu propia oreja!

Quiero presentaros a algunos artistas verdaderamente poseídos con quienes he ido cruzándome en el camino. Estos poseídos son del tipo “que se debe a sí”, no se vendieron ni se venden barato, son implacables en la certeza de su arte y día a día se afirman en su creación, hacen luz de gas al silbato que llama a cuadrar filas y su meta –puedo afirmar, ¡de existir alguna meta!- no responde al tintineo de unas monedas, sino al arte en sí mismo; punto de partida y viaje de regreso a casa.

 

El invariable y poseído Rey del Regaliz

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“…y en la izquierda tengo una incoherencia, en la derecha tengo una yegua y arriba tengo la luna na más”

 

Cuando echo un vistazo alrededor no puedo dejar de contemplar la devastadora estampa de hombres que permanecen amarrados a la tierra con gruesas cadenas, como barcos en el amarradero. Los menos de toda esa humanidad, hombres rebeldes dotados de una fuerza y pureza de espíritu anómala, consiguen separarse de la huella del desmonte que va dejando tras de sí el redil de cabras y ovejas que a todo contestan afirmativamente. Estos rebeldes forcejean consigo y la sociedad hasta partir la quilla del barco. El invariable poseído Migué Benítez bombea el corazón con el frenesí de una manada de bisontes, apoyado en las patas traseras da el último tirón y avanza llevando a rastras un enorme terrón conglomerado de tierra que permanece uncido al último eslabón con que la cadena lo tenía sujeto al pavimento. Suelto, libre, desenraizado, el poeta encadenado ha puesto a bailar los corta-fríos y el acero ha cedido, va tocando trompeta, va dando brincos formidables, hace un pito catalán a los guardias civiles de la garita y sale zumbando, haciendo cabriolas sobre la rueda trasera de su podenco; maneja el gas con la derecha, con la izquierda hace danzar una botella al viento. Es un Atila que ha florecido en los suburbios y como el caballo del Huno guerrero allí donde las gomas de su potra tascan no vuelve a crecer la hierba. Deshace el puente, esconde los cables por dentro del bombín y clava el estribo. De la casa de las amapolas emergen sones de timbales árabes y tiranteces de cuerdas flamencas, el resto de la tribu lo espera con flechas de ansiedad, los otros delincuentes están batiendo palmas cuando hace su aparición el Rey del Regaliz.  De un oscuro rincón sale al viento un halcón, libre, como las olas del mar; es la voz del migué que va poniendo a tono su garganta. El moribundo ídolo de madera queda reducido a cenizas cuando hace su puesta en escena el ídolo de corazón y arteria. La grabación ha comenzado y en todo Jerez de la Frontera puede oírse el estremecimiento del animal salvaje que ahora canta desde el sótano de la sangre. Las blancas calles empedradas, las plazas y comercios se han detenido, sólo un viento revoltoso cruza los pasillos de la ciudad subiendo hacia el cielo las bolsas de plástico y algunas plumas de paloma. En el estudio de la tribu delincuente de los Matajare las luces que alertan del On The Record están en verde. El invariable poseído Migué Benítez comienza su canción. Es la tonada del lobo solitario que se desenvuelve liviana y fraternalmente entre los hombres porque los ha trascendido, es un Santo y la luna es única compañera de francachela cuando todas las conexiones están cortadas. No es un errabundo que vaya a quedarse transitando una vía muerta ni es de los que se encierran, el pescado viene negro y pone en marcha un truco de avanzado escapista; va a prometerse en matrimonio con la luna, lo tiene todo ordenado en la chola. Ha encontrado un bonito Edén para Eva, no faltan guitarras ni bolitas marrones, le tiene flores malva en las jardineras y una caja de cartón para poderla amar. A esa luna suya eleva desgarradoras alegorías mientras las falanges de sus dedos se mueven con asombrosa agilidad danzando de cuerda en cuerda, de rama en rama, picando la caja con duros nudillos, marcando los interludios, avanzando a machete con furia y pasión increíbles, y en la garganta la carótida amoratada a punto de estallar empuja la sangre sosteniendo en alturas inconsiderables la áspera y rota voz que va cantando al pálido astro; “Me tiene y me entretiene, juega con mis cascabeles por la noche, en la oscuridad. Le estoy haciendo una carreta pa que suba y baje en ella con las alas de cristal. Yo siempre la querré, ella me hace florecer, como el moho en la chatarrería…”.

 

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La ordalía ha sido establecida, los sones sagrados de la sangre han alcanzado las orejas de los hombres, ahora el gran cebú duerme enterrado en la hierba hasta la papada. En el lapso de estos nueve años, los homenajes y reverencias al poeta se suceden in crescendo. Hace exactamente un mes y catorce días el invariable poseído Migué Benítez hubiera alcanzado la edad de treinta años. Uno no puede dejar de contemplar lo que hubiera sucedido si este Rimbaud de Jerez hubiera alcanzado la edad madura. Su poesía plena, completa, irreverente y honesta, cargada de símbolos e imágenes brotó con la fertilidad del manantial que mana agua purificada. En su pecado podemos encontrar la marca del poeta, su inocencia absoluta. Decididamente sumergido en la boca del diablo, desafiante, conocedor de su Don singular se entregó en cuerpo y alma a él hasta caer exhausto. Su grito desesperado a la vida enmudece las sirenas de los patrulleros que, persiguiéndolo de vagón en vagón,  lo intentaron fijar a la tierra. Hoy el gorrión vuela tan alto como el corazón humano alcanza a ver, y su canto se esparce como pólvora por las cuatro esquinas del mundo. Hoy el aire de la calle nos huele a las canciones del migué.

 

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· En este punto te pongo el sello en el dorso de la mano para que puedas volver a entrar cuando gustes. En el siguiente post hablaremos de otros artistas poseídos.

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*Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.                

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“…largo, inmenso, lógico desarreglo de todos los sentidos” A. Rimbaud.

Mis amigos aun no saben que me he vuelto majareta. Mis amigos no saben que ya no fumo, ni me drogo, ni que estoy tan enamorado. Bien. Mis amigos no saben que no tengo amigos. Soy un elemento discordante allá donde pongo el pie. Yo estoy fuera de circulación. Nadie puede darme alcance; cuando se acercan a mí, ya estoy en otra cosa. No he bebido demasiado aprisa, no es el golpe fulminante de una insolación, ni una herida aun abierta, ni he tragado demasiadas pastillas. La simiente estaba en mí antes del alumbramiento, es el cuajo negro de todos mis ancestros. Yo no he hecho más que exprimir el jugo de toda acción hasta quedarme con la cáscara en la mano. Ahora escucho el clamor que reclama el cumplimiento de mi signo. No es posible estar sólo en la multitud. No se puede escribir en los aeropuertos ni sobre el abdomen de una mujer. No se puede estar en el perihelio del remolino tomando notas. Es necesaria una especie de renuncia para escribir honestamente, es necesaria una especie de muerte para cantar con fuerza a la vida. Yo no busco inflar un nombre ni alcanzar la gloria. Shamaddi, así suena lo que busco. Es una estrella titilante y la busco día tras día hasta caer doblado sobre mis rodillas con el último adarme de fuerza. La busco inexorablemente para aprender a Cantar en el Suplicio. La busco en las vagonetas del metro codo con codo, la busco en los rostros vacíos, en las miradas crudas, en el seco desierto y en el corazón mismo del fruto. Yo busco ser aceptado para hacer mil pedazos la tarjeta de bienvenida. En mi torre de ignara no escucho consejos ni pongo atención a los comentarios. Es como si hablarais el chino. El ruido metálico de las hachas afinándose a mi espalda me deja frío; la filoxera de las alabanzas y cumplidos no me mueve ni un pelo. Persigo la verdadera fuga, un Nilo fértil y creciente, rotundo; nada de estornudos creativos y chorritos de pis. Vivo preso de una matinée d´ivresse seis de los siete días, el séptimo día trabajo manipulando materiales conformados por lo divino. Me he visto con el cañón de mi propia pistola entre los dientes, y he tenido que desplazar la piedra de fríos ataúdes escarpados para mi envergadura hasta dar con la verdadera clave; vivo como si esos sueños fueran posibles y solo me rendiré cuando haya recorrido todos los caminos equivocados.

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“Con este Yo edifico todo el universo y permanezco separado para siempre.” Krishna.

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*Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto

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Desde el barril donde estaba sentado en la tosca sala de madera salpicada de serrín del bar Bodegó en el barrio de pescadores, podía ver el esplendente cristal de la lonja al final de la calle recortado en dos mitades por la enorme y desarbolada silueta de Boudrouff , que caminaba con paso arrastrado y cabeza colgante hasta el bar dónde de vez en cuando nos reuníamos para beber. Era un barrio de casas bajas y unas doce o quince calles. En el mes de Febrero, cuando subían las aguas y los diques se iban de madre, el barrio se llenaba de toda clase de peces brillantes que quedaban atrapados en los recodos y alcantarillas de las calles, asfixiándose al sol cuando la barriga del mar volvía a posarse un escalón por debajo. Durante el curso de varios días una ráfaga maloliente de pescado podrido se paseaba trasponiendo puertas y cerrojos, impregnando  las callejuelas y plazas del barrio de un olor tan denso que podía mascarse. Una befa hedionda que enverdecía los rostros de los peatones. El trabajo de los gatos de cuellos hábiles arrancando tiras de carne blanca con eléctricas sacudidas y las partidas de salubridad del ayuntamiento no conseguían aplacar la peste hasta que habían concurrido unos días. Boudrouff recaló hace ocho años en el barrio de pescadores procedente de la Carcassonne, desde entonces, tiene el pellejo y las ropas impregnadas de ese hedor a pescadería.

Los tragos corrían habitualmente a cargo de Eulali, un Ampurdanés diminuto  aficionado a parlotear de putas y alimentación ecológica, que se encargaba del bar, y que nos suministraba el pimple a cambio de ciertos encargos de distribución. El santo y seña era un golpe en la vieja lámpara de la entrada. Bou traspuso el umbral como tantas otras tardes, como casi cada tarde, caminando de ese extraño modo en que los pies se mueven en cuña formando una uve que va barriendo la calzada. Los pequeños ojos de ardilla de Boudrouff, dos cojinetes negros incrustados al tun tun en mitad del pálido rostro, parecían saltar como cabras alimentadas con cocaína la tarde en que nos contó aquella historia de la faraona.

Como cada mañana Boudrouff salió espantado de su casa, con los calcetines y zapatos en la mano , maldiciendo a voz en cuello a su mujer, Marion. Ella era una mujer fría. Se mostraba gélida como un témpano con su marido. Las peleas entre los dos se habían convertido en moneda común, el disturbio, la confrontación, los insultos, el rencor, empezaban a mellar la relación igual que una caries descuidada. Era una estampa de lo más corriente encontrarse al pobre diablo con la cara repleta de arañazos. Cuando perdió su empleo como troceador de atunes en el almacén de congelados, los billetes empezaron a esfumarse y ella dejó de darle mortadela. Apenas se acostaban. Lo tenía apartado en el dique seco, no se dejaba meter un solo gol; él se acercaba y la apretaba contra su cintura y ella se escurría como gelatina o se comportaba con tal sequedad que él no tardaba en abandonar. Marion en cambio era de lo más cariñosa con los amigos de Boudrouff, y les plantaba su trasero redondo en mitad de la cara cuando se arrellanaban a beber cerveza en los sofás de su casa, después les pedía que le pellizcaran el culo y les invitaba a hacerle una visita cuando su marido no estuviera en casa. Boudrouff permanecía sombrío y reflexivo, probando la amarga hiel a grandes tragos. Yo no podía ver a aquella puta zalamera, desde el primer día en que nos presentaron advertí que iba a tener a Bou danzando alrededor del cráter de un volcán. Durante un tiempo, cuando estaba solamente en el nadir del descubrimiento de su mujer y todavía permanecía poseído y ciego, empezó a destinar el dinero de la ganja a pagar a su mujer para que se fuera a la cama con él. Entonces ella se volvió todo miel y complacencia. La cosa funcionó durante algunos meses, pero los ingresos eran intermitentes y al poco tiempo volvió a ser como antes.

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El portón de la vieja casa espetó como el último coletazo de una traca detrás de Bou. Sapos correosos, blasfemias y gas mostaza brotaban a chorro de la boca de Boudrouff mientras caminaba descalzo hasta uno de los bancos de la calle con los zapatos, calcetines y camisa colgando de una mano, y trazando gestos groseros y desesperados con la mano izquierda . En su mente zumbaban ruidosamente todo tipo de vías de escape. Maquinaba hacerse con un cacharro y desvalijar el cajón de la gasolinera, un billete de embarque a cualquier parte y chiau chiau, se fini; hipoteca, catástro, facturas de luz y agua, mujer, padrastros en las manos, úlcera y disturbios espirituales liquidados de una sola tacada. Componía miga a miga toda suerte de delirios en su chola para alejarse, para desembarazarse definitivamente de aquella mujer cruda y hostil.

Deambulaba sin dirección fija de calle en calle, sumido en un profundo paroxismo, cuando algo en su bolsillo empezó a sacudirse. Miró la pantalla del teléfono. Una figura verde parpadea en uno de los vértices de la pantalla. <Ols, estoy On Fire, ¿vienes?>  <¡Claro! Estoy en 20´> <Ardo. No me tardes> <¿Dónde vives?> <República 10, 1º 2ª, esc B> <¿Sigues guay?, estoy llegando…> <¡Corre!>  La faraona era una mujer hermosa a matar y reactiva como goma 2, los signos de la raza gitana se manifestaban mayestáticamente en sus largos ojos negros y encedidos como dos tizones al rojo, una mirada despiadada y fulminante, la piel de barro y un culazo oferente y pleno capaz de eclipsar el mismo sol. No había hablado con ella más de dos veces, y siempre sucintamente. No tenía la menor idea de porque la faraona lo había elegido a él para su lasciva complacencia de aquella mañana de resaca y cielos color butano. Brincó de dos en dos los cuarenta peldaños hasta poner el pie en el pasillo y caminó hasta el primero segunda. La puerta permanecía entornada, dentro se percibía una obscuridad boca de lobo. Una voz jadeante llegaba  del fondo de la casa <Estoy aquí, entra…>. Se atiesó el cuello de la camisa, dio un respingo hacia delante y entró. La fuerte fragancia de incienso de limón chamuscado se colaba a través de las aletas de su nariz. El olor amargo del moho de la estancia cerrada a cal y canto, los efluvios y vapores del sexo impaciente podían percibirse aquí y allá. Oliscando ese rastro tropezó con la pata de algo que parecía un piano, luego se golpeó la cabeza con un falso techo. <Estoy aquí, por aquí…> seguía cantando la voz. En la habitación de la que provenía la voz reinaba la penumbra absoluta, nada podía distinguirse allí. <Túmbate aquí, ven, aquí a mi lado…> Tanteó el espacio, se sentó en el vértice de la cama y se descalzó. Una mano súbita lo aferró de los pelos y colocó su cabeza entre dos muslos prietos y flexionados antes siquiera de que hubiera podido quitarse los gallumbos. Sintió la aspereza de una ruda mata de pelo en su nariz y colocó la lengua en aquella raja empapada. Los muslos morenos presionaban con fuerza su cuello y cabeza contra la humeda obertura, con cada molinete de la lengua la faraona se retorcía en un espasmo tembloroso que sacudía todo su cuerpo de la punta del pie al cielo de la boca. Cuando esa clase de muerte se acercaba ella lo apartó de un empellón, le pasó la mano por la boca secándole el impregnado mentón  y lo hizo tumbarse a lo largo de la cama, templó entre sus manos el enhiesto pedazo de carne y se lo llevó a la boca con la naturalidad con que una yegua baja la cabeza hasta la hierba del prado. Boudroff permanecía en trance cuando ella abrió con un movimiento rápido el cajón y extrajo los grilletes. Cuando quiso darse cuenta estaba esposado al cabezal de forja, ella parecía tener una enorme destreza en engrilletar a un hombre. A pesar de lo enrevesado de aquél cuadro, él se sentía formidablemente. Reparó en que la cama estaba llena de restos de chicle que estaban enganchándose en su pelo corporal. La faraona había desplegado un chal y lo hacía resbalar sobre sus pezones largos e inflados, luego le agarró la verga, enroscó el chal alrededor y empezó a moverlo arriba y abajo mientras le hablaba de los signos del zodíaco. Los acuario como Boudrouff eran leales, generosos, apasionados y tenían dificultades para olvidar un mal golpe. Era una mujer generosa y repartida, y cabalgó sobre Boudrouuf con la furia de un acorazado hasta caer doblada. Él no lo consiguió hasta que logró que ella accediera a quitarle las esposas. Un chorro de luz rosada se posó en la espalda de la faraona cuando Boudroff encendió el flexo para poner a rodar un disco de Paco de Lucía que había por allí extraviado. Era una espalda hermosa y firme, tachonada de lunares. Fumaron de una chinita que ella escondía en algún cajón, luego ella se metió al baño a lavarse y se arrancó con una de las canciones que sonaban por el altavoz con esa profundidad de tono con que sólo los miembros de la etnia gitana son capaces de cantar, expulsando todos los demonios en un grito agónico y eterno. Bou estaba echado sobre la cama apurando la colilla entre los labios cuando ella le ordenó que se marchase, pero antes, dijo, debes hacerme la cama. Así que él extendió aquellas sabanas violáceas a lo largo de la cama, metió los faldones entre el colchón y el somier, alisó los pliegues con la mano lo mejor que supo y colocó las almohadas. La faraona le acompañó hasta la puerta y se plantó ante él clavando en su rostro aquella dura mirada, le enderezó las solapas, y mientras su mano descendía apaisando la vieja camisa, colocó en el bolsillo un billete de 50 y cerró la puerta de un golpe. Durante el plazo de un minuto se quedó clavado contemplando aquél billete marrón, luego se dirigió hacia el Bodegó.

Boudrouff tenía una amplia sonrisa dibujada en la frente cuando acabó de contarnos su historia. A través del ojo de buey podía verse la vidriera de la lonja brillando como un pedrusco. Eulali sacó de la alacena una botella de Borgoña y rellenó los vasos. Cuando se está en una situación de verdadera necesidad –sentenció Boudrouff- acaba consiguiéndose aquello que se necesita. ¡Brindemos por eso Bou!. Los vasos de vino desfilaron como las irrefrenables unidades de un ejército, con paso lento y continuo. Aquella tarde volcamos sobre la mesa algunas historias que se habían cocido día a día en las calles de la ciudad de los petroleros y que habían ido cayendo en el pozo del olvido. Pasada la medianoche Eulali bajó la reja y cerró el chiringuito. De regreso a casa rebasaron por mi lado al menos tres coches patrulla con ese aire sonámbulo y absurdo de patitos de goma girando dentro del cubo, sin embargo, ese matiz color butano de la tarde persistía en el cielo y a todo objeto prestaba su luz fabulosa. Boudrouff había conseguido olvidar el drama de la vida por unas horas. Podría enfrentar la semana con fuerza renovada. Me puse a meditar en lo que había dicho acerca de la verdadera necesidad que se ve satisfecha…No le faltaba una pizca de razón. Lo que no sabía Boudrouff es que entre Eulali y yo pagamos a la faraona uno de los verdes. Así es cómo funcionaban las cosas en el barrio. Cuando se está con el agua al cuello la enigmática maquinaria de la vida pone a girar sus ruedas dentadas y se produce el milagro de la humanidad.

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*Laszlo García se reserva los derechos de autor de este relato.


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Lento, constante, implacable, el calvario de su recuerdo caía a cada minuto de mi frente como un albaricoque cae del árbol. Podía oír el ruido del fruto golpeando la tierra seca. Posado en el suelo el recuerdo se pudre despacio y con cada descomposición una nueva simiente se clava en la tierra. La humedad facilita el resquebrajamiento de la cáscara y el tallo sube hacia la luz abriéndose paso a través de la tiniebla del subsuelo con vigorosidad y celo renovados. Mediante las condiciones de calor y agua necesarias, brota y brota. Prolifera con la involuntariedad con que los Dientes de León florecen en mitad del más chamuscado de los desiertos. Una gota de atención, un momento de distracción en el forcejeo, una asociación indebida a cuenta de un Volkswagen negro que atravesara la calle y ya la tenía danzando por los surcos de mi cerebro como un saltimbanqui apuñalador, pinchando carne aquí y allá, trepanando fibras con el huso y las uñas lacadas de verde. Se presentaba como un cosquilleo en el cerebro que pasada una hora se tornaba en torturadora punción en las sienes y al amanecer ya era un verdadero monstruo de proporciones fabulosas con las manos y dientes teñidos de sangre y ácido prúsico.

Me había convertido en un sonámbulo sostenido por un palo de fregona. En la noche hube de batirme con todos los demonios de la traición, la humillación, el delirio y la desesperación. Permanecía atiborrado de pastillas para acallar las voces que empezaban a hablar en cuanto me extendía a lo largo del catre. Tenía una pirula de cada color; la roja obturaba las reminiscencias de sus labios tan bermejos como un higo recién abierto, su cálida vagina y el borrón rosáceo de sus pechos. La verde, como toda esperanza, era inocua y fraudulenta, un bluff para colegiales. La pastilla azul desplegaba un malecón para contener las incursiones de su mirada fija, incontrovertible, absolutamente decidida. Esa clase de mirada de alguien que ha medido bien sus fuerzas y está dispuesta a entregar hasta el último jugo de salvia para desvalijar el cofre de sus anhelos, suceda lo que sucediere, con la determinación de un soldado de hojalata o un loco. La mirada unívoca del águila y el quebrantahuesos, esparcida y concreta a un tiempo, nunca sonriente. El relente de serenidad en la mirada azul que muestra el océano cuando se traga a los barcos y a los hombres. Durante las noches en que todo aquél infierno se hacía humanamente insoportable doblaba la dosis y rezaba a dios. Sí, rezaba a dios, a cualquier dios y al mismo tiempo lo maldecía y escupía con todas mis fuerzas. Jamás había rezado antes de Ella, ni una sola palabra. El asunto había dejado de tratarse de pasión. Una noche sobre las losas petrificadas y húmedas de la estación de Francia acabó con eso. Se asemejaba  más bien a una estampa de total aniquilación psicológica a la que se llega escuchando la mentira sostenida una y otra vez como certeza a lo largo de los días, la cantinela a la que uno se agarra ciegamente como a una baliza en alta mar mientras todos los signos de la razón indican la dirección opuesta, y a propósito de la cual viene a advertirnos algún buen amigo con un gesto de complicidad en el hombro. De alguna manera ella se había colado en mi alma y estaba apagando cigarrillos en sus paredes.

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Los devoradores de opio en sus delirios tuberculosos me parecían cosa de risa y probablemente hubiera acabado en el manicomio de no ser por los contrapesos que mi hermano colgaba de cada una de mis orejas, por el pragmatismo brutal de Big Fransis cogiéndome de las solapas y zarandeándome en mitad de la discoteca para traerme de vuelta a la tierra, la sonrisa de acero de Boudrouff partiéndose el plexo de risa al verme caminar barriendo las paredes con el trago en la mano.

En mi particular Temporada en el Infierno estuve constantemente mordiendo el freno, envuelto en ese mecanismo natural de autodefensa que impide que uno se vuele la tapa de los sesos. Ese mismo instinto de protección hacia el sufrimiento mantenía mi mano quieta cuando trataba de pasar a limpio nuestra historia, o cuando Ella se presentaba de súbito en la residencia de estudiantes y descendía los cuatro escalones haciendo bailar su trasero levantado y respingón, entonces se acercaba a mi oreja y balbucía algo prometedor que iba a cambiar el curso de las cosas.

El invierno ha pasado dejando un reguero de orín, Taoísmo y emulsiones de yodo, ahora estoy sentado en esta misma silla desde donde la contemplaba desplegar para mí todo su teatro de variedades. Hoy vuelvo a oír los pedales de la vida girar incesantemente, tengo las mandíbulas inquietas por hincarle el diente a cada amanecer, las pupilas dispuestas hacia la luz y los motores girando a 35.000 vueltas como morsas enloquecidas por el silbato. Hoy me he desprendido del yugo que apresaba el cuello del buey Apis y he colocado sobre sus cuernos un disco solar. Hoy vuelvo a estar de vuestro lado.

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* Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

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Un trabajador del censo de Le Havre interpreta  una melodía de Chaikovski con un martillo y un telefonillo de ducha sobre una plancha de metal mientras su amigo lo enfoca con el ojo de una cámara.  Andan matando el tiempo que les queda para completar su jornada laboral. Una nariz porruna de cuyas ventanas brotan largos pelos hirsutos y arremolinados, un monstruo sin ojos y su amigo camarógrafo, que no ceja en el empeño de mostrarnos su cara sonriente y babeante, con todos los síntomas de la idiocia marcados a fuego. He encontrado a estos dos –sin querer- en You Tube, cuando me disponía a ver uno de esos vídeos que muestran algunos milagros de la naturaleza. Permanecía ansioso y desbocado, con todas las balas de acero dispuestas a lo largo del cañón, por echar un vistazo a uno de eso prodigios de la natura cuando de súbito, un ente ajeno a mis querencias – uno de esos mecanismos infernales y automáticos programados vaya a saber por quién- salta como un resorte y pone en marcha el vídeo de los dos pincha-uvas de Le Havre.  La cabeza del guerrero purpúreo, claro, empieza a declinar y a mirar hacia abajo. Huelga decir que profeso una alta dosis de tolerancia para con quién alumbra arte, arte con telefonillos de ducha, arte con cubos de basura, arte con cera de orejas o arte con fístulas. Lo flamígero, lo que escama, lo que insufla hiel a mis encías y provoca la sublevación e inflamación de mis pelotas, es no poder elegir los contenidos que No quiero ver.

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La hedionda, superflua y cucarachera televisión es un medio masivo de obligada digestión, es necesario permanecer sonámbulo y ser lo suficientemente gilipollas para no reparar en este lance a estas alturas del film. De igual manera ocurre con los diarios; politizados, magreados, manipulados, violados, sodomizados hasta los ojos en beneficio de quien pincha y corta. Los medios de comunicación masivos, mal que nos pese, han perdido de vista desde hace mucho tiempo la ecuanimidad e imparcialidad –eso, al presente, es un canto de sirena- cuando no se han declarado en almoneda al mejor postor.

– ¡García! Para mañana quiero una enorme cabecera en letras amarillo chillón que aborde el tema de las aves migratorias hacia la estepa rusa.

– Pero jefe…¿y qué hay del asunto de la imputación de la infanta? Tenemos la exclusiva de las fotos en que se la ve saliendo de los tribunales guarnecida entre sus guardaespaldas! Esa es la noticia de la semana señor director, y aquí en la redacción llevamos todo el día volcados con eso…

– García es usted más tonto de lo que creía…¿usted quiere conservar su empleo como redactor? ¡Pues a los jodidos pájaros coño!

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Pretendemos que internet es otra cosa, una caja de pandora donde todo  tiene cabida, una biblioteca infinita como la que preconizó Borges en su Aleph, un recinto inacabable dónde puedes encontrar absolutamente todo; desde la aberración más innombrable que haya podido realizarse sobre la tierra, hasta la flor del más sabio de los pensamientos. La gracia radica, a diferencia de lo que sucede con la drogo-televisión, en que es uno mismo quién elige el contenido.  Un  verbo –importantisimo- que aprender; seleccionar. Saber sopesar, distinguir, descartar, elegir.

Conocen como la palma de la mano las grietas de nuestras paredes biológicas, sus fisuras y goteras. Realizan inverosímiles escrutinios antropológicos, meticulosos estudios de mercado para saber cuándo y porque se mueve uno sólo de nuestros cabellos de cliente potencial. Tienen preparado todo un arsenal de futilidades, muerte y cachivaches de colores para endilgárnoslos por el culo. Saben que estamos esperando nuestra dosis en el brazo y están del mejor humor por ello. Saben que somos auténticos yonkies y tienen toda la merca en sus almacenes, redacciones, farmacias, consultorios… preparada para ser debidamente postureada.

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Amparados en la certeza de nuestra endeble condición humana, siempre tan frágil y voluble, nos fumigan con todo tipo de información que no necesitamos para nada.  ¿De qué me sirve saber que un demente ha irrumpido en un colegio de Boston rajando niños a diestro y siniestro? No lo sé… ¿Voy a hacer algo al respecto? ¿Puedo evitarlo? Me temo que no, y no obstante lo cual, debemos empatizar con su dolor, con el dolor de sus familias, debemos contemplar con los ojos bien abiertos los brazos y piernas amputados aquí y allá, desparramados por el suelo como en el matadero, debemos ponernos continuamente en sus zapatos y decir para nuestro capote; “¡Oh dios mío pero que locura!, menuda carnicería, las cosas no andan bien…”. Lo que resulta más desconcertante es que nos encantan estas escenas (nos encantan como a disgusto, ¡pero nos encantan, nos chiflan!) y es que todo lo estrambótico, morboso, sangriento y chiflado nos lleva como el mosquito hasta el vinagre. Desde luego, quién se lucra vendiendo el catálogo del horror, la desesperanza y calamidad -que es el mismo que lo provoca- lo sabe y se frota las manos con socarrona fruición.

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                  Fabrican las balas y también las vendas

Lo que te viene en este momento, improbable y querido lector, no es otra cosa que el correspondiente “este cabrón insensible se ha vuelto majareta”. Desde luego que estoy tronado, como todo un redil de cabras, pero esa información no va a servirte de gran cosa. Te propongo realizar una prueba. Piensa detenidamente Para qué te han servido y Qué has hecho al respecto para con los huracanes en Cuba, los Tiffones en Tailandia, las peleas de gallos en Medellín, las matanzas en Burundi, los yacimientos de oro en el Canadá, el cambio presidencial en los Estados Unidos, las violaciones en cualquier parte, los fusiles de asalto rusos a precio de saldo en manos de niños del Afganistán, el sabueseo a lo largo del mundo, de una a otra esquina, en busca del archivillano Bin Laden y su aniquilación. Quizá haya caído en tu dvd algún documental, tal vez esa película –tan agradable- de los pueblos barridos por el maremoto de Tailandia y…poca cosa más. Lo que sí hacemos es vivir en el filo de la navaja, en la angustia y el miedo continuos “por todo lo que está pasando” y que en absoluto necesitamos saber ni podemos cambiar.

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Me doy cuenta de algunas cosas trascendentes cuando me doy cuenta;  los nuevos artefactos, dispositivos y chirimbolos tales como televisores, teléfonos móviles, tabletas y ordenadores salen de fábrica cada día más estilizados, finos y apaisados. Pronto podremos llevarlos pegados a la frente o los sobacos como una tirita. ¡Eso Sí es relevante! Pantallas planas para encefalogramas planos…Nos van dejando algunas pistas.

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Es exactamente en este escenario incierto de caos y arenas movedizas en el que el pastor se ha tirado a dormir y las ovejas van perdidas, donde comienzan los lobos a esbozar una sonrisa torcida y a lustrarse los colmillos para el gran festín… Es en este propicio caldo de cultivo donde florecen como líquenes en agua estancada; los voceros.

-To be continued-

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* Laszlo García se reserva los derechos de autor de este texto.

“Tintas de la China”

Publicado: junio 11, 2013 en Artículos
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Ramón López Capdevilla es arquitecto, dibujante y también le pega a la fotografía. De su periplo por la China y Méjico aparecen una serie de dibujos, rostros y escenas cotidianas de los ciudadanos de Pekín y México D.F., trazados con la urgencia que requiere la vida moderna, con el block sobre las rodillas, bajo una marquesina esperando el autobús o en la inmediatez de una lavandería, mimetizado con el ojo de una cámara fotográfica. Algunos botones como prendas;

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Ramón López Capdevila  http://www.flickr.com/photos/r_lc/

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